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Introducción

Los pasos firmes de unas botas negras eran acallados por el sonido de la lluvia. La silueta se movía despacio con un gracia y soltura envidiables. El traje a la medida estaba salpicado de un líquido carmesí y viscoso que se mezclaba con el agua.

Mechones de pelo oscuro le caían por la frente y descansaban a la altura de ojos inexpresivos. Su porte era relajado; sin embargo, empuñaba una pistola con fuerza.

—¡Kabana!

El grito provocó que él se detuviera. Las pisadas apresuradas del recién llegado lo pusieron en alerta, pues no era común que se apareciera sin previo aviso.

—Ahora no, Emer...

—Es urgente —lo interrumpió con la voz entrecortada.

Un hormigueo recorrió su columna vertebral al momento en que se giró hacia su colega y amigo. Las luces amarillas de los faroles iluminaban sus rostros, les permitían notar el vaho que salía de ellos por culpa del frío.

Había un mensaje oculto en el silencio de Emer, justo eso fue lo que provocó que Kabana guardara el arma en la cinturilla y corriera en dirección contraria hacia donde estaba aparcado su vehículo.

Las manos le temblaban mientras maniobraba el volante y conducía a una velocidad temeraria por la desierta carretera. Los nudillos se tornaron blancos debido a la presión que ejercía. Había una tormenta en el azul de sus ojos a punto de desatarse y llevarse todo a su paso si lo que sospechaba era una realidad.

La cabaña del señor Arthur se encontraba en las afueras de la ciudad, en medio de árboles frondosos y a orillas de un río. Por tal razón, Kabana llegó al amanecer.

Los débiles rayos de sol bañaron su figura al momento en que salió del auto. El corazón le latía con tanta fuerza que se le dificultaba respirar y eso empeoró cuando vislumbró la puerta abierta. Todos sus sentidos se pusieron alertas

—¡Ángel! —vociferó en el umbral, después emitió un silbido como hacía siempre que visitaba.

Numus, el viejo perro fiel de la familia, fue quien lo recibió. No hubo ladridos de parte del animal ni saltos de alegría, solo un alarido cargado de dolor.

—Amigo, ¿dónde está tu amo?

Preguntó al tiempo que le ponía una mano sobre la cabeza.

El animal se encogió en el piso como si algo le dolía. Kabana inspeccionó el salón, el cual se encontraba desordenado. Había cristales rotos esparcidos por el suelo y los muebles fuera de su sitio. Por instinto, empuñó el arma mientras avanzaba con cuidado.

Su mente era un revoltijo de escenas horribles de las cosas que pudieron haber ocurrido. Lo sabía, pero una parte de él, la más humana que deseaba enterrar, mantenía una mínima esperanza.

Odiaba esa debilidad, la manera en que ciertas situaciones tenían el poder de cambiar sus estados de ánimo. Aun si luchaba por mantenerse a raya, esa sensibilidad siempre saldría a flote.

Y lo podía destruir, estaba seguro.

En el pasillo encontró la silla de ruedas de Arthur. Estaba volcada junto a manchas de sangre que simulaban un camino hacia la entrada de la habitación de Ángel.

No se detuvo, aún permanecía en él esa vana fe de que ellos se encontraban con vida. No podía ser de otra manera, había luchado demasiado para mantenerlos lejos del peligro que representaba.

Todo lo que tocaba moría.

Esa ocasión no fue la excepción.

Abrió la puerta. El cuarto de su hermano menor estaba ordenado. Sobre la cama, uno al lado del otro, yacían los cuerpos de la única familia que le quedaba.

Dejó caer la pistola, después se acercó a ellos con premura. Ángel tenía sus lentes puestos, usaba esa camiseta ridícula de superhéroes que le había regalado para su cumpleaños número trece.

Pasó los dedos por la barba ensangrentada de su padre con una dulzura que nunca había mostrado antes.

Se percibía un olor repugnante en el aire. Moscas enormes revoloteaban sobre el charco de sangre y los cuerpos que reposaban en la cama.

—Lo único que me importaba ya no existe —dijo en voz alta a nadie en particular.

Un dolor desgarrador se le asentó en el pecho. La desesperación de no saber cómo expresar sus emociones lo tenía angustiado. Retrocedió de repente, fue por su arma y salió de la habitación.

El revoltijo que había en su mente desapareció como por arte de magia, eso dio paso a lugares y caras reconocidas. Una sonrisa ladeada esbozaron sus labios por los planes que empezó a elaborar.

Creció en su interior la necesidad de saciar la sed de venganza. Se convirtió en el propósito de su vida del mismo modo que el inicio de sus desgracias.

☆゜・。。・゜゜・。。・゜★

Una advertencia más: No se pueden enamorar de Anker.

No olviden comentar sus impresiones sobre la historia. 😚

Gracias por leer. ❤️


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