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Chocando


El resto de la semana apenas pudieron verse debido a los trabajos que, de pronto, a todos los profesores les había dado por poner. Y el lunes siguiente Ernesto, ya recuperado de su tremendo resfriado, se incorporó a clase, por lo que Dani se quedó sin excusa para ir a buscar a Laura. Ya no tenía que esmerarse tanto en tomar apuntes, podían volver a ser su desastre habitual. Sus amigos lo notaron raro, más taciturno que de costumbre. Solía ser callado, pero su actitud siempre era alegre y positiva, así que trataron de sonsacarle lo que le ocurría. Spoiler: no consiguieron nada.

Al terminar las clases recogió sus cosas, se despidió a toda velocidad de sus amigos ―quienes lo miraban como si se hubiera vuelto loco― y se marchó. No pudo ir muy lejos pues iba tan deprisa que, en la misma puerta, chocó con Laura, a la que no había visto. Fue un golpe bastante brusco que provocó que ella cayera estrepitosamente al suelo.

―¡Oh, mierda, mierda, mierda! ―decía él abochornado, agachándose a su lado para ver cómo estaba.

―Jo...der. Vale que te hice potar, pero no es para que me lanzaras despedida ―pudo decir mientras se tocaba la zona adolorida.

―Yo lo siento, de verdad...

―¡Lauri! ¿Qué haces en el suelo? ―preguntó de pronto Ernesto, que acababa de salir y no se había enterado de nada.

―Buscando mi lentilla, no te jode ―contestó de mala gana.

Ernesto sonrió y asintió lentamente, como si todo tuviera mucho sentido.

―Vaaaale, eso está muy bien. Dani, ayúdale tú a buscarla ya si eso ―comentó cogiendo del hombro a un sonriente Miguel Ángel, que negaba divertido―. Y de camino dile que tiene las gafas puestas, dobladas, pero puestas ―le dijo antes de irse en un susurro que, por supuesto, todos pudieron oír.

Los dejaron solos, todo lo solos que podían estar en un pasillo en el que no paraban de moverse estudiantes. Dani seguía rojo por la vergüenza, la había lanzado lejos, lejos de verdad y, si no se tratara de ella, la situación le habría resultado bastante cómica. 

Laura seguía en el suelo, sentada ya con las piernas bajo el cuerpo. No sabía que la inercia la podía mandar tan lejos y le pareció demasiado absurdo todo, así que comenzó a reír, una risa incontrolable que lo contagió a él. No lo pudo evitar a pesar de haberlo intentado. Se tuvo que sentar junto a ella, ya que se le estaban quedando las piernas dormidas de estar acuclillado y las carcajadas lo estaban dejando más flojo.

A su alrededor sus compañeros tenían varias reacciones: mientras que unos se reían de ellos, otros negaban con desaprobación. A ellos les daba igual y seguían sentados hombro con hombro con su ataque de risa. Unos minutos después, y ya con calambres en la barriga, consiguieron calmarse y hablar más tranquilos.

―Lo siento de verdad ―dijo de nuevo Dani mientras se limpiaba las lágrimas de la cara.

―Más te vale sentirlo, me duele el culo una barbaridad.

Él bajó un poco la cabeza.

―¡Eh, eh! ―le llamó la atención señalándolo con el dedo―. Nada de avergonzarse. Lo que tienes que hacer es ayudar a que me levante y resarcirme.

―¡Claro! Por supuesto, perdona ―habló atropelladamente mientras se levantaba y le tendía una mano para ayudarla.

Ella, aún sonriente, cogió su mano y se dejó arrastrar por él. No le costó ningún trabajo, pues era bastante ligera, motivo por el cual en un choque siempre tenía las de perder. Se sacudió del pantalón el polvo adherido del suelo e hizo un leve pero perceptible gesto de dolor. Dani frunció el ceño al verla, parecía que se había hecho daño de verdad.

―Resarcirme ―dijo Laura al ver su cara, queriendo que cambiara el semblante de culpabilidad.

―¿Quieres... un café? ―preguntó dubitativo.

Ella bufó.

―No he volado para llevarme solo un café. Me debes una comida. Pero no hoy, que solo he venido para echarte una bronca y decirte que me tienes abandonada desde que ha vuelto Ernes. Hoy me tengo que ir... cojeando ―añadió divertida―. Pero me debes una comida.

Dani sonrió y asintió con una seca cabezada. Ella se acercó y le dio dos besos de despedida, marchándose a continuación con una extraña cojera debido al dolor. Él lanzó un puño al aire, gritando un silencioso "¡Sí!". Laura se giró al escuchar un ruido raro y lo vio en aquella posición, que él intentó disimular haciendo como que se despedía con el brazo.

No podía creer que había ido a buscarle a él, que de verdad quería que la invitara a comer, y que parecía que disfrutaba sus charlas y no solo estaba haciéndole el favor a Ernesto de llevarle los apuntes de clase. De pronto se sentía afortunado, y el sentimiento de euforia que lo embargó le llevó a pensar que podía comerse el mundo. El rugido de su estómago, no obstante, le hizo ver que antes del mundo tenía que comer comida. Se fue a su casa con una sonrisa de oreja a oreja que no se le borró en todo el día.

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