Capítulo 39 Pieza Clave
Leila 39 Pieza Clave
La sensual pelirroja avanzaba de manera presuntuosa hasta donde estaban Leila y Leonardo. Sus cabellos alborotados con el viento y el brillo intenso de sus ojos le hacían justicia a su naturaleza de ser una criatura sobrenatural. Leonardo la miraba con suspicacia y altivez. El comentario emitido por Mideia no le había hecho nada de gracia al parecer. —¿Quién eres tú y que tienes que ver con esta conversación entre dos, bruja entrometida?— Leonardo se cuadró parándose de frente a la bruja y al lado de Leila.
—Cuidado con el tono con el que te diriges hacia mi Draccamondi. Ten más respeto hacia tus mayores... En edad y jerarquía. Serás muy príncipe vampiro, pero hablas con la hija de Baltasar e Hipólita. Así que si hablamos de nobleza... Soy princesa desde hace mil años más que tú querido.
—Mideia—, dijo un boquiabierto Leonardo.
—Si, la misma que tienes ante tus ojos de muerto en vida. Y no me pongo a tus órdenes como es debido por qué sinceramente no estoy a tus órdenes ni pienso estarlo nunca.
—Strega insolente! ¡Cómo te atreves!— El vampiro desenfundó su espada y avanzó contra la hechicera dejando solo una estela de colores en su carrera.

Mideia sacó una varita de madera y agitándola fuerte hacia la dirección donde venia corriendo Leonardo dijo, —¡Flamma ignis!— y una bola de fuego se produjo del rústico artilugio y centelleando viajó en el aire hasta explotar en los pies del vampiro haciéndole detenerse en seco y retroceder su marcha. —Insolente tuo succhiasangue! Y dale gracias al cielo que mi misión es otra y que no me interesa tener una cuadrilla de sanguijuelas rastreadoras tras mis pasos vengando tu muerte. Pero no me provoques o puedes quedar achicharrado Draccomondi. Se a lo que vienes y no lo voy a permitir. Lo he visto en las estrellas... En el agua de la gruta. La profecía... los Draccamondi temen que se cumpla y te han enviado a limpiar el reguero que hiciste.
—A lo que vengo no es de tu incumbencia. Es entre mi esposa y yo.
—¡Ja! No me hagas reír. ¿Esposa has dicho? ¿Desde cuándo? Tú lo que hiciste fue seducirla, deshonrarla y abandonarla a su suerte siendo una neófita de carácter impetuoso. Vi la tristeza en sus ojos de ónice y llevaba tu nombre escrito en su piel. Saliste corriendo como un cobarde cuando te viste fuera del ala protectora de tus padres y en medio de la Santa Inquisición. La abandonaste y regresaste a tu nidito de terciopelo en Milán. Pero cuando Lucio se enteró de que fuiste tú el causante de que la maldición cayera sobre su familia te envió a resolver el asunto... Un asunto de faldas, solo que a estos ruedos le perdiste el rastro... O más bien esquivaste obstáculos que tu familia procura destruir de todos modos—. Mideia caminaba mientras hablaba, su gesto fruncido y amenazante hacia Leonardo que retrocedía aún con su mano sobre la cara.
Leila se salía detrás de Leonardo furiosa, llevándole un hombro enredado para abrirse paso. No era el momento de pedir permiso. —¿De qué demonios ustedes hablan? ¿Qué profecía es esa y que tengo yo que ver en esto?
—No le hagas caso cara mia, esta mujer está loca. Lo más probable se bebió un té de hongos allá en su gruta y anda alucinando.
Mideia se acercó a Leila y tomó en sus manos el pálido rostro de la vampiresa con terneza. Las pupilas de la bruja se dilataron tornándose de un color amarillo fluorescente y entrando en un trance le habló como recitando, —El príncipe de la oscuridad llegará deslumbrante, cabalgando en su corcel y aquella cuyo nombre es sinónimo de anochecer le amará. El dragón tomará a la joven condesa de cabellos negros, tan negros como su alma y su sangre será una sola. Ella regresara de la muerte, del mismo infierno arrastrando legiones junto con ella y la maldición caerá sobre la tierra que pise y sobre el mundo del dragón. El blasón de cruz caerá a media asta cuando ella llegue hasta tierras del norte. Y vendrá en un día nublado de otoño el demonio vestido de mujer y seducirá a una triste doncella en el tiempo en que un rey y su heredero prestado cruzaran caminos y correrá la sangre en la ribera del Rin. Y aquel que una vez llevó en alto el blasón de Cristo desposará a la virgen manchada y tras esta unión caerá el último imperio sin heredad. Y la oscuridad cubrirá con su manto las tierras que una vez fueron llamadas santas.
—Pero, no entiendo—, Leila daba unos pasos hacia atrás luciendo totalmente confundida. Su vida había pasado frente a sus ojos en un instante mientras Mideia pronunciaba aquello como si fuera un conjuro. Se identificaba con el pasado mas no entendía cómo se enlazaban unos hechos con los otros. Su cabeza se llenaba de preguntas y necesitaba respuestas—. ¿De qué hablas Mideia? ¿Qué tengo que ver yo, Leonardo... Dragones, doncellas, cruces, guerras, reyes?
—Leila tú representas el origen del fin de este imperio cristiano. No fuiste creada por casualidad y tú existencia ya había sido predestinada para cumplir un fin. Por tus venas corre sangre de hechicera... ¿O acaso olvidas como murió tu bisabuela Amadantia?
Leila cerró por un segundo sus ojos buscando en sus memorias el recuerdo de aquel relato que le fue contado de niña por su padre. A su mente vinieron las difusas imágenes de cuando ella era niña y junto a la chimenea, por las noches le narraba la increíble historia. —Oh... Pero es solo una leyenda... Su esposo era el conde de Argengau, mi bisabuelo y este la entregó a la Inquisición por bruja... Y la quemaron en el bosque cerca del castillo... Cerca del riachuelo al que yo solía ir... No. Espera... Donde Leonardo y yo...— Leila miró al príncipe por un momento para luego abrir sus ojos negros enormes como quien resuelve un enigma. Leonardo enterró supuesto mirada en el suelo y no pronunció palabra.
Mideia tomó a Leila de la mano y volteándole sutilmente la palma hacia arriba abierta comenzó a dibujar símbolos y figuras ininteligibles sobre la piel de esta.—¿Ahora entiendes Leila? Nada pasa por casualidad en este mundo y todo está escrito. Por tus venas corre sangre de bruja, por eso tu naturaleza libre e indomable de humana y tu gran poder como vampiro. Las piezas se están uniendo. Tu, Leonardo, el lugar donde se conocieron, la Inquisición, una guerra entre clanes... Yo supe todo esto cuando ya te habías ido de mi gruta. Y déjame decirte que hay más piezas, más acertijos y en todos figuras tú como la protagonista. Ardo y Pelagio lo sabían y tenían que conocerte. Los Draccomondi lo saben, la Inquisición y la iglesia lo conocen y unos te necesitan a su lado y otros quieren tu cabeza en una estaca... El futuro de este gran imperio, el de la iglesia, el de los Draccomondi y el de la humanidad entera dependen del camino que tomes. De que el destino trazado para ti se cumpla o no, pero solo tú puedes decidirlo por qué yo... aunque conozco tu pasado y veo tu futuro no puedo entrometerme en el orden natural de las cosas y de la vida de los humanos y su relación con el Innombrable... Nadie puede ni debe.
—¡Basta ya bruja!—, interrumpió Leonardo a Mideia furioso y agarrando a Leila de un brazo la giró hacia el. Agarrándole por la cintura con terneza le continuó hablando en un tono suave y persuasivo—, Leila, escúchame, mi amor. No hagas caso que no todo es cierto ni tan terrible. La hechicera divaga. Hay una solución para esto. Si es cierto que hay una profecía, pero tú y yo podemos detener esto y estar juntos para siempre sin que haya más sacrificios ni guerras. Te prometo que estarás segura de todo y de todos en mi castillo, conmigo. ¿No te gustaría eso?
—Leila—, habló la pelirroja—, el Draccomondi solo quiere engañarte. El vino para llevarte con el ante su padre Lucio. El rey vampiro será quien decidirá qué hacer contigo... Y yo no veo futuro entre ustedes juntos.
La pelinegra retrocedía, balbuceando, agitando sus manos, alejándose tanto de Leonardo como de Mideia. Los miraba confundida, angustiada. En su mente mil pensamientos, imágenes, sucesos vividos, frases escuchadas, voces, gritos convergían en su cabeza como un remolino negro y espeso que golpeaba las paredes de su cabeza.
Dentro de sí Leila siempre supo que su vida nunca sería ordinaria. Ni como humana ni como vampiro... Pero todo esto era demasiado, a penas podía ordenar sus ideas.
Por muchos años esperó el regreso de Leonardo, lo amó y añoró amargamente sintiéndose despreciada, abandonada y traicionada. Luego fue fácil odiarlo, pero mientras más lo odiaba más ansiaba tenerlo cerca y sus sentimientos siempre resultaban contradictorios ante su recuerdo. Ahora se daba cuenta que siempre la usó. Fue un juguete de placer que le resultó muy caro. Y ahora él venía a reclamarla como su esposa solo para qué... ¿Sería verdad que la quería proteger o la entregaría a los verdugos al trabajo de su padre Lucio. Casi cien años le esperó y ni un mensaje recibió de su amado... Más rápido la hallaron los generales Ardo y Pelagio... Y en esos momentos recordó aquella conversación con los vampiros visigodos 'Cuando los Draccomondi vieron la amenaza de los otros reinados de vhampirs, decidieron hacer un trato con la iglesia cristiana recién instaurada en Roma cuando el imperio comenzó a expandirse poderosamente y sus ideas de un Cristo que unificaba a los paganos con sus doctrinas amenazaba con erradicar a todos los herejes. El reino se vio amenazado por las tribus nómadas de vampiros y los soldados del imperio cristiano. Entonces los Draccomondi se aliaron con la iglesia para acabar con todos los vampiros del mundo siempre y cuando se respetaran sus dominios al norte de Milán' y lo comprendió todo.
Hombres lobo, brujas, vampiros, ángeles, demonios, profecías. Cien años de vida pero aún le gustaba ver al mundo como humana. No quería saber nada más. Ya no le interesaba pensar en nada más. ¡Qué se jodiera el mundo con sus misterios! Ella ya había resuelto su vida y no estaba dispuesta a perder el estado de relativa calma en el que se encontraba.
Colérica miró a Leonardo recordando en ese instante a Dierk. De una manera u otra el muy bastardo se encargaba siempre de destruir su felicidad... De hacerle sufrir. Furiosa señaló al príncipe vampiro y le dijo, —¡Yo no voy a ninguna parte contigo Draccomondi! ¡Tú y Mideia se pueden ir al demonio con sus profecías! ¡Yo me voy para mi castillo!— Leila se dio media vuelta para salir corriendo de allí solo para tropezar con la muralla que formaban Julius y Dámaso que recién habían llegado. Fue como chocar contra dos moles de piedra. La colisión provocó un estruendo y Leila cayó al suelo sentada.
De inmediato los lacayos levantaron a la vampiro de negros cabello por los brazos y la pusieron de pie. Leila intentó zafarse pero poco pudo hacer. Por más que se sacudió no pudo librarse de las garras de Julius y Dámaso.
—¡Agárrenla fuerte muchachos!— ordenó Leonardo mientras caminaba hacia ellos—. Parece que después de todo, la condesa sí se va con nosotros. ¡Andiamo!
—¡Déjame ir Leonardo!— gritaba Leila.
—¡Draccomondi, sabes que no puedes forzar las cosas! ¡Ya ella ha decidido! ¡Sabes que de todos modos se cumplirá!— habló la bruja.
—No si yo puedo evitarlo hechicera—, le contestó el príncipe vampiro dándose vuelta mientras los dos guardias llevaban a Leila prácticamente a rastras.
***¿Lograrán llevarse a Leila al castillo de los Draccomondi? ¿Lo permitirá Mideia? ¿Qué ustedes creen hará Lucio, el padre de Leonardo cuando llegue Leila frente a él? ¿Qué les ha parecido la profecía?
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