?
Sabía que lo que me disponía a hacer cruzaba la fina línea que separaba real e imaginario. Rompía la frontera entre cordura y locura.
Me había propuesto devolver a cada mundo su razón. Del mismo modo que la cordura se asocia con lo real y lo bueno, la locura es imaginación, maldad y peligro. Pero en nuestras vidas estos conceptos se habían mezclado homogéneamente y habían manchado nuestras existencias con tinta indeleble.
Mis amigos se habían visto obligados a soportar sobre sus jóvenes hombros una carga que superaba cualquier imaginación disparatada, pero su peso en sus vidas era muy real. Y los había acabado aplastando.
Sabía que para ello había de renunciar a mucho. A la posiblidad de un futuro de paz, felicidad y seguridad. Pero sería una felicidad solitaria, y egoísta, pies supondría sacrificar la juventud e inocencia de mis queridos hermanos. Sería una felicidad falsa.
Constantemente revivía aquel maldito día, que si bien nunca había llegado a presenciar, había vivido en mis propias carnes. Durante tantas noches y tantos días me había estado carcomiendo la culpa, ardiendo por dentro, y una infinidad de preguntas cargadas de rabia y arrepentimiento que no hallaban respuesta alguna. Y mi mente no hallaba desde entonces reposo.
Observé la vieja y deteriorada fotografía Polaroid que había sacado de nuestro día en la playa, y que me había estado acompañado desde aquel día lejano en que habíamos decidido cada uno tratar de volar solos, y nuestros caminos se habían separado. En aquella alegre y colorida imagen, aparecían todos menos yo, que estaba como siempre detrás de la cámara. Esa imagen siempre había supuesto para mí una suerte de metáfora de lo que había sido y había de ser. Yo no debía interferir más en su felicidad. No debía ponerme en su camino, tan sólo debía empujarlos del nido, y ellos abrirían sus alas. Pero no debía intentar volar por ellos. Y me conformaría con el papel secundario de ángel guardián. Había aprendido a hacerlo. Aunque hubiera sido a la fuerza.
Velaría pues a distancia, como la madre de los pajaritos al salir por primera vez del nido, que no los ayuda a volar. Y sabía que aprenderían a vivir con ello tarde o temprano. Así debía ser.
Pero antes, debía ayudarlos a soportar esa carga. Permitiría que la dejasen toda sobre mí, que sólo guardasen lo bueno, lo que les daría fuerzas para volar más alto, más lejos.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen4U.Com