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Nuanc

Un ruido inusual llamó su atención. Se giró un momento, pero al no ver nada, siguió trabajando. Nuanc sabía que se distraía con facilidad, sus padres se lo decían mucho, y sabía que nadie en su sociedad quería a la gente distraída. Ser distraído se asimilaba a no ser inteligente, y las criaturas que carecían de intelecto habían sido repudiadas siempre. Por aquel motivo, Nuanc se esforzó en seguir trabajando para que al llegar su padre pudiese recibir las felicitaciones que llevada toda la vida esperando. De nuevo escuchó aquel sonido. Esta vez permaneció un momento mirando hacia atrás, esperando discernir algo entre los árboles, pero acabó volviendo a trabajar. ¿Por qué no podía evitar distraerse con todo? Nuanc siguió entrelazando las fibras vegetales con sus tentáculos de adolescente, depositando las prendas acabadas en un cesto de mimbre. Las prendas de su familia eran solicitadas en las nueve ciudades del planeta y eran todo un éxito, pues la población de Mizdy siempre había ornamentado su cornamenta con tejidos, y casualmente Nuanc era el hijo de uno de los mejores tejedores del momento.

Un ruido seco y fuerte hizo que dejase de trabajar, asustado. Se giró. Nada se movía, nada parecía indicar que fuese a suceder algo, pero Nuanc había escuchado aquel sonido y sabía que tenía que esconderse, algo en su interior lo empujaba a hacerlo. Sin obviar sus instintos, el joven se refugió entre los matorrales que rodeaban su zona de trabajo y se cubrió, envolviéndose a sí mismo con todos sus tentáculos. Sus ojos contemplaron entonces cómo aparecían criaturas a las que él jamás había visto. Todas emergían del lugar desde el que provenían aquellos ruidos y todas ellas emanaban una especie de humo negro, aunque no era realmente humo, si no más bien luz. Luz oscura. Lo peor de todo fue cuando emergieron sus armas de aquella especie de energía que los envolvía y se lanzaron hacia la ciudad. Nuanc no tardó en escuchar los gritos de terror desde el lugar en el que permanecía oculto. Sus ojos pudieron percibir los edificios siendo derruidos con fuerzas que él no conocía e incluso veía algunos cadáveres desde su escondite. Después lo vio a él. 

Vestía ropajes extraños cuando ninguno de sus congéneres lo hacía y sus cuernos todavía brillaban como el día en que fueron bañados en oro. Nuanc no podía creer lo que estaba viendo, tenía que haberse vuelto loco. Sí, seguramente había enloquecido, eso era lo más apropiado pensar. Sin embargo, aquellas criaturas asesinas que habían emergido de la frondosidad del bosque no atacaban al de cuernos dorados. Pasaban a su alrededor y ni siquiera se esforzaban en mirarlo. Nuanc se encogió todavía más en sí mismo.  Deseaba con todas sus fuerzas que todo aquello no estuviese pasando, que todo fuese una alucinación. Era impensable que el Gran Namur estuviese empujando a unas criaturas extrañas a destruir a su propio pueblo, pero por más impensable que fuese, aquello era precisamente lo que Nuanc estaba contemplando con sus propios ojos.  


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