Chào các bạn! Truyen4U chính thức đã quay trở lại rồi đây!^^. Mong các bạn tiếp tục ủng hộ truy cập tên miền Truyen4U.Com này nhé! Mãi yêu... ♥

1: Quimeras


Comarca de Inari, 12 de septiembre del año 2279

—Levántate —manifestó Quin dirigiéndose a Haise.

—No quiero... —respondió él perezosamente, alargando las palabras mientras soltaba un bostezo silencioso y pesado—. Déjame en paz.

Quin lo observó con paciencia limitada, frunciendo los labios, antes de girarse y dirigirse a la cocina. Estaba hecha un desastre: platos apilados y vasos repartidos sobre la encimera. El acuerdo de turnarse para lavar los trastes jugando piedra, papel o tijera no había dado frutos la noche anterior; empataron tantas veces que se rindieron y fueron a dormir, dejando el caos para la mañana siguiente. Tomó un vaso, lo llenó con agua fría de la llave, y regresó a la habitación de su amigo.

—¡Que te despiertes, digo! —exclamó mientras vaciaba el vaso entero sobre el rostro de su amigo.

—¡Loca! ¡Estaba súper fría! —gritó Haise, sobresaltado, al tiempo que se incorporaba de golpe.

—¿Por qué crees que te la tiré? —respondió ella con naturalidad, arqueando una ceja.

—Tu maldad es infinita —farfulló él, secándose la cara con un pañuelo.

—Por culpa de tu "dormilería" vamos a llegar tarde otra vez —reprochó Quin, lanzándole la ropa directamente a la cabeza.

—¿Dormilería? ¿Eso siquiera es una palabra? —respondió Haise, frunciendo el ceño y rascándose la cabeza, todavía medio dormido.

La rutina de ambos, aunque caótica, tenía un ritmo predecible. Huérfanos desde pequeños, compartían un modesto apartamento que costeaban con trabajos de medio tiempo. Aunque sus vidas en Inari eran duras, no eran lo peor que podría haberles tocado. Sin embargo, Haise siempre soñaba con algo mejor, un futuro más allá de las limitaciones de esa comarca en crisis.

Eran las 6:33 y debían estar en la universidad a las 6:40. Quin, siempre puntual y estructurada, repetía una y otra vez que con esa falta de disciplina Haise nunca llegaría lejos. Salieron del edificio casi corriendo, apresurando el paso hacia la estación del tranvía.

El pavimento resbaladizo de Inari, lleno de charcos formados por fugas de agua de tuberías antiguas, jugaba en contra de ellos. Haise pisó uno, salpicándose el pantalón con una mezcla de barro y agua.

—En serio no soporto este lugar —murmuró, suspirando y frustrado mientras apuraba el paso—. Desearía irme algún día.

—¿Y a dónde irías, Sr. Rebelde? —replicó Quin, sin mirarlo—. ¿A una comarca cerca del núcleo? Por favor, eso es imposible para nosotros. Deberías saberlo ya.

—Lo sé, pero... vivir aquí es un tormento. Apenas tenemos para el alquiler y todo es tan deprimente.

La verdad era evidente. Inari llevaba más de una década sumida en una crisis económica que empeoraba cada año. Mientras tanto, las comarcas cercanas al núcleo prosperaban, con infraestructura avanzada y oportunidades que parecían de otro mundo.

—Deja de quejarte por tonterías y apresúrate, se nos pasará el tranvía —le apuró Quin dándole un codazo en el estómago que lo dejó retorciéndome unos segundos.

Haise se dobló del dolor, fingiendo estar más afectado de lo que estaba.

Ella era una mujer de temer, Haise admiraba por la forma como afrontaba la vida, quizás haya pasado por peores cosas por lo cual tenía esa actitud tan fría. Pese a su frialdad externa, ella siempre era quien alentaba a Haise cuando pasaban por malos momentos. Aunque se conocieran de hace muchos años, él aún desconocía mucho de su pasado, sabía que de algún suceso influyó para que su personalidad se vuelva así pero no sabía cual era dicho suceso, ni se atrevía a preguntar.

Él se recompuso del golpe y soltó algunas palabras: —Algún día me pagarás por esta, Quin —declaró el con tono de burla, —ten cuidado —concluyó.

—Ya lo creo—le dijo mientras empujaba a su amigo hacia adelante tratando de hacer que camine más rápido de lo que ya lo hacía.

—Ok ya entendí, caminaré por mi cuenta ¿Vale?

Llegaron justo a tiempo a la estación, jadeando y con las ropas desaliñadas. Subieron al tranvía con rapidez, Haise desplomándose contra una de las paredes del vehículo. Apenas podía mantener los ojos abiertos; cabeceaba constantemente, agotado por noches de estudio y el esfuerzo de destacarse en sus clases. La presión era inmensa: los mejores puntajes en la universidad podían abrirles la puerta a empleos gubernamentales bien remunerados, un sueño casi imposible en su situación. Hasta ahora sus calificaciones eran satisfactorias, sin embargo, su reputación se veía amenazada por las innumerables retrasos que ya le habían marcado.

Haise siempre culpaba al hecho de que en toda la nación no podía distinguirse si era de día, de tarde o de noche de forma natural, como sus antepasados si podían hacerlo. El mundo subterráneo donde vivían no ayudaba. Al encontrarse a casi un kilómetro de profundidad, todo parecía estar envuelto en una noche eterna. Los faroles y otras luces eran lo único que brindaba la iluminación necesaria a las ciudades. Las personas se guiaban exclusivamente por la hora para distinguir la "mañana" de la "noche". Quin, práctica y disciplinada, no tenía problemas con eso. Haise, en cambio, no tenía la más mínima habilidad de percepción del tiempo.

El chico se encontraba arrimado a una de las paredes del tranvía. Apenas lograba mantener los ojos abiertos, su cabeceo constante. Quin lo miraba con esa mirada fría y un tanto escalofriante de siempre, sin decir nada. Haise se encontraba a tan poco de quedarse dormido en aquella incómoda posición cuando de repente se escuchó un enorme ruido que ensordeció a todos los que se trasladaban en el tranvía. El vehículo se tambaleó violentamente, lanzando a todos los pasajeros al suelo. Los gritos llenaron el espacio mientras el tranvía comenzaba a volcarse. Haise y Quin cayeron con fuerza, golpeándose contra otros pasajeros.

Golpeados, con algunos moretones, pero a salvo; ambos se levantaron algo aturdidos. Cuando alzaron la mirada no lograron ver más de allá de sus narices ya que había una enorme y espesa nube de humo que cubría todo su entorno.

—Sato —se dirigió Quin a su amigo. A menudo le llamaba de esa forma. Ella empezó a toser descontroladamente por el humo, pero aun así continuo su diálogo —salgamos por la ventana —señaló con su mano derecha una ventana que se encontraba a pocos metros ellos.

Haise asintió y, con un codazo, rompió el vidrio. Ayudó a Quin a salir primero antes de seguirla.

El aire afuera era igual de pesado y opresivo, lleno de humo y caos. Mientras trataban de ubicarse, divisaron las siluetas de cuatro personas acercándose.

—Espera, Sato —advirtió Quin, con un tono que congeló a Haise en el acto.

Antes de que pudiera reaccionar, el sonido de disparos llenó el aire. Haise se quedó inmóvil, paralizado por el miedo.

—¡¿Qué haces ahí, idiota?! ¡Al suelo! —gritó una voz detrás de él.

Se lanzó al piso, cubriéndose la cabeza mientras el sonido de las balas y los gritos lo rodeaba. Arrastrándose como podía, trató de llegar hasta Quin.

—¿En qué demonios estabas pensando? —le reclamó.

—Bueno, yo...

—¡Deja de actuar tan precipitadamente! —gritó Quin, sacudiéndolo violentamente, con los ojos encendidos de preocupación y rabia. —¡Pudiste morir! ¡Deja de comportarte como un niño!

—Lo siento... —murmuró Haise, aún aturdido, con la mirada perdida como si su mente estuviera a miles de kilómetros. Tardó unos segundos en volver a sí mismo, parpadeando rápidamente antes de levantar la vista hacia ella.

De repente, su expresión cambió. Un destello de alarma cruzó su rostro mientras señalaba al frente. —¡Espera! ¿Quiénes son esas personas? —preguntó, su voz impregnada de confusión y un leve temblor. Miraba a la figura que momentos antes le había ordenado lanzarse al suelo. Cerca de esta, seis individuos más vestían uniformes grises con rayas negras alrededor de los hombros. Todos sostenían armas que reflejaban el brillo tenue del lugar.

Quin siguió la dirección de su dedo, frunciendo el ceño. —Ellos... —musitó, observando fijamente a los extraños. Su voz quedó suspendida en el aire, sin completar la frase, cuando Haise la interrumpió con un grito desgarrador.

—¡Quin! —vociferó, su tono cargado de desesperación—. ¡Corramos! —La tomó del brazo y la alzó del suelo con una fuerza sorprendente.

Solo entonces Quin logró ver lo que había aterrorizado tanto a su amigo. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al identificar a las figuras que se movían con rapidez y brutalidad a su alrededor. —Qu... quimeras... —balbuceó, su voz apenas un susurro. El miedo la paralizó por un momento, y su pierna comenzó a temblar de forma incontrolable.

Unas cuantas quimeras, criaturas de aspecto grotesco y antinatural, se acercaban rápidamente. Antes de que una de ellas pudiera alcanzarlos, un hombre alto y musculoso apareció de la nada. Sin titubear, disparó a la cabeza de la bestia, que cayó al suelo emitiendo gemidos agudos que ponían la piel de gallina. Sin darle tregua, el hombre desenfundó una lanza corta pero letal y la clavó directamente en el pecho de la criatura, acabando con su vida en un instante.

—Eso estuvo cerca... —comentó el desconocido con una sonrisa sarcástica mientras miraba el cuerpo inerte de la quimera.

Quin y Haise, aún en estado de shock, no lograron articular palabra. Apenas intercambiaron una mirada antes de decidir que lo mejor era huir. Corrieron sin mirar atrás hasta que divisaron a dos oficiales de la guardia urbana, quienes indicaban a los civiles que se refugiaran en un edificio cercano. Sin pensarlo dos veces, los jóvenes se unieron a la multitud y se escondieron tras las sólidas paredes de concreto.

Dentro del edificio, la tensión era palpable. Los refugiados observaban la batalla a través de las ventanas, apenas creyendo lo que veían.

—Son de las Fuerzas Reales de Guarnición —dijo Quin, con los ojos clavados en la escena. Su tono era distante, casi incrédulo.

—Nunca los había visto en persona... ni a las quimeras —añadió en voz baja, más para sí misma que para Haise.

Él asintió lentamente, con el ceño fruncido. —Hace años que no se infiltraban en la ciudad... al menos, eso es lo que dice la gente.

Sin embargo, su sensación de seguridad duró poco. De repente, una oleada de quimeras apareció, muchas más que antes. La situación se tornó caótica en cuestión de minutos. Los refugiados observaron horrorizados cómo los agentes de las Fuerzas Reales eran brutalmente masacrados por las criaturas, que no dejaron a un solo miembro del escuadrón con vida.

Pronto, las quimeras comenzaron a invadir los edificios, incluyendo el refugio donde se encontraban Quin y Haise. Al percatarse de que una horda se dirigía hacia ellos, Quin reaccionó al instante. —¡Corre! —gritó, jalando a Haise del brazo. —¡Salgamos por la puerta trasera!

Haise no dudó. Al llegar a la puerta, la abrió de una patada. Una vez afuera, ambos miraron a su alrededor, cuidando de no hacer ruido. Algunas quimeras se encontraban a lo lejos, pero por suerte no habían notado su presencia.

—Aquel auto. Vamos —indicó Haise, señalando un vehículo estacionado. Sin perder tiempo, rompió la ventana de un golpe y abrió la puerta. —Entra —ordenó a Quin antes de subirse tras ella.

Quin se dirigió al asiento del conductor. Aunque hacía meses que no conducía, sus clases en la universidad le daban cierta confianza. Encendió el auto, pero el ruido del motor alertó a las quimeras cercanas.

—¡Arranca ya! —urgió Haise, con los ojos llenos de pánico.

—¡Lo sé! —respondió Quin, maniobrando rápidamente mientras el auto ganaba velocidad. Tuvo que esquivar a varias personas que corrían desesperadas, apenas manteniendo el control del vehículo.

Después de unos minutos, lograron dejar atrás a las criaturas. Quin soltó un suspiro de alivio. —¿Ahora a dónde? —preguntó, sin quitar los ojos del camino.

—A la estación de trenes. Por su cantidad, esas cosas deben haber invadido toda la ciudad —expresó Haise —los oficiales deben estar evacuando a la población. Creo que es lo único que se puede hacer dada las circunstancias: movernos a otra comarca. —concluyó.

Bạn đang đọc truyện trên: Truyen4U.Com