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Capítulo 43

NATHALIA

—La policía está al tanto de todo, no soy un idiota e ir solo a ese lugar. Evan quiere verme muerto y estoy seguro planea algo más que quitarme la fórmula.

Asiento, dudosa. No sé si esa es la mejor decisión, pero ya no hay vuelta atrás.

El intercambio se hará en una casa abandonada lejos de la ciudad, según me comentó mi padre. Dos cosas pide Evan; la primera es que le entreguemos la fórmula y la segunda es que yo vaya con él sin más acompañantes. Estoy segura que es una trampa, pero no nos podemos dar el lujo de poner la vida de Ruddy en peligro.

Me paseo por la habitación con el teléfono en mano tratando de localizar a Alex, pero no ha sido posible. Pensamientos de todo tipo me han inundado, mas intento alejarlos porque puede que esté trabajando y por eso no toma la llamada.

Suspiro y me acaricio el vientre con cansancio, estos días no he podido dormir bien y me recrimino porque sé que le hace daño a mi bebé. He intentado calmarme y ser positiva, pero ha sido en vano.

Los toques familiares en mi ventana me hacen salir de mis pensamientos y me acerco para abrirla.

Gael entra y se queda quieto, observándome de arriba abajo. Sus ojos lucen angustiados y desvía la mirada de golpe. Ha estado muy raro estos últimos días, eso sí, se ha mantenido a mi lado como prometió y se lo agradezco mucho.

—Mañana —afirma.

Asiento y me acomodo en la cama.

—Sí, tengo mucho miedo.

Me cubro la cara con las manos y lloro por la incertidumbre. Se acerca, se sienta a mi lado y me acaricia la espalda.

—Todo estará bien. Quiero que sepas que Elena no es mala, hace esto por una buena causa.

Levanto la cabeza deprisa y lo miro como si estuviera loco.

—¿Por una buena causa? —Río sin gracia y me alejo de su toque—. Esa mujer está loca y Evan también. Ella solo quiere hacerse rica y él vengarse de mi padre.

Mi mente hace clic en el hecho de que todo estaba delante de mis ojos y no me di cuenta.

Elena nunca quiso cooperar con la Zona B ni ayudar a esas personas, solo estaba detrás de las pistas de quién tenía el experimento para poder robarlo y hacerse de dinero a costa de otros. Eso mismo hizo mi papá e igual mi tío. La ambición y el deseo de poder han provocado que ellos cometieran todo tipo de delitos.

—Nathalia, si la conocieras a fondo te darías cuenta de que ella no es mala persona, pero su vida ha sido muy difícil y quiere cambiar eso. ¿Quiénes somos nosotros para juzgarla?

—¡Tiene a Ruddy! —exploto y me levanto, furiosa, sin creer lo que escucho—. Lo secuestró y nos ha amenazado con enviarlo a casa en pedazos si no hacemos lo que quiere.

Las lágrimas caen de mis ojos sin control. El dolor en el pecho me va consumiendo al imaginar cómo debe estar mi hermanito y qué cosas les habrán hecho.

—Nathalia.

Trata de acercarse, pero me alejo para que no me toque.

—No sé qué te ha dicho esa mujer o qué te hizo para que la defiendas, pero no voy a permitir que la justifiques delante de mí.

Asiente, apenado, y se marcha con rapidez por donde vino.

════ ⋆★⋆ ════

El camino ha sido eterno. Papá está a mi lado, en la parte trasera de su camioneta, con un maletín negro sobre sus piernas. El chofer conduce con prisa, pero es inútil porque el embotellamiento en las calles está peor que nunca. No hemos salido de la ciudad siquiera y mis nervios aumentan por cada segundo que pasa. Él no ha dicho nada desde que nos subimos al vehículo, solo está sentado pensativo y con una expresión fría.

La policía nos tiene rastreados y nos siguen disimuladamente para no levantar sospechas.

—Lamento mucho todo esto, Nathalia, cuando empezamos a crear la fórmula no tenía pensado que iba a morir tanta gente.

Desvío la mirada, molesta. Como si su disculpa podrá enmendar todo el daño que ha causado.

—Ahorra tus palabras, papá, nada de lo que digas será suficiente.

No responde y se acomoda en su lugar.

—Al principio no era así, queríamos algo que cambiara al mundo y la manera de combatir el crimen. Angus pensó que sería útil crear algo que le diera la facultad al ser humano de ser fuerte, inteligente y no actuar por emociones ni sentimientos. Imaginamos que sería un arma poderosa y que a muchas personas les interesaría. El problema fue que nada de lo que hacíamos funcionaba y tuvimos que recurrir a químicos demasiado fuertes y nocivos. Es lamentable, pero había que probar en humanos para descartar cualquier error o falla.

Se encoge de hombros, restándole importancia. Me asquea su manera de hablar, como si esas vidas no valían nada.

—Estás enfermo, al igual que tu hermano. ¿Algo más que deba saber? 

—Le hice mucho daño a tu mamá, ella dejó muchas cosas por mí porque quería una familia perfecta. —Mis ojos se nublan al escuchar sus palabras—. Trató de apoyarme siempre, aun cuando sabía que estaba haciendo las cosas mal. Sufrió mucho al momento de enterarse que había embarazado a otra mujer. —Su mirada no se desvía de la mía—. Creí que me iba a pedir el divorcio, pero me perdonó. Sé que todo lo hacía por ustedes, aunque ella ya estaba destruida.

—No sé cómo puedes dormir por las noches —le reprocho, molesta y decepcionada.

—Al principio es difícil, pero después te acostumbras. —Niego varias veces sin poder creer el descaro con el que habla—. Evan solo ha sido una piedra en mi zapato, acabaré con él por haberse metido con mi hijo.

—¡También es tu hijo! ¿Cómo puedes referirte así de él? Tienes parte de la culpa de su actuación, papá, quizás si lo hubieses tratado bien y aceptado no estaríamos pasando por esto.

—No entiendes nada, yo no quería tener un hijo con esa mujer, lo hizo para hacerme la vida imposible.

Mi boca se abre en sorpresa al escuchar cómo sigue defendiéndose.

—Te odio, si algo le llega a pasar a Ro nunca te lo perdonaré.

Desvía la mirada y no responde, pero esas palabras me han dejado un mal sabor en la boca y siento frío de repente.

—Llegamos —Gabriel nos informa y detiene la camioneta frente a una casa de madera.

Hay muchos árboles por los alrededores, su fachada es muy antigua y hay un solo camino de tierra.

Bajamos y mi padre camina decidido hacia la puerta con el maletín en mano. Lo sigo, tanteando las armas que llevo bajo mi chaqueta por si todo se llega a poner feo. No creo que las cosas salgan bien y he venido preparada porque mantendré a salvo a mi hermano así sea lo último que haga.

Nos introducimos a la casa, está vacía y es más grande de lo que creía. Es un tipo de almacén, hay muchos barriles y contenedores esparcidos por doquier.

—¡Evan! —mi padre grita, enojado y mirando a su alrededor.

Nos adentramos más, no hay divisiones y esto me confirma que no es una vivienda. Más bien, parece una caseta grande y techada. Unas escaleras de madera, vieja y maltratada, conducen a una segunda planta. Nos detenemos y esperamos a que se digne a salir.

—Sean bienvenidos. —Nos giramos y diviso a Evan solo y riendo como el psicópata que es—. Dame eso, Jorge —se dirige a mi papá, señalando el maletín que tiene en su mano.

—¿Dónde está Ruddy? —pregunta mi padre, mirando para todos lados.

Evan rueda los ojos.

—He tratado bien al hermanito, dame la fórmula y te lo entrego. —Extiende sus manos con nerviosismo.

—Primero a Ro —hablo al fin, haciendo que su atención se dirija a mí ahora.

—Hermanita, te tengo una sorpresa.

Junta sus manos y sonríe, complacido. Elena entra a la edificación, apuntándole a Alex en la cabeza con un arma. Mi corazón decae al notar los moretones que tiene en su cara, sus ojos lucen opacos y lágrimas salen de ellos.

—Entrega el maletín o le vuelo la cabeza a este primero —sentencia Elena, sin una pizca de titubeo en su voz.

—No sé quién rayos es ni me interesa. —La molestia de Jorge es evidente.

Me quedo paralizada, mirando fijo a Alex, y lo inevitable sucede: me pongo a llorar.

—Él no tiene que ver con esto, por favor, déjenlo en paz —ruego entre sollozos.

La sonrisa triunfal de Elena me pone los pelos de punta.

—Este no era el trato, Evan, dijiste que dejarías a Ruddy libre —expresa mi padre con la voz entrecortada.

Unos pasos nos hacen girar la cabeza y veo a Gael acercarse junto a mi hermano, quien tiene las manos atadas y la boca sellada. Sus ojos azules se abren cuando me ve y forcejea con él tratando de correr hacia mí.

Lo observo, incrédula, con odio y decepción. No me sostiene la mirada, agacha la cabeza mientras aprieta su agarre en mi hermano que se remueve con violencia.

—Ahora sí, estamos en familia. Jorge, dame la fórmula.

Mi papá titubea, pero le extiende el maletín.

Elena sonríe triunfal cuando Evan se lo pasa y ella lo coloca en el suelo para después abrirlo. Sus manos sostienen un recipiente largo y ovalado lleno de un líquido azul oscuro.

—¡Dame a Ruddy! —mi papá demanda, furioso.

—Debemos probarlo —Elena dice para sí misma, ida en sus pensamientos.

—Ya tienen lo que querían, déjennos ir —hablo, presa del miedo, entendiendo que no nos dejarán salir de aquí tan fácil.

En un pestañeo, Evan dispara y grito al ver cómo mi papá cae al piso. Corro en su dirección mientras lloro, desesperada. Siento que me agarra por los brazos y me lleva a rastras lejos de él.

—No hay nada que hacer, nuestro papi está muerto —susurra en mi oído—. Ahora solo faltan ustedes.

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