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Capítulo 9

ALEX

Nathalia está acostada en posición fetal sobre la alfombra, aferrada a la manta que le busqué en su habitación. No ha parado de llorar ni de lamentarse, ya no sé qué hacer para que se sienta mejor. He tratado de que me diga algo, lo que sea, pero no lo he logrado.

Resoplo con el corazón hecho pedazos al verla así y me levanto dispuesto a ir a la cocina para hacerle algún té que la calme. Rebusco en la despensa y encuentro los ingredientes para hacerle uno de manzanilla. Se lo preparo, lo coloco en una taza y salgo a la sala para que se lo tome. Está en la misma posición que la dejé, me le acerco y le palmeo el hombro.

—Nathalia, te traje un té para que te sientas mejor. —Ella levanta la cabeza y sorbe su nariz.

Se sienta mientras se limpia el rostro con las manos, su cara y ojos están muy rojos e hinchados por el llanto.

—Gracias. —Su voz es fañosa y carraspea—. Discúlpame, Alex, lamento mucho que tengas que presenciar esto. —Agacha la cabeza apenada.

Quiero decirle muchas cosas. Para mí es un placer estar junto a ella y poder servirle de pañuelo. Asimismo, daría lo que fuera por alejar todo dolor que esté sintiendo y que soy el hombre más feliz del mundo al poder presenciar a tan bello ángel.

—No es nada.

Le entrego la taza humeante y la toma con cuidado. Sopla el líquido y da pequeños sorbos, disfrutando del contenido.

No puedo apartar la mirada de ella, reconozco que es la chica más bella que he conocido. Así, con su pelo alborotado, las mejillas rojas y esos ojos grises opacos por el llanto. Ese arete en la nariz le da un toque inexplicable a su hermosa cara. ¿Cómo puede verse tierna y ruda al mismo tiempo? No lo entiendo.

—Me siento incómoda cuando me miras así.

Parpadeo y desvío los ojos, debe creer que soy un maniático. Ignoro lo que dijo y me acerco para acomodarme frente a ella.

—¿Por qué estás así, Nathalia? ¿Qué fue lo que sucedió?

Agacha la cabeza y aleja la taza poniéndola a un lado.

—Odio mi vida. —Su voz es casi inaudible y un frío se me instala en el pecho al escucharla.

Quiero reírme y decirle que su vida es muy buena comparada con la mía. Mi madre no me quiere, no tengo empleo ni a nadie a quién en realidad le importe. En cambio, ella tiene a sus padres, muchas comodidades, trabajo y un propósito.

—¿Por qué dices eso?

Levanta la cabeza y me mira directo a los ojos. La manera en que lo hace me pone nervioso de repente.

Se acerca sin dejar de observarme y trago en seco cuando me coloca sus palmas en las mejillas. Retira con cuidado los lentes, lo que provoca en mí el impulso de arrebatarlos porque me siento desnudo frente a ella así. Mi vista se torna borrosa, pero percibo su respiración y cómo traza mi rostro con las yemas de sus dedos. Mi piel se eriza, no comprendo por qué hace esto, pero se siente bien.

—Tus ojos son muy lindos, Alex. —Niego varias veces.

—No es así. Son marrones, aburridos en comparación con los tuyos.

—No, solo que con los lentes no se pueden apreciar. —No sé qué decirle, su cercanía me hace temblar de arriba abajo. Me pasa una mano por el pelo y lo desordena. —. Vaya, pareces otra persona. —Quisiera ver cómo reacciona, pero de repente me siento incómodo por el giro de la conversación.

—¿A-A qué te refieres? —balbuceo preso del miedo al ser consciente de que me debo ver horrible.

—Eres atractivo, Alex, ¿por qué no usas lentes de contacto? —pregunta y me acomoda los anteojos en su lugar.

Se aleja sin dejar de mirarme con intensidad, en espera de una respuesta.

—Ah —me aclaro la garganta—, lo que sucede es que una vez los usaba, pero me irritaron mucho los ojos. Quizás no los utilicé como debía. —Asiente, escaneando mi cara aún.

—Deberías probar, sería más cómodo para ti, supongo. —No lo creo, pero no se lo digo—. ¿Por qué el problema con la vista?

No sé por qué la charla ha dado este giro, mas no me importa si estoy con ella y la hago sentir mejor.

—Pues —me cuesta decirle porque me da vergüenza, pero que más da—, mi madre se drogaba y fumaba mucho durante el embarazo. —Agacho la cabeza apenado.

—Oh, Dios mío. Perdóname, Alex, no debí...

—No te preocupes —la interrumpo de inmediato—. Sé que puedo confiar en ti.

Mis palabras son sinceras. Ella asiente, ida en sus pensamientos.

—¿Qué pasó para que te pusieras así, Nathalia? —Me mira y luego desvía los ojos hacia otra parte.

—Problemas con la Zona B.

Noto que está muy nerviosa y agacha la cabeza, en un intento fallido de ocultar sus lágrimas. No tengo idea del porqué de su estado, pero solo quiero hacerla sentir mejor de alguna manera.

—Quiero ayudarte, si tan solo me dejaras. —Sus ojos se cruzan con los míos, puedo notar cuán rota y vulnerable se encuentra. ¿Qué te hicieron, cariño?

—Gracias, Alex, pensaré la forma en la que puedas hacerlo. —Sonrío al escucharla, al menos la tendré cerca y eso para mí es suficiente. Por ahora.


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