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Capítulo 11.

No pasó mucho tiempo para que los primeros rayos del sol del nuevo día atravesaran las montañas y se colaran a través de los cristales de la posada, haciendo que su cálida luz iluminara no sólo la estancia sino también cada una de las habitaciones; el día de Navidad había llegado y muchos de los huéspedes estaban más que emocionados, algunas familias disfrutaban del clásico intercambio de regalos entre ellos, otros más conversaban alegremente mientras bebían un ponche caliente, unos cuantos vestían atuendos a juego entre todos sus integrantes, siendo que por todo el lugar se podían ver muestras de felicidad y convivencia.

En la habitación de los futbolistas, Gino, quien había sido el primero en despertar, se había apropiado del baño por lo que en ese momento se encontraba duchándose, al tiempo en que los otros dos se entretenían charlando.

— Por cierto, anoche me dijo Elieth que ayer por la tarde les avisaron que ya reabrieron las carreteras —comentó Karl, en cierto momento de la conversación.

— ¿Eso quiere decir que ya nos podemos ir? —cuestionó Genzo, con cierta desilusión en la voz.

— Supongo que sí —respondió Schneider, con el mismo tono—. Aunque es cuestión de que tu automóvil esté listo.

— En un inicio habíamos acordado que, en cuanto estuviera la carretera abierta, buscaríamos quién nos llevara a la ciudad para comprar nosotros mismos las refacciones que el auto necesita —continuó diciendo Wakabayashi—. ¿Sigue en pie ese plan?

— Sí, ése era el plan —respondió vagamente el alemán—. Pero... Creo que sería mejor esperar a que las traigan directamente ellos, digo, no sabemos bien en dónde queda esa susodicha tienda y es muy probable que ni siquiera la encontremos.

— Sí, yo también creo que sería lo mejor —se apresuró a agregar el japonés—. Además, no creo que sea muy prudente viajar así, tú sabes, apenas acaban de reabrir las carreteras y puede ser peligroso.

Era más que evidente que ambos futbolistas buscaban sólo pretextos con qué justificar sus acciones, pues ninguno de los dos quería moverse de ahí.

— ¡Exacto! —exclamó Karl—. Además, está Hernández —agregó después de una pausa.

— ¿Qué hay con él? —preguntó Genzo, sin comprender.

— Pues que se supone que debe descansar, recibió un fuerte golpe y aún es muy reciente —comenzó a decir Schneider— Y el viajar tan pronto podría no ser tan buena idea para su salud.

— ¡Tienes razón! —acordó Wakabayashi, feliz de tener un pretexto tan fuerte y válido—. Creo que lo mejor sería esperar unos cuantos días más para viajar.

— No me pongan a mí de pretexto para no decir abiertamente que lo que en realidad sucede, que es que no se quieren ir de aquí —comentó de pronto Gino detrás de ellos, a lo que los otros dos saltaron por la sorpresa—. Seamos sinceros, ninguno de nosotros quiere en verdad irse, ustedes al igual que yo están muy a gusto en este lugar y no lo nieguen que yo los he visto a ambos.

— ¿A qué te refieres? —preguntó Genzo, fingiendo demencia.

— A ti, Wakabayashi, te vi con Lily al terminar la fiesta, no creas que eres particularmente invisible con un traje rojo y una enorme barba blanca en el cuello —continuó diciendo Gino—. Y en cuanto a ti, Schneider, no niegues la atracción que sientes por Elieth, que es más que obvia, sin mencionar que está el hecho de que anoche llegaste a la habitación mucho rato después que nosotros, casi amanecía.

— Yo no sé nada —se defendió Karl—. Además, no estoy aquí para buscar romance como ustedes, eso es lo último que deseo en este momento.

— Podrá ser cierto que no llegaste aquí con esa intención —intervino Genzo—. pero no puedes negar que Elieth te interesa y que sientes una atracción muy fuerte por ella.

— ¿Y qué hay de ti, Hernández? —preguntó Schneider en un intento de desviar la conversación pues no quería aceptar las palabras del japonés—. Tú no has dicho nada del hecho de que Erika te trae vuelto loco, hasta olvidaste lo adicto que eres al trabajo.

— Yo jamás lo he negado —respondió Gino, tranquilamente — Pero ustedes dos déjense de excusas idiotas y acepten que la verdadera razón por la cual no quieren irse es porque sienten algo por esas chicas —sentenció.

Ambos futbolistas tuvieron que estar más que de acuerdo con la aseveración del italiano, deseando en el fondo que ese viaje tan raro en un inicio no tuviera que terminar, pero los tres sabían perfectamente bien que eso tarde o temprano sucedería.

*****

Conforme la mañana avanzaba, el movimiento de la posada se hacía más que evidente, pues muchas de familias querían aprovechar el día para salir a pasear y divertirse en los alrededores de la propiedad, por lo que pronto la casa quedó semi vacía, con apenas unas cuantas personas en su interior.

Luego de desayunar y ayudar a recoger los trastes que habían quedado en la mesa, Lily salió al pórtico de la casa en donde se puso a admirar el paisaje nevado que se extendía a su alrededor.

– ¡El día está realmente hermoso! – comentó la joven más para sí misma que para alguien más –. La tormenta nos ha dado una tregua como regalo de Navidad.

– Pues hay que aprovechar este regalo – comentó Genzo detrás de la joven, lo que la hizo saltar de la sorpresa para luego girarse y verlo parado en el marco de la puerta.

– ¡Oh, Wakabayashi! Me asustaste, ¿cuánto tiempo llevas ahí? – cuestionó Del Valle, con una sonrisa en el rostro.

Perdón, no fue mi intensión asustarte – comenzó a disculparse el japonés -. Yo sólo quería...

– No te preocupes, no pasa nada- comentó Lily –, es sólo que no esperaba tener compañía, pero, dime, ¿qué te trae por aquí?

– Me preguntaba si, ¿te gustaría salir a dar un paseo por la nieve? – cuestionó Genzo.

– ¡Por supuesto que sí! – respondió Del Valle, de inmediato –. Pero tengo una idea que me encantaría más – agregó mirando a Genzo con una sonrisa traviesa –. ¿Qué tal si hacemos unos muñecos de nieve?

– ¿Muñecos de nieve? – preguntó Wakabayashi algo confundido.

– Sí, eso es algo que jamás pude hacer cuando vivía en México ya que allá rara vez cae nieve – explicó la joven –. Sólo nieva en lugares muy altos como montañas o ciudades muy remotas, por lo que ahora que vivo en Europa me gusta mucho hacer muñecos de nieve cada que se puede y esta nieve es perfecta para esto. O también me gusta tirarme en el suelo para hacer ángeles, pero los muñecos es más divertido para hacerlo entre dos.

– ¡Oh! ¡No sabía eso! – comentó Genzo –. En mi país es muy común que nieve cada año y de adultos lo solemos pasar por alto, pero es una excelente idea, hagamos los muñecos – comentó divertido el portero–. Además, tú ya eres un ángel, no necesitas hacerlos en la nieve.

– ¡Qué atrevido! –Lily se puso colorada, aunque sonrió–. Veamos cual de los muñecos será el mejor.

– Por supuesto que será el mío – respondió Wakabayashi, con autosuficiencia.

– Ja, ja, ja, eso está por verse – respondió Lily, al tiempo en que se ponía sus botas y abrigo para salir.

– Acepto el reto – respondió Genzo, con su característica sonrisa de triunfo —, pero hagámoslo un poco más interesante.

– ¿Interesante? –preguntó Del Valle con curiosidad –. ¿Qué es lo que tienes en mente?

– Algo sencillo – respondió Wakabayashi –. El que haga una mejor representación del otro se ganará una cena pagada por el perdedor en el lugar que el ganador elija.

– ¿Me estás invitando a una cena? – cuestionó Lily, enarcando una ceja –. ¿Aquí?

– No tiene que ser aquí – respondió Genzo con galantería –. Podrías llevarme a uno de los mejores restaurantes de Múnich.

– Estás muy seguro de que serás tú quien ganará –respondió Del Valle, pero la idea le resultaba sumamente atractiva – Pero créeme que eso no sucederá.

– Si yo pierdo, puedo llevarte al lugar que quieras en Bern – comentó el japonés, acercándose a Lily hasta tenerla al alcance de sus brazos.

– ¿Y qué tal si no quiero ir a un restaurante en Bern? –replicó Lily, quien se escabulló de su abrazo.

– Entonces te llevo a donde quieras, en el lugar que quieras – a pesar de eso, Genzo no se amilanó y volvió a acercarse–. Eso si me ganas, obvio.

– En cualquiera de los dos casos serás tú quien salga ganando – respondió la mexicana, dejando que, ahora sí, el portero la abrazara.

– No creo que sólo sea yo quien salga ganando – sonrió él con picardía, a lo que la joven le respondió del mismo modo.

Una vez preparados, ambos jóvenes se dirigieron a uno de los jardines laterales de la posada en donde la nieve se veía bastante alta y en donde consideraron que tendrían bastante privacidad y materia prima para sus figuras; ahí pasarían mucho tiempo juntos, entreteniéndose no sólo en hacer sus propios muñecos sino también las versiones heladas de todos sus amigos.

*****

Una vez, Gino ayudó a Erika a limpiar la cocina, invitó a ésta a dar un paseo por el bosque, siendo que la joven aceptó más que encantada, y una vez que prepararon una pequeña mochila con algunos alimentos y algunos objetos que les pudieran ser de utilidad en el exterior, se encaminaron por el sendero que iniciaba en los límites de la propiedad. La caminata en el bosque fue a paso lento más que nada porque Erika deseaba tomársela con calma para poder disfrutar de cada minuto que podía pasar a solas con el portero italiano, pues sabía que estos momentos pronto terminarían y quería hacer que éstos perdurarán los más posible.

– ¿Está todo bien? – cuestionó Gino, después de un rato de caminata en silencio.

– Sí, claro, ¿por qué? – respondió Erika, un tanto confundida por la pregunta.

– Es que has estado muy callada los últimos metros – respondió Hernández -. ¿Quizás estás cansada?

– No, no es eso – se apresuró a responder Shanks–. Es sólo que quiero disfrutar del momento – le sonrió ella, a lo que él le devolvió el gesto.

Luego de dudar por un instante, Gino se aventuró a tomar la mano de Erika y cuando no vio resistencia de su parte se decidió a abrazarla, a lo que la joven respondió de buena gana para luego recargar su cabeza en el hombro de él, continuando su trayecto de este modo; así, luego de algunos minutos más de caminata, los jóvenes llegaron finalmente a un pequeño mirador que daba a una excelente vista del lugar, fue allí en donde decidieron sentarse un rato a descansar y tomarse un chocolate caliente que buena falta les hacía. Una vez que la francesa sirvió las bebidas y le extendió la suya al italiano, ésta se quedó admirando el paisaje, situación que Gino aprovechó para acercarse más a ella, rodeándola con sus brazos, a lo que la joven respondió acurrucándose más en ellos.

– Me gustas Erika – comentó Hernández, luego de unos minutos en silencio –. En verdad que me gustas mucho y quisiera que esto fuera eterno.

– Y tú a mí, Gino, en verdad que sí – respondió la joven, girándose para mirar al italiano a los ojos.

Al mirarse reflejado en los ojos verdes de Erika, Gino sintió esa necesidad de tener mayor contacto con ella, por lo que automáticamente extendió su mano para acariciar el rostro y la barbilla de la joven, y poco a poco acercar sus labios a los de ella, a esos labios que deseaba con ansias, los cuales disfrutó mucho cuando por fin los saboreó en un intenso beso que no dejaba a dudas su deseo por ella.

– Podríamos quedarnos aquí un buen rato – comentó Gino, una vez que se separaron para recuperar el aliento –. ¿Qué dices? Acampar y ver las estrellas sería genial a tu lado – agregó, mirando a su alrededor.

– Por supuesto que me encantaría quedarme aquí a tu lado – respondió Erika –. En verdad que sería muy hermoso, pero no podemos, no hoy, hay que volver o ellos no nos perdonarían que nos perdiéramos la cena navideña.

– Buen punto – respondió Hernández, con cierto pesar –. Les arruinaríamos la velada a todos, seguro que nos estarían buscando toda la noche hasta encontrarnos.

– Exacto, es por eso que debemos volver –acotó la joven.

Gino miró nuevamente el paisaje a su alrededor y se perdió unos minutos más en sus pensamientos, tantas cosas pasaban en su mente que era difícil ordenar sus ideas.

– Me podría quedar aquí para siempre y quizás trabajar para ustedes – comentó Hernández vagamente después de unos instantes, aún medio perdido en sus pensamientos.

– ¿Y qué hay de tu carrera? – rio Erika, pensando que se trataba de una broma de parte del italiano –. Dejarías tu futuro profesional sólo para venir a cortar leña

– Mmm, no, tienes razón – suspiró Gino –. No soy bueno cortando leña – agregó, intentando bromear –. Quizás si me hubieras ofrecido el puesto de cocinero hubiera aceptado.

– Oh, ya veo – respondió la francesa, con una sonrisa —. Es una verdadera lástima.

– Sí, en verdad que lo es – comentó el portero, quien intentó ocultar la decepción en su rostro, aunque no pudo evitar que ese sentimiento sí se reflejara en sus ojos.

*****

Karl y Elieth, por su parte, habían decidido pasar el día juntos, pero en lugar de salir de la posada como los demás, ellos pensaron en que lo mejor era permanecer en la casa, alejados de todo, disfrutando de la soledad y quietud que reinaba en el lugar y sobre todo aprovechando el tiempo que tenían para conocerse mejor. Durante la mañana la francesa le había hecho un recorrido al alemán por todos los rincones "secretos de la casa", esos sitios que sólo la familia Shanks y sus amigos más cercanos conocían y que ellos atesoraban, pues eran lugares únicos en los cuales podían esconderse del bullicio que una posada podía a veces generar. Finalmente, cuando comenzaba a caer la tarde, los jóvenes decidieron que sería mejor acomodarse muy cerca de la chimenea en el salón principal de la posada a esperar a que el resto de los jóvenes regresaran; mientras conversaban, el teléfono comenzó a sonar.

– Voy a responder — comentó Elieth, levantándose de su lugar.

– ¡Yo voy! – se escuchó decir a Leo desde la otra habitación, lugar en donde se encontraba al lado de Gwen.

Elieth, feliz de no tener que moverse, agradeció a su hermano y se dejó caer nuevamente en el sillón al tiempo en que se escuchaba a Leo responder la llamada. Al finalizar ésta, Leo ingreso en el lobby y se acercó a Karl.

– ¿Qué sucede? – cuestionó Elieth, mirando a su hermano.

– Era del taller mecánico — comenzó a explicar el francés –. Me comentó que esta mañana recibió finalmente las refacciones para su auto y que de inmediato comenzó a trabajar en él, hace unos minutos lo acaba de terminar de reparar y me comenta que mañana temprano lo vendrá a dejar a la posada.

– ¿Eso quiere decir que ya se irán? – cuestionó Elieth, viendo a Karl con cierta desilusión.

Karl se quedó sin saber bien qué decir, lo cierto era que ya no tenían ningún motivo para postergar la partida, pero ninguno de ellos tenía ganas de hacerlo.

– Supongo que sí – respondió finalmente Schneider, con la misma desilusión que mostraba la francesa.

Él sabía que eso iba a suceder tarde o temprano, pero no por eso se sentía menos decepcionado. Decir que la vida le había cambiado con ese simple viaje era poco; aunque había sido algo imprevisto, Schneider estaba seguro de que su vida no iba a volver a ser la misma después de su estancia en esa posada perdida en las montañas.

*****

Ya casi anochecía cuando tanto invitados como huéspedes de la posada se encontraban ya reunidos en el área del comedor principal, lugar en donde se celebraría la tan esperada cena navideña, en su mayoría se encontraban sentados en el gran comedor de roble, que era el foco central de la habitación, y los que no alcanzaron lugar se acomodaron en las diferentes mesas que se dispusieron a su alrededor. Como se esperaba, la comida era un gran festín internacional para todos los asistentes, con grandes y variados platillos tradicionales de diversos países, tanto franceses como alemanes e italianos, e incluso se le dio gusto a un par de invitados estadounidenses con su tradicional pavo y hasta a Lily, mexicana como era, se le consintió con tamales rellenos de pollo y carne de puerco, así como con buñuelos, un postre típico de México que era muy popular en estas fechas.

En la mesa principal se encontraban sentados tanto los Shanks como sus amigos más cercanos, que incluían no sólo a Lily y Gwen sino también ahora a Karl, Genzo y Gino. Una vez que Leo, en representación de sus padres, dio las tradicionales palabras en honor a las fiestas y agradeció la compañía de todos los presentes, se procedió a brindar para luego comenzar a repartir la comida, dando así inicio al banquete y, como se esperaba, todos los platillos fueron un éxito entre los comensales, no haciéndose esperar las felicitaciones y exclamaciones al respecto.

– Todo está delicioso – comentó alguien, a lo que otros lo secundaron.

– Agradezcamos a nuestras hermosas chefs y cocineros que nos deleitaron con estos exóticos platillos – respondió Leo, a lo que todos tuvieron que estar más que de acuerdo.

En cierto momento de la cena, Lily se levantó de su asiento para tomar una caja de regalo de aproximadamente unos 30 x 30 cm que se hallaba a espaldas suyas y se dirigió a donde Wakabayashi se encontraba sentado.

– Genzo, tengo una sorpresa para ti – comentó Lily, al tiempo en que dejaba el regalo en la mesa frente al portero.

– ¿En serio? – respondió el japonés algo confundido y avergonzado –. Pero yo no tengo nada para ti.

– No te preocupes, esto es algo que en definitiva vas a disfrutar – comentó Del Valle, con una sonrisa de complicidad que compartía tanto con los Shanks como con Gwen, quienes sabían de antemano cuál era el contenido del regalo.

Por su parte, tanto Karl como Gino miraban ansiosos y a la expectativa a un desconcertado Genzo que no sabía bien qué hacer, el japonés se debatía en si debía o no abrir el regalo en ese instante o quizás esperarse para más tarde; ante su visible duda Lily lo alentó a abrirlo.

– Anda, ¡ábrelo! – le pidió la mexicana –. Ahora que la carretera finalmente se reabrió, me dio tiempo para ir a la ciudad más cercana para comprarte esto.

Al final, Genzo cedió y abrió el presente, el cual contenía una gran cubeta de pollo Kentucky con todo y sus complementos, a lo que el portero al verlo rio de buena gana para luego sacarlo ante la mirada curiosa de los futbolistas, los cuales soltaron la carcajada al ver de qué se trataba.

– Hasta tus tradiciones han sido cumplidas, Wakabayashi – comentó Gino, bastante divertido.

– Es el mejor regalo que he recibido – respondió el japonés, con una gran sonrisa.

– Ahora comparte con todos – pidió Karl.

– ¡No! – respondió Genzo, de inmediato –. Este es mi regalo, por lo que me lo comeré yo solo.

La velada continuó sin mayores incidentes con todos los presentes divirtiéndose mientras degustaban los platillos, hasta que de pronto apareció en la reunión alguien que no había sido invitado.

– Buenas noches a todos – comentó Collins con autosuficiencia mientras entraba a la habitación, a lo que todos se quedaron sorprendidos de verle –. Espero que se estén divirtiendo, puede que sea la última vez que lo puedan hacer –. agregó con sorna.

Collins comenzó a contemplar el lugar con satisfacción al tiempo en que pensaba en los cambios que le haría cuando algo llamó su atención.

– ¡Pero qué tenemos aquí! – comentó Collins de pronto, mirando fijamente a Gino –. ¡Oh, vaya! Esto sí que no me lo esperaba – agregó, al tiempo en que rodeaba la habitación para acercarse al italiano –. ¿Se puede saber por qué no me invitaron a mí también a comer con ustedes? – preguntó, dirigiéndose a los Shanks –. En verdad que me siento bastante ofendido, ¿a mí me rechazan y dejan que mi competencia coma a su lado en Navidad? – agregó, señalando a Hernández y fingiendo sentirse dolido e indignado.

– ¿Qué carajos haces tú aquí? – preguntó Elieth, bastante molesta por la presencia del otro –. No eres bienvenido en esta casa.

– ¡Sabía que andabas por aquí! – continuó diciendo Collins, esta vez dirigiéndose a Gino e ignorando a la francesa –. Mis contactos nunca fallan – rio alegre, recargándose sobre el respaldo de una de las sillas cercanas al italiano para verle más de cerca –. Pero te diré algo Hernández, no pienso permitir que me robes este proyecto, no sé de qué manera intentas engañarlos para quedarte con esta propiedad, pero no te funcionará, sea cual sea el plan que tienes, no te saldrás con la tuya.

– ¿Qué diablos estas diciendo Collins? – le encaró nuevamente Elieth.

Por su parte Gino sólo miraba muy serio y molesto a Collins, pero sin atreverse a decir palabra alguna.

– Collins – comenzó a decir Erika, en un tono de voz más alto de lo normal –. ¿Nos puedes decir de una vez que es lo que quieres decir con esto? – exigió la joven.

– Pregúntale a tu invitado qué es lo que quiero decir – respondió finalmente Collins, con sarcasmo en la voz y enfatizando la palabra "invitado" –. Yo sólo vine a decirles que, si no resuelven sus problemas para el primer día del año, esta propiedad será mía.

– ¿Qué? – exclamó Leo, poniéndose de pie de inmediato y dando un golpe en la mesa con las manos –. Eso no puede ser posible.

– Pues lo es – sonrió el empresario con triunfo –. Ya no es necesario que me vendan, quería ser yo quien les diera la gran noticia de que, si no pagan la hipoteca a más tardar el día primero del próximo año, el banco pondrá en remate la propiedad al día siguiente, y seré yo quien la compre, ya hablé con los asesores del banco y estarán esperando para hacer mi oferta válida a primera hora del día, no dejaré que nadie me gane este negocio y eso te incluye a ti, Hernández – concluyó, mirando directamente a Gino.

Una vez que Collins terminó con su discurso salió de la propiedad sin decir ni una palabra más, dejando a todos los presentes sumidos en más dudas y frustraciones de las que podían soportar.

– ¿Qué significa todo esto? – preguntó finalmente Elieth, realmente furiosa.

– ¿Y ustedes qué tienen que ver con Collins? – preguntó a su vez Lily, encarando a los futbolistas.

Tanto Karl como Genzo se miraban sin saber qué decir y solo atinaban a levantar los hombros y mover la cabeza en señal de negación, ellos no tenían ni idea qué estaba pasando, de qué se trataba todo ese lío y mucho menos qué relación podía haber entre Gino y ese tal Collins. Por su parte el italiano se había quedado sumamente callado con la cabeza agachada para no hacer contacto visual con nadie.

– Necesitamos hablar a solas – comentó de pronto Erika, levantándose de su asiento muy seria y saliendo del comedor con dirección al pórtico.

Gino no necesitó que le explicaran que era a él a quien se dirigía la joven, por lo que se levantó de su asiento para seguir a la francesa.

– Por favor no culpen ni a Schneider y ni a Wakabayashi de nada – comentó Hernández bastante serio –. Ellos no tienen nada que ver y mucho menos saben de los problemas que tengamos o no, mi familia o yo, con Collins – agregó antes de ir tras Erika.

– ¿Ustedes estaban al tanto de esto? – preguntó Lily, mirando a los futbolistas una vez que el italiano salió del comedor.

– Yo la verdad no sabía nada – respondió Genzo, muy serio –. Apenas y sé que Hernández tiene un negocio familiar.

– Yo sí sabía qué tipo de negocio tiene – respondió Karl, en voz baja –. Pero no estamos aquí por eso.

Mientras tanto, en el pórtico, Erika esperó hasta que Gino estuvo lo suficientemente cerca para comenzar a cuestionarlo.

– ¿Es verdad eso? – preguntó Shanks, muy seria, una vez que el joven estuvo frente a ella.

– Puedo explicártelo todo – comenzó a decir Hernández.

– ¿O sea que es cierto? – le encaró la joven, alzando la voz y sin poder aún creerlo –. ¿Viniste aquí a quitarnos la posada?

– No, eso no es verdad... – se intentó defender el italiano, pero Erika le interrumpió.

– ¿Es por eso que hiciste tantas preguntas de la posada? – le inquirió la joven –. ¿Tu plan era ganarle el negocio a Collins?

– ¡No! – le interrumpió Gino, alzando finalmente la voz, para continuar luego más calmado –. Eso no es verdad – le repitió –. En verdad las cosas no son lo que parecen.

– ¿También fue un truco todo lo que me dijiste? – comentó ella ya con un nudo en la garganta – Todo fue una mentira...

– No, Erika... – comenzó a decir el portero, pero ella ya no quiso escucharle.

– Será mejor que te vayas – comentó Erika de pronto, muy seria, conteniendo las lágrimas, sin querer escucharle y dando por terminada la conversación – Ya no se si confiaré o no en ti, no tiene caso que me digas nada más.

A Gino se le destrozó el corazón al escuchar estas palabras, por lo que se dio por vencido y no dijo nada más; luego de mirarla por última vez, se dio la media vuelta y se dirigió hacia la salida de la propiedad, siendo que Erika lo miró marcharse hasta desaparecer de su campo de visión. Una vez pasado esto, ella subió a su habitación, encerrándose en ella y negándose a hablarle a nadie.

*****

El BMW de Wakabayashi se encontraba estacionado en la entrada principal de la posada desde muy tempranas horas de la mañana, tal y como había prometido el mecánico del pueblo, por lo que los futbolistas se preparaban para partir.

En la casa, nadie pudo dormir la noche anterior debido a los acontecimientos previos; o bueno, nadie de los involucrados ya que, después de la cena, la situación se había vuelto tan tensa que los huéspedes decidieron retirarse a sus habitaciones a temprana hora de la noche para no molestar y sólo habían quedado Leo, Elieth, Lily y Gwen en la estancia, los dos primeros pensando en si existiría una forma de salvar su hogar y las otras dos dándoles todo el apoyo que necesitaban. Sin embargo, por más que lo pensaban éstas era muy malas noticias y tendrían que aceptar el hecho de que estaban a punto de perder la posada a finales de año.

Por su parte, Karl y Genzo, luego del interrogatorio al que fueron sometidos, decidieron salir a buscar a Gino en los alrededores; sin embargo, no lograron encontrarlo en toda la noche y fue hasta poco después de que llevaron el automóvil de Wakabayashi que Hernández apareció en la habitación y sin decir palabra alguna comenzó a recoger sus pertenencias, negándose a explicar en donde había estado pero a juzgar por los futbolistas, el portero no había dormido nada ni había pasado una buena noche.

Una vez que los tres jóvenes estuvieron listos se encaminaron a la salida, siendo que Lily acompañó a Genzo hasta su automóvil, en donde una vez que guardó su equipaje en la cajuela se giró para mirar a la joven.

– Supongo que esto es el adiós – comentó Del Valle, una vez que tuvo a Wakabayashi frente a él.

– ¡No! – respondió Genzo, con mucha seguridad y tomándola de la cintura –. Aún queda pendiente nuestra cena y créeme que no dejaré que se pierda.

Por respuesta Lily le sonrió con picardía para luego darle un fuerte abrazo y susurrarle algo en el oído

– Estaré esperando esa cena – le dijo. Después de todo, me toca a mí escoger, dado que yo gané la apuesta.

– Sabes que me dejé ganar –replicó él–. Pero bien valdrá la pena.

De manera imprevista, él la besó en los labios y ella le correspondió sin mucha resistencia. Al terminar el beso, Genzo sonrío con complacencia para luego subirse al asiento del conductor y esperar a sus compañeros.

Mientras tanto, Karl se encontraba esperando en la recepción para saldar las deudas pendientes de su estadía; luego de unos minutos de espera llegó Elieth.

– Supongo que te iras tú también – comentó la joven, mientras hacia el papeleo.

– Sí – respondió con cierto pesar el alemán, al tiempo en que pagaba—. Sabes que aún tengo algo pendiente por resolver en Múnich y es hora de hacerlo; además, ahora que Hernández ya no es bienvenido aquí, lo mejor es que me vaya con él.

– Comprendo – respondió la francesa, acercándose al delantero –. Buena suerte con eso – agregó, para luego darle un beso en la comisura del labio.

Karl salió de la posada y se dirigió al automóvil, para subirse después al área del copiloto; en ese instante, salió Gino de la casa con la mirada triste y cabeza cabizbaja, y se dirigió directamente al automóvil, subió sus pertenencias a la cajuela y se dirigió a la puerta del auto, pero antes de subirse miró por última vez la ventana de la habitación de Erika para finalmente sólo suspirar y subirse. Desde la ventana de su habitación Erika pudo ver cómo el auto partía y salía para siempre de la propiedad.


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