Capítulo 2.
A la mañana siguiente, tanto Karl como Gino llegaron puntualmente al edificio en donde se encontraba localizado el departamento de Genzo, y luego de poner al corriente al japonés sobre el nuevo agregado al viaje, los tres jóvenes finalmente partieron en el BMW de Wakabayashi; para fortuna de ellos y a pesar de que la noche anterior había caído una gran cantidad de nieve, las autopistas del país aún se encontraban en funcionamiento, por supuesto con las debidas medidas de seguridad por parte de los automovilistas, por lo que los futbolistas emprendieron su viaje sin ningún tipo de inconveniente siendo que no debían demorar más de unas cuantas horas en llegar a su destino.
Sin embargo, cuando los jóvenes apenas habían pasado la ciudad de Berna, capital de Suiza, la nevada comenzó a ser mucho más fuerte por lo que cuando estaban por atravesar la pequeña ciudad de Yverdon-les-bains la visibilidad era prácticamente nula; Genzo, quien iba al volante, no podía ver más allá de unos cuantos metros hacia el frente de su cofre, siendo que los letreros de los señalamientos que se hallaban en el camino eran prácticamente invisibles para él tanto por la nieve que caía en el parabrisas como por el hecho de que los letreros se encontraban ya cubiertos por una gran capa de nieve.
— Comienzo a pensar que no fue tan buena idea viajar en medio de esta tormenta —dijo de pronto Schneider, quien iba en el asiento del copiloto.
— Creo que es demasiado tarde como para arrepentirse —comentó Wakabayashi, sin apartar su vista del camino—. Estamos a medio trayecto por lo que sería exactamente lo mismo llegar a nuestro destino que regresar a Múnich, en mi opinión creo que nuestra mejor opción es continuar.
— En eso tengo que darle la razón a Wakabayashi —agregó Hernández—. Es muy probable que más adelante la tormenta pueda estar más calmada, mientras que hacia Alemania es seguro que las nevadas se intensificarán, creo que sería más peligroso volver.
Luego de una breve discusión sobre si debían parar y esperar a que la nevada disminuyera un poco o si debían continuar para no quedar varados ahí, todos llegaron a la decisión de que lo segundo sería la opción más viable por lo que prosiguieron su camino hasta llegar a una bifurcación en la carretera y al no ver con claridad los letreros que indicaban qué dirección era la que debían seguir, ellos tomaron el camino equivocado, desviándose de su destino y avanzando por casi una hora más de trayecto sin percatarse de su error hasta que el automóvil prácticamente atravesó la frontera de Suiza para internarse en Francia.
Lamentablemente, tanto las condiciones del camino como la intensa nevada no les permitieron parar ni mucho menos volver pues con tanta nieve a su alrededor los caminos eran demasiado estrechos y peligrosos como para maniobrar, siendo que al final decidieron que lo mejor sería llegar al poblado más próximo en donde reestructurarían la ruta de su viaje; así pues, los jóvenes prosiguieron por el camino que comenzó a ser cada vez más estrecho pues aparentemente éste se adentraba en las montañas, siendo que después de algunos kilómetros fueron completamente rodeados por altos y frondosos pinos que ahora eran completamente blancos, lo que los dejaba prácticamente en medio de la nada.
— Creo que ahora sí ya estamos más que perdidos —comentó Karl, al mirar a su alrededor y sólo alcanzar a ver árboles y más árboles cubiertos de nieve.
— ¿Quieres por favor no molestar? —gruñó Genzo, girándose para ver a su compañero de equipo, pero pensando exactamente lo mismo que él.
— ¡Wakabayashi, al frente! —exclamó Gino, desde uno de los asientos posteriores del auto y señalando hacia adelante.
El portero nipón se giró justo a tiempo para ver cómo los faros delanteros del vehículo alumbraban directamente el rostro de un enorme lince boreal, el cual los miró con cierto enojo para luego saltar a la arboleda que se hallaba a un lado del camino. Con la enorme impresión de ver al salvaje felino prácticamente sobre ellos, y temiendo atropellarlo, Genzo por acto reflejo volanteó ocasionando que el automóvil se saliera de la carretera, rodando cuneta abajo hasta una mini hondonada con algunas piedras que la nieve cubría y contra las cuales el vehículo se fue a incrustar, ocasionando serías averías en el mismo.
— ¡Lo único que nos faltaba! —exclamó Wakabayashi molesto, golpeando el volante—. ¡Quedarnos varados en medio de la nada y con varios metros de nieve a nuestro alrededor!
— Cuidado y te fracturas —se burló Schneider.
— Muy gracioso, es por ti que estamos aquí.
— ¿Por mí? —reclamó Karl —¡Fuiste tú el que aceptó hacer este viaje! Nadie te trajo a la fuerza.
— ¿Por qué no mejor nos calmamos un poco y veamos en qué condiciones se encuentra el auto?—interrumpió Gino en ese instante, descendiendo del vehículo para luego ser seguido por los otros dos.
Al ver el automóvil, los futbolistas se dieron cuenta de que éste no se encontraba en condiciones de continuar por lo que prácticamente se habían quedado varados en ese sitio.
— ¿Y ahora qué vamos a hacer? —preguntó Hernández, sacando su celular para verificarlo—. Aquí no se tiene una buena señal de celular por lo que no podremos llamar a la asistencia en el camino y la nevada cada vez está más fuerte —agregó, mirando el cielo.
— Propongo que quien causó este desastre sea quien vaya en busca de ayuda —comentó Schneider.
— ¿Y por qué yo? —reprochó Wakabayashi—. No es mi culpa que se nos haya atravesado el Yeti a cuatro patas o un ente de las nieves con garras y colmillos y que por esa razón hayamos terminado saliéndonos del camino.
— Así que admites que eres tú el causante de este lío —sonrió Schneider, victorioso.
— ¿Qué? ¡No, de ninguna manera! —se defendió el japonés.
— Ésta no es una historia paranormal para que nos salgan monstruos o espectros que luego nos asesinen en medio de la nieve, creo que más bien ésta parece ser una cursi historia invernal —comento Hernández, distraído—. No fue nada por el estilo lo que se nos atravesó, ¿acaso no vieron que era un gato salvaje?
— ¿Qué? —comentaron los otros dos al mismo tiempo mirándolo con curiosidad y asombro.
— Que era un gato salvaje el que se nos atravesó en el camino —respondió Gino, mirándolos sin comprender su asombro.
— No, lo que dijiste antes —comentó Genzo.
— Ah, no, creo que sólo dije eso y nada más que yo recuerde —respondió Hernández, encogiéndose de hombros y entreteniéndose de nuevo en su celular.
Tanto Genzo como Karl miraron al italiano con extrañeza para luego lanzarse una sutil mirada de complicidad y sonreír.
— Hernández, hemos decidido por dos votos a uno que serás tú quien vaya caminando al pueblo más cercano —comentó Genzo, con una sonrisa burlona.
— Eso no se vale, aquí no hay democracia, es obvio que se pondrían los dos contra mí por lealtad de equipo —se quejó Gino.
— Di lo que quieras pero eso es democracia pues los votos son dos a uno, no importa lo que digas, te toca ir —comentó Wakabayashi.
Gino, no muy conforme con el resultado de la situación, estaba a punto de irse cuando vieron que una camioneta se paró en la carretera justo a la altura en donde se habían salido del camino y de ésta descendió un joven de aproximadamente la misma edad de ellos, de cabello castaño y ojos verdes.
— ¡Hey! ¿Se encuentran bien? —preguntó el joven desde la orilla de la carretera.
— Sí, gracias, pero necesitaremos un poco de ayuda—comentó Gino, acercándose al recién llegado para explicarle lo que les había sucedido.
Al terminar de escuchar el relato, el joven se presentó como Leo Shanks y les ofreció llevarlos al pueblo más cercano, que era el lugar al cual él aparentemente se dirigía en un inicio; además, prometió que una vez estando allá le hablaría al mecánico que él conocía para que fuera a recoger el vehículo de los jóvenes antes de que quedara enterrado en la nieve.
— ¿Nos podrías dejar en el hotel más cercano que haya por aquí? —preguntó Schneider, después de agradecerle la ayuda prestada y cuando se dirigían a la camioneta del recién llegado.
— Por supuesto, aunque debo decir que quizás no sea de la clase y estilo que ustedes acostumbran —comentó Leo al mirarlos con más detenimiento así como también al lujoso automóvil.
— ¿Qué quieres decir con eso?— preguntó Karl, sin comprender.
— Que no es un lugar "Gran Luxury Resort de siete estrellas" —respondió Leo.
— Eso no importa —respondió Wakabayashi, de inmediato—. No te dejes llevar por las apariencias.
— Así es— agregó el alemán—. Estaremos bien en cualquier lugar.
— Me parece perfecto entonces—respondió el francés, con un tono alegre—. De todos modos, es el único lugar que hay por aquí.
Así, los cuatro jóvenes emprendieron el camino atravesando el bosque que los rodeaba para finalmente llegar a un hermoso poblado montañés, el cual cruzaron sin detenerse hasta llegar al otro extremo del mismo, en donde en lo alto de una de las colinas se podía ver una hermosa y enorme casa antigua del tipo cabaña campestre con múltiples habitaciones y amplios espacios comunales, no sólo en su interior sino también al exterior de la misma; siendo que además, la casa contaba con varias secciones más pequeñas a los costados, las cuales se hallaban equipadas en su totalidad para funcionar como cabañas independientes, todo en medio de un extenso terreno que se hallaba rodeado por la naturaleza de la región. En su parte posterior comenzaba el denso follaje del bosque teniendo a sus espaldas una vista increíble de las montañas y al frente al iniciar el terreno había un gran letrero en la entrada que decía: "Posada Shanks".
— Bien, llegamos —comentó Leo, una vez que estacionó la camioneta afuera de la casa principal —. Sean bienvenidos.
— Se te olvidó mencionar el hecho de que es tu posada –comentó Schneider al descender del vehículo y ver el letrero de la entrada mientras inspeccionaba el lugar con más detenimiento.
— Sólo una tercera parte —respondió Leo, encogiéndose de hombros para restarle importancia al asunto—. Y tampoco es que sea algo que realmente interese —agregó—. No hay otro lugar al cual ir por aquí; a menos, claro, que deseen irse al nuevo Hotel Collins.
— ¿Hay uno de esos hoteles por aquí? —pregunto Gino, incrédulo y sin poder evitar esbozar cierta mueca de disgusto al escuchar el nombre de su mayor contrincante en el sector hotelero.
— No, no lo hay —rio Leo divertido—. Pero quién sabe, quizás muy pronto habrá uno por aquí que nos saque del negocio —comentó, con cierto misterio.
Justo en ese momento, el joven recibió en la cabeza el impacto de una bola de nieve que provenía desde las alturas, para ser más exactos desde el techo del porche de la casa principal.
— ¡Auch! —exclamó Leo para luego mirar, al igual que los otros tres que le acompañaban, en la dirección de donde había salido el proyectil.
— ¡En sus sueños ésos pondrán un hotel aquí! —se escuchó gritar a una voz femenina, tras lo cual se asomó una joven de cabellera rubia, larga y ondulada, y de ojos grises.
— ¡Elieth Shanks! ¿Qué demonios estás haciendo allá arriba? —gritó el francés, entre sorprendido y preocupado.
— Termino de acomodar estas luces antes de que vuelva a nevar —respondió la joven, muy tranquilamente desde las alturas.
— ¿Y no podías esperar a que yo regresara y lo hiciera? —cuestionó Leo.
— No sabíamos a qué hora volverías o si acaso lo harías hoy o mañana —comentó Elieth —. Es por eso que me decidí a hacerlo por mí misma; además, no tenemos que depender de ti para que hagas absolutamente todo, yo también puedo hacerlo.
— ¿Quieres tener cuidado y ver por dónde pisas? —comentó el joven—. Y ya bájate de ahí, estás en un área muy resbalosa y podrías...
Leo ya no pudo terminar su frase pues justo en ese mismo instante la joven pisó en falso y resbaló con un poco de hielo, cayendo así del techo; para fortuna de ella, Karl, quien era el que estaba más cerca del porche, al verla caer casi de manera automática y por mero instinto se lanzó a atraparla y ella aterrizó directamente en sus brazos. Ambos jóvenes se quedaron mirando a los ojos por un breve instante en el que experimentaron un chispazo entre ellos pero en ese momento, sin querer y quizás debido a que no la había sostenido adecuadamente a la hora de atraparla, a Schneider se le resbaló Elieth de las manos por lo que, sin proponérselo le agarró el trasero a lo que ella respondió de inmediato plantándole tremenda bofetada en el rostro, por lo que él como respuesta la soltó, dejándola caer sobre la nieve.
— ¿Qué demonios te pasa? —exclamó la francesa desde el suelo, mirándolo con furia.
— ¡Eso mismo te podría preguntar yo! —gritó a su vez el alemán, sobándose el rostro—. ¡¿Qué demonios pasa contigo?! ¿Por qué carajos me abofeteas?
— ¿Por qué ha de ser? —rezongó Elieth, poniéndose de pie—. ¡Por ser un pervertido!
— ¿Yo, un pervertido? —cuestionó Schneider, sin poder creérselo—. ¿Se puede saber por qué dices eso?
— ¡Pues porque me agarraste el trasero! —respondió ella, completamente roja.
En ese instante se escuchó una estruendosa carcajada que provenía de Leo, quien no se pudo aguantar más pues la situación le parecía de lo más divertida.
— Por dios, Peque, si lo único que hizo él es salvarte de tremenda caída, ¿y así le agradeces? —comentó el joven—. Y si te tocó o no el trasero debió haber sido sin intención alguna, ¿verdad? —le preguntó al delantero con mirada seria.
— Por supuesto que no fue intencional —se defendió Schneider, mientras sus dos amigos reían de lo lindo por la situación.
— ¿Y tú cómo puedes estar tan seguro de que te está diciendo la verdad? —le gruñó la chica al francés.
— ¿Estás loca? —intervino el alemán—. ¿Yo por qué querría hacer eso?
— Yo qué voy a saber, no te conozco —gruñó la francesa.
— Peque, ¿quieres calmarte ya? —pidió Leo—. Debes admitir que no tiene lógica alguna lo que alegas.
— Tú también, Schneider —comentó Genzo en ese momento, cuando por fin dejó de reírse—. Ya deja de pelear con la señorita y mejor discúlpate.
Karl miró con incredulidad a Wakabayashi para luego girarse a ver a Hernández en busca de una señal de apoyo; sin embargo, en el italiano encontró la misma expresión que en el japonés, ambos creían que él debía disculparse y dejar atrás esa discusión que no los llevaría a ninguna parte, por lo que Schneider tuvo que suspirar derrotado siendo que finalmente se decidió a excusarse con la chica.
— ¡Está bien! —gruñó el alemán—. Señorita Shanks, me disculpo con usted si por error toqué alguna parte indebida de su anatomía.
— No seas tarado, déjate de tantas formalidades, dile simplemente que lo lamentas y ya —susurró Genzo a lo que Gino rio por lo bajo, siendo que Karl lo quiso asesinar con la mirada.
Leo también miró con reproche a la joven por lo que ella tuvo que disculparse.
— No hay problema, señor —respondió ella, a regañadientes— Me disculpo por haberle dado una bofetada que en realidad si merecía.
— ¡Eli!— le reprendió Leo.
— ¡Ya! No dije nada —respondió Elieth, cruzándose de brazos.
— Ok, mejor déjenme que los presente como se debe —comentó Leo, intentando limar asperezas— Chicos, ella es la dueña de otra tercera parte de la posada, es mi hermana menor Elieth Shanks.
— Mucho gusto —respondieron tanto Genzo como Gino a lo que ella les correspondió el saludo con mucha amabilidad, en cuanto a Karl, ambos sólo se fulminaron con la mirada.
— Eli, ellos son unos huéspedes que me encontré en la carretera por lo que espero que les puedas encontrar una habitación —le comentó Leo a su hermana.
— Lo siento mucho, pero ya no tenemos habitaciones disponibles —le respondió Elieth a su hermano, ignorando a los futbolistas y comenzando a andar hacia el interior de la casa principal, seguida por Leo y, más atrás, por los tres jóvenes.
— ¡Oh, vamos, Peque! —dijo Leo— Sé que tú puedes encontrarles un lugar, quedaron varados en la nieve y su auto se averió.
— Pues que se vayan al pueblo a ver si encuentran algún lugar en donde quedarse —respondió la francesa, mientras comenzaba a recoger el desorden que había en la recepción.
— Tú bien que sabes que no hay otra posada, hostal, hotel o cualquier cosa parecida por aquí, no pueden ir a ningún lado, ¿quieres que pasen la noche bajo la nieve?
— ¿Y eso por qué debe ser mi problema? —cuestionó la joven— Que se preocupen ellos, no yo.
— ¿Siempre es tan amable con los huéspedes? —rezongó Karl, de malas.
— Ustedes no son huéspedes —le refutó de inmediato Elieth, encarándolo con mirada enojada— Yo me preocupo por los que ya hicieron reservación con antelación y no voy a quitarles su lugar nada más porque ustedes así lo desean.
— ¡Oh, vamos, Petite! —se escuchó que una dulce voz femenina le hablaba de manera muy cariñosa a Elieth, siendo que al instante apareció una joven de cabellera castaña, larga y ondulada, y de ojos verdes, muy parecida a Leo—. Veamos si podemos mover un poco las cosas y encontrarles algún lugar —le comentó, para luego dirigirles una dulce sonrisa a los recién llegados.
Leo sonrió victorioso al ver llegar a la otra joven.
— ¡Qué bueno que llegas, Eri! —le dijo él, sonriéndole a la recién llegada—. A ver si tú sí la convences.
— ¡Eso está por verse! —bufó Elieth.
— Chicos —comenzó a decir Leo, ignorando las palabras de su hermana— Les presento a mi otra hermana, quien además también es mi gemela y la dueña de la otra tercera parte de la posada, ella es Erika Shanks.
La joven los saludó con mucha cortesía y educación pero cuando llegó el turno de Gino, ellos se quedaron estrechándose las manos más tiempo de lo normal hasta que alguno de los presentes carraspeó haciéndolos volver a la realidad.
— ¿En que estábamos? —preguntó Erika, algo apenada.
— En que todas nuestras cabañas independientes ya se encuentran ocupadas por lo que sólo los podríamos hospedar si hacemos algunos movimientos en la casa principal —comentó Elieth, suspirando derrotada al dejarse finalmente vencer pues el coraje ya se le había pasado—. Creo que haciendo algunos movimientos podríamos encontrarles un par de habitaciones disponibles o mejor dicho quizás alguna habitación.
— ¿Sólo una? —cuestionó Genzo, de inmediato.
— De una vez les digo que ni crean que tendrán una cada quien, a lo mucho serían dos y lo cierto es que lo dudo mucho, confórmense con que les pueda conseguir una —comentó tajantemente Elieth.
Erika y Leo sólo se encogieron de hombros, dándole la razón a su hermana. Elieth entonces se puso a verificar las habitaciones que tenían reservadas y las que ya se hallaban ocupadas y luego les platicó a sus hermanos los posibles cambios que podría hacer; cuando los tres estuvieron de acuerdo se acercaron a los futbolistas.
— Ok, lo siento mucho pero sólo les puedo conseguir una sola habitación, son dos camas individuales y un sofá cama así que se tendrán que lanzar un volado para ver quién va en el sillón —comentó Elieth, pensando que a Schneider con gusto lo dejaría en el porche de la casa a que se congelara.
— ¿Una para los tres? —protestó Genzo.
— Pues sí, como les dije todo está lleno o reservado y haciendo algunos movimientos de los huéspedes que aún no llegan es que les puedo ofrecer esta habitación, tómenlo o déjenlo —comentó la joven.
— Pues no tenemos otra opción —comentó Karl, frunciendo el ceño—. No estamos aquí por gusto.
— Pues se pueden ir caminando a la ciudad si no les place —gruñó a su vez Elieth.
— ¡La tomaremos! —comentó Gino de inmediato, tratando de sonar conciliador—. Por favor.
Así, Elieth le dio la llave a Leo y éste los condujo por la casa dándoles en el proceso un rápido recorrido del lugar hasta finalmente llegar al piso en donde se encontraba localizada la habitación que compartirían los jóvenes; ya en el pasillo, Genzo vio que al parecer una habitación estaba desocupada pues al estar abierta de par en par no se veían huéspedes además de que la estaban limpiando por lo que decidió hacer un último intento para conseguir al menos otra recámara.
— ¿Y esa habitación? —le preguntó a Leo—. Se ve que está desocupada.
— Lo siento, pero ya está reservada, supongo que van a llegar mañana y por eso la están arreglando —dijo Leo, encogiéndose de hombros—. Si la Peque dijo que sólo hay una habitación disponible es porque así es.
Karl, por su parte se había mantenido muy callado durante el trayecto y al escuchar el apodo con que Leo se refería a su hermana menor sólo hizo una mueca de fastidio, no podía creer que hubiera alguien tan loco como para que luego de salvarla de lastimarse ésta terminara ofendida pues según él era un pervertido que había aprovechado la ocasión.
"¡Qué demonios le pasa a esta mujer!", pensó Schneider.
El alemán estaba casi seguro de que la chica no había querido conseguirles más habitaciones sólo por el placer de la venganza pues creía que el darles sólo una recamara obedecía al hecho no de que no hubiera más disponibles sino a que Elieth era una joven demasiado loca y no quería ayudarles.
"¡Mujeres!", pensó Karl, con fastidio.
Justo en ese instante llegaron a la habitación por lo que Leo abrió la puerta y dejó que los jóvenes ingresaran al lugar.
— Bueno, los dejo que han de estar muy cansados por lo ajetreado del viaje, cualquier cosa que necesiten, siempre hay alguien en la recepción— comentó Leo, para luego despedirse y retirarse.
Una vez que el francés se fue, los tres futbolistas miraron con detenimiento la habitación, ésta era mucho más amplia de lo que ellos creyeron, además de contar con dos camas matrimoniales, el dichoso sofá cama también era de ese tamaño por lo que ninguno tendría que sufrir en un espacio reducido al dormir; además, la recámara contaba con una pequeña chimenea eléctrica y amplios espacios entre las camas para no estar incómodos, teniendo también un amplio balcón en donde había una mesa de madera y cuatro sillas,
— Al final la habitación resultó ser lo suficientemente grande como para que tres hombres adultos estén a gusto —comentó Gino, mirando los detalles de la misma.
— Debo admitir que es mucho más de lo que esperaba —dijo Genzo a su vez, admirando también el lugar, el cual era bastante acogedor.
— Peléense por la otra cama, yo ya me voy a dormir —comentó Karl de mal humor, dejándose caer en la cama más cercana.
— ¡Oye, no! —gritaron los otros dos pero el alemán simplemente los ignoró y con nada lo hicieron levantarse.
Noquedándoles más opción los porteros tuvieron que echarse el volado entre ellospara determinar quién dormiría en el sofá, siendo que ya era bastante nochecuando finalmente los jóvenes pudieron descansar de su accidentado día.
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