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Capítulo 3.

A la mañana siguiente, los tres futbolistas se despertaron a muy temprana hora del día y, una vez listos, bajaron a desayunar pues tenían planeado caminar hasta el pueblo para buscar el taller del mecánico que en estos momentos ya debería tener en su poder el automóvil de Wakabayashi, esperando que además también tuviera un veredicto del auto y que pudiera dar una hora de cuándo estaría listo. Los hermanos Shanks, quienes a esas horas ya se hallaban bastante atareados y con una larga lista de pendientes por realizar antes de la llegada del resto de los huéspedes que pasarían las festividades en el lugar, al ver bajar a los jóvenes por las escaleras les saludaron alegremente.

— ¡Buenos días! —comentó Leo— Espero que hayan descansado bien.

— Sí, gracias —respondió Karl, escuetamente.

— ¿Y ustedes qué tal? —preguntó a su vez Erika a Gino y a Genzo—. ¿No pasaron frío?

— No, para nada —respondió de inmediato Gino, dándole una efusiva sonrisa a la joven—. Es un lugar muy reconfortante y cálido, además, las camas son muy cómodas —agregó, mirando a Genzo con diversión ante la mirada de reproche de éste pues a él le había tocado perder el volado por la cama y tuvo que dormir en el sofá.

— No me quejo, el sofá también es bastante cómodo —comentó a su vez Genzo— Aunque esta noche habrá un nuevo volado por las camas, ¡no pienso dormir todos los días en el sofá!

— Lo que sí debo decir es que tengo por compañeros de habitación a un enorme oso que ronca que da miedo y a un Emperador que tarda miles de horas en ducharse y en arreglarse —dijo de pronto Hernández.

— ¡Yo no ronco! —se defendió de inmediato Genzo, molesto.

— ¡Y yo no me tardo en el baño! —gruñó a su vez Karl, ocasionándole una ligera risilla de burla a Elieth, quien después intentó mal disimularla como si fuera un ataque de tos.

— Lo siento —se disculpó la joven, fingiendo demencia ante la fría mirada de Karl.

Después del desayuno, los futbolistas finalmente se encaminaron al pueblo en busca de la dirección que Leo les había proporcionado y que sería el taller de su amigo; al llegar al mencionado lugar y preguntar por el mecánico, se encontraron con un hombre de edad avanzada quien salió limpiándose la grasa de las manos para atender a los jóvenes que contrastaban enormemente con los habitantes del lugar. Genzo de inmediato se identificó como el propietario del BMW e ingenuamente preguntó que cuántas horas le llevaría al hombre el tener listo el vehículo.

— Lo siento pero no hay mucho que pueda hacer por ustedes en este momento —comentó el hombre, encaminándose al interior del taller mientras era seguido por los futbolistas.

— ¿Por qué? —cuestionó Genzo, sin comprender—. ¿Es que aún no revisa el vehículo?

— No, sí ya lo hice y sé perfectamente bien lo que le pasa —respondió el mecánico con mucha tranquilidad—. Lo digo porque no podré hacer nada para reparar un auto tan lujoso como el suyo antes de Navidad— se explicó el hombre—. Las partes que necesito para arreglarlo no llegarán pronto pues a pesar de haberlas pedido esta misma mañana, deben traerlas desde la ciudad y no creo que lleguen antes de las fiestas.

— ¿Qué? —exclamó Genzo, sin creérselo— ¿Y no hay otra manera más rápida de conseguirlas?

— La única manera sería ir a comprarlas directamente a la tienda principal pero yo no puedo hacerlo, por eso es que me las suelen traer, pero con este clima las entregas se retrasan mucho.

Los jóvenes no podían creer lo que les estaba sucediendo ni que tuvieran tan mala suerte, parecía como si ellos se encontraran dentro de un mal guion de alguna historia navideña o quizás se trataba de una mala broma que les estaban jugando, no, mejor aún, quizás era sólo que el destino quería que ellos se quedaran varados en medio de la nada durante más tiempo del que esperaban por alguna extraña y misteriosa razón que no llegaban a comprender, pero lo cierto es que ellos simplemente no sabían bien qué hacer por lo que prefirieron despedirse del mecánico, quedando en regresar al taller más tarde a ver si de casualidad había alguna buena noticia.

— Tenemos que buscar una forma de salir de aquí —comentó Karl, un tanto fastidiado de su mala suerte.

— Veamos que opciones encontramos —replicó Genzo, comenzando a andar por el pueblo.

Genzo trató de buscar un lugar en donde pudiera rentar otro auto para con éste llegar a la ciudad más cercana y desde ahí mandar a traer su propio coche, pero en el pueblo no pudo encontrar ningún sitio en donde pudieran rentarle un vehículo, por lo que Karl sugirió ir a buscar la susodicha tienda de refacciones para comprar las partes que el BMW necesitaba y así poder salir de ahí. Sin embargo, ese plan también se vio truncado pues el pueblo no tenía ni aeropuerto ni estación de trenes y los autobuses estaban cancelados hasta nuevo aviso por las intensas nevadas de los días anteriores por lo que, en ese momento, la única forma de llegar a la ciudad era saliendo en auto.

Luego de un largo rato de andar por el pueblo, los jóvenes finalmente se dieron por vencidos y decidieron regresar a la posada, completamente desalentados y sin tener una idea clara de lo que debían hacer, pero en cuanto llegaron a la entrada de la posada, a lo lejos vieron a Leo, quien realizaba algunas labores en el exterior, siendo que a Hernández se le ocurrió algo.

— ¿Y si le pedimos a Leo que nos lleve a la ciudad? —sugirió de pronto Gino.

— Ésa es una buena idea, Hernández —respondió Genzo, feliz de por fin tener un poco de esperanza— Vayamos a verlo de inmediato.

Así, los tres futbolistas se dirigieron apresurados al lugar en donde se hallaba el francés para pedirle ya sea que los llevara a la ciudad o bien que les prestara su camioneta y de ese modo ir a la susodicha tienda a conseguir las refacciones que necesitaban; sin embargo, la suerte una vez más les jugó en su contra.

— Uy, chicos, lo siento mucho pero por el momento no la tengo —comentó Leo, una vez que Genzo terminó de explicarle la situación—. Como en estos días no pensaba salir más allá del pueblo, le presté mi camioneta a unos amigos para que fueran a la ciudad y justo se acaban de ir, de haber llegado antes se hubieran ido con ellos.

— Esa sí que es mala suerte —suspiró apesadumbrado Gino.

— Ni que lo digas —agregó Karl.

— ¿Y cuándo planean regresar tus amigos? —cuestionó Genzo, no queriendo dejar el tema aún.

— Creo que será hasta pasada la Navidad —respondió Leo.

— ¡Será lo mismo que esperar por las refacciones! —comentó Schneider, con frustración.

En ese instante, una camioneta entró en los terrenos de la posada y se estacionó justo en el mismo lugar en donde Leo lo había hecho la noche anterior, es decir, frente a la casa principal, siendo que del vehículo descendió una hermosa joven de largos cabellos castaños y de ojos cafés, quien al ver al francés le saludó muy animadamente y con bastante familiaridad para luego sacar de la camioneta varias bolsas que contenían víveres en ellas para luego ingresar a la casa. Durante todo el tiempo que a la joven le llevó sacar las bolsas y dirigirse a la vivienda, Genzo la no perdió de vista ni un instante, siendo que cuando la joven finalmente desapareció en el interior de la casa, el japonés se atrevió a satisfacer las dudas que le habían surgido.

— ¿Es una huésped? —le preguntó a Leo, mirando aún hacia la puerta principal.

— ¿Lily? No, es una amiga de la familia —respondió el francés—. Cada que tiene vacaciones viene a pasar los días con nosotros, se podría decir que es parte de la familia también.

— Sería buena idea ver si nos puede ayudar —comentó Wakabayashi, mostrando mucho más interés que sólo por el vehículo.

— Y supongo que serás tú quien se lo pida —comentó Schneider, al ver las intenciones de su amigo.

— ¡Por supuesto! —respondió el portero nipón, con arrogancia—. Yo me ofrezco a preguntarle y de ser necesario a convencerla de que nos ayude —y esbozó su característica media sonrisa.

— Suerte con eso —comentó Leo, con una sonrisa divertida.

Así pues, Wakabayashi se encaminó al interior de la posada, dejando a sus amigos en el exterior para ir en busca de la joven que podría salvarlos, la cual halló en la cocina guardando los víveres que había traído y quien se encontraba sola para fortuna del japonés; por su parte la chica, al mirar al recién llegado se le quedó observando disimuladamente por algunos instantes pues a primera intención le pareció alguien apuesto pero no entendía qué era lo que deseaba él en la cocina.

— ¿Se te ofrece algo? —preguntó la joven finalmente, mientras continuaba con su actividad.

— ¡Hola! Lily, ¿cierto? —se aventuró a decir Genzo, al tiempo en que entraba a la cocina.

— ¿Cómo es que sabes mi nombre? —cuestionó ella sorprendida, dejando su actividad para mirarlo fijamente.

— Lo comentó Leo allá afuera hace un momento —respondió el japonés, señalando hacia el exterior—. Dijo que eres amiga de la familia.

— ¿Ajá? ¿Y? Aún no respondes mi primera pregunta, ¿se te ofrece algo? —comentó Lily, un tanto recelosa de la situación.

— De hecho, sí —aceptó Wakabayashi, aprovechando la oportunidad y acercándose al sitio en donde se hallaba parada la joven—. La verdad es que quería ver si me podías hacer un favor.

— ¿De qué se trata? —preguntó Lily, con curiosidad.

— Quería ver si me prestabas tu camioneta para ir a la ciudad más cercana a conseguir las refacciones que hacen falta para reparar mi vehículo — se aventuró finalmente a preguntar Genzo.

— ¿Estás loco? —cuestionó ella, con cierta molestia—. No le voy a prestar mi auto a un completo desconocido.

— No soy un perfecto desconocido —se defendió de inmediato el japonés— Todo el mundo me conoce, soy Genzo Wakabayashi, portero titular del Bayern Múnich y de la selección japonesa de fútbol.

— Eres muy engreído al creer que sólo por ser alguien famoso puedes obtener todo lo que desees —respondió Lily, sin dejarse impresionar por las palabras de Genzo—. Yo a ti no te conozco así que, para mí, tú eres un desconocido al cual no le prestaré mi camioneta.

— Ok, entonces dime cuánto quieres por ella, te lo compro —dijo Genzo con altanería, sacando la billetera.

— Ustedes los tipos ricos y mimados siempre creen que todo lo pueden solucionar con dinero —le contestó Lily, muy molesta para luego dar la media vuelta y salir de la cocina azotándole la puerta en el proceso.

— Es brava, me gusta —sonrió Wakabayashi al verla partir, para luego salir tras ella.

Lily comenzó a andar rápidamente por los pasillos de la posada en un intento de perder al engreído portero nipón pero este pronto le dio alcance para continuar con su conversación.

— Oh, vamos, al menos concédeme ésa —continuó diciendo Genzo mientras perseguía a Lily—. Debes saber quién soy.

— No, no lo sé —respondió ella, con bastante molestia—. Y por favor ya déjame en paz.

— ¿Sucede algo? —preguntó de pronto Erika, quien iba saliendo de la habitación que estaba marcada como la administración del lugar, sitio a donde Lily se dirigió rápidamente.

— No es nada, Eri —comentó Lily al llegar junto a la francesa—. El señor me estaba preguntando algo y yo ya le di su respuesta.

Acto seguido, la joven ingresó a la oficina dejando a Wakabayashi con la palabra en la boca.

— ¿Necesitas algo más? —cuestionó Erika, mirando a Genzo con cierta curiosidad.

— No, nada, gracias —negó Genzo, para luego retirarse a su habitación en busca de sus amigos.

"Después terminaremos nuestra conversación", pensó el japonés, esbozando una sonrisa al pensar en Lily.

Luego de que Wakabayashi desapareciera de su campo de visión, Hernández le comentó a Schneider que se retiraría a la habitación pues aún tenía muchos pendientes que revisar por lo que estaría trabajando allá, siendo que Karl decidió quedarse un rato más en el exterior pues en verdad le había gustado mucho el paisaje que el sitio tenía, con los enormes árboles nevados a sus espaldas siendo franqueados por las blancas montañas, considerando que era un buen sitio para meditar su situación y decidir lo que debía hacer; sin embargo no pasó mucho tiempo a solas antes de percatarse de que, muy cerca de donde él se hallaba, a un lado de la gran pila de leños cortados que tenían para las fogatas y chimeneas, se encontraba Elieth separando algunos leños de la pila principal para después transportarlos de poco en poco hasta el pórtico de la casa, muy seguramente con la intención de tenerlos a la mano para ser utilizados durante la noche.

Al ver que la joven batallaba un poco tanto por el peso de los maderos como por alcanzarlos pues la pila de leños era mucho más alta que ella, Karl se decidió acercarse a ayudarle y quizás limar asperezas pues no era del tipo de personas que le gustaba ser grosero o déspota con los demás, siendo que se sentía un tanto avergonzado de su actuar durante la noche anterior. Además debía admitir que sentía cierta curiosidad por ella.

— ¿Necesitas ayuda? —comentó Schneider, una vez que estuvo lo suficientemente cerca de Elieth como para que ella lo escuchara.

— ¿Qué? —exclamó ella, saltando al oírlo pues no lo había visto venir, lo que ocasionó que casi se le cayeran los leños que traía en manos.

— ¿Perdón, te asusté? —cuestionó el alemán, un tanto avergonzado.

— No, digo, sí —respondió la francesa un tanto turbada y con sus mejillas sonrojadas, quizás por el frío del exterior, por el trabajo que realizaba o quizás por verlo a él—. Es que no te escuché llegar —agregó.

— Permíteme ayudarte —comentó Karl, tomando los leños que la joven llevaba en los brazos en ese instante.

— No es necesario, tú eres un huésped aquí y éste es mi trabajo —respondió Elieth, aunque en el fondo agradeció la ayuda, tomando otro puñado más pequeño para llevarlo.

— No me molesta ayudarte un poco —respondió Schneider, agarrando más leños antes de dirigirse al pórtico—. Además —suspiró para darse el valor para continuar—. Tómalo como una ofrenda de paz.

— ¿Cómo? —cuestionó Shanks sin comprender.

Karl detuvo su marcha un instante para verla directamente a los ojos y suspirar una vez más antes de hablar.

— En verdad que siento mucho lo sucedido —comentó el alemán, hablando con sinceridad—. No quise que pensaras que deseaba propasarme contigo pues no fue así; tengo una hermana menor por lo que reaccioné instintivamente cuando resbalaste, si ella se hubiera encontrado en tu lugar o se hallara en un caso en donde necesitara ayuda no me gustaría que la dejaran a su suerte por lo que lo menos que puedo hacer yo es ayudar a alguien más si está en mis manos hacerlo; sin embargo, creo que no te atrapé correctamente por lo que no fue intencional lo otro.

— Está bien, no hay nada por lo cual debas disculparte sino todo lo contrario, debo ser yo quien te agradezca por haberme ayudado, si no seguro me hubiera lastimado—respondió la francesa, dándole una sonrisa sincera— Además, debo admitir que yo no me comporté correctamente, por lo que la que debe disculparse soy yo —agregó algo avergonzada—. Mis hermanos suelen decirme que tengo la tendencia a sobre reaccionar.

Karl, por respuesta, sólo rio de manera tan sincera que ella no pudo enojarse con él, aunque no evitó que le hiciera un puchero de fingida molestia.

— ¿O sea que crees que es verdad? —preguntó Elieth, haciéndose la ofendida.

— No, jamás podría creerlo —respondió él, aunque se notaba en su expresión que sí lo pensaba.

Elieth lo miró durante unos segundos para luego soltarse a reír de buena gana siendo que él la secundó.

— Será mejor que nos apresuremos, puede que no tarde en volver a nevar —comentó ella después de un rato, para luego ambos jóvenes continuar con su labor.

Horas después, tanto huéspedes como anfitriones se encontraban reunidos a la mesa cenando tranquilamente al calor de la chimenea, pues la temperatura en el exterior había descendido abruptamente y a esas horas de la noche comenzaban a caer nuevamente los primeros copos de nieve de la tormenta. Una vez terminada la cena, al ver que la nevada comenzaba a arreciar, los huéspedes que se hospedaban en las cabañas aledañas prefirieron retirarse y los que se alojaban en la casa principal subieron a sus aposentos, quedando únicamente los tres jugadores sentados en la sala al calor de la chimenea.

— Y bien, Wakabayashi, ¿conseguiste que te prestaran el auto? —preguntó Schneider.

— Aún no —respondió Genzo, con una misteriosa sonrisa—. Pero no tardaré mucho en conseguirlo.

— Yo no creo que te resulte tan fácil como dices —dijo Gino—. De ser así ya lo habrías hecho.

— Eso fue por un pequeño inconveniente que se resolverá, sólo es cuestión de ponerle un poco más de empeño —sonrió Genzo, mirando hacia el sitio en donde se hallaba Lily conversando con Elieth.

— Si tú lo dices —se burló Schneider, pues no le pasó desapercibida la mirada de su amigo y la dirección de ésta—. Aunque creo que ya no estás hablando precisamente del auto y quizás deseas que te continúe diciendo que no para que tengas motivos para acercarte.

Por respuesta, Wakabayashi sólo sonrió con aún más misterio y prefirió guardar sus pensamientos sólo para él.

"No necesito pretextos para acercarme", pensó.

— En este instante me caería bien un chocolate caliente —expresó Gino, más para sí mismo que por otra cosa, al tiempo en que se frotaba los brazos pues comenzaba a tener frío a pesar del fuego que emanaba la chimenea que se hallaba en la habitación.

Y como si sus plegarias fueran escuchadas en ese instante entró Erika a la habitación, llevando consigo una charola con varias tazas de humeante líquido que olía realmente delicioso.

— ¿Alguien quieren una taza de chocolate? —preguntó la joven, extendiéndoles la charola para que tomara cada quien una taza.

— Creo que me leíste el pensamiento —le dijo Gino a Erika al tomar una de las tazas que la joven ofrecía, dándole además una gran sonrisa.

Justo en ese instante se vieron los faros de un vehículo que iluminaba la sala desde el exterior pues se detenía frente al gran ventanal del salón que daba vista a las afueras de la construcción. Leo de inmediato se levantó de su asiento tomando una de las frazadas que descansaban en uno de los sillones para apresurarse a salir con ella y momentos después reapareció acompañado de una hermosa joven rubia de ojos azules, quien se dejaba consentir por el francés.

— No debiste arriesgarte a venir así, te hubieras ido mejor con Isaac a Francia —le venía diciendo el joven a la chica, al tiempo en que le ayudaba a quitarse el abrigo y la cubría con la frazada, abrazándola en el proceso.

— Lo siento, es que la nevada me tomó desprevenida —respondió la joven, con cierta timidez—. Ya venía en el camino así que decidí que lo mejor sería llegar de una buena vez.

— Lo bueno que ya estás aquí —comentó Erika, dándole una de las humeantes tazas para después saludarla con mucho afecto—. Esto te calentará.

— Muchas gracias, Erika —respondió la recién llegada y se sentó en uno de los sofás, siendo que Leo se acomodó a su lado y la abrazó para reconfortarla.

— Chicos, les presento a mi novia Gwen Heffner —comentó Leo, al ver la mirada de curiosidad de los futbolistas—. Amor, ellos son unos huéspedes que llegaron ayer y pasarán las fiestas con nosotros.

Los jóvenes saludaron a la recién llegada y se presentaron; a su vez, ella les saludó con cierta timidez pero sin dejar de mirarlos insistentemente y mientras Leo conversaba alegremente con su novia sobre el viaje, Genzo le hizo disimuladamente una seña a Karl y a Gino, indicándoles el vehículo que acaba de llegar y ellos comprendieron los pensamientos del japonés: si ella era novia de Leo, quizás podría prestarles el auto para ir por las refacciones que necesitaban.

— No estaría de más intentarlo —comentó Schneider, en un susurro, mientras se encogía de hombros.

— Quizás tengamos un poco más de suerte esta vez —se aventuró a decir Hernández.

— ¿Cómo está el camino? —le preguntó Elieth a Gwen en ese instante y después de saludar también a la recién llegada.

— La nevada está terrible —respondió Heffner— Y según escuché por la radio, amenaza con cerrar todas las carreteras de la región, apenas y puede llegar.

Al escuchar la noticia que acababa de comentar la joven, los tres jóvenes se quedaron sorprendidos y algo desilusionados. Sí, ya tenían otro auto que podría estar disponible para sus planes pero ahora quizás ya no tenían carretera, de verdad que la suerte no estaba de su lado o era que el destino se estaba divirtiendo de lo lindo con ellos y se negaba a dejarlos ir.

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