Capítulo 6.
El nuevo día trajo consigo un clima mucho más agradable del que hubo en los días anteriores, gracias en gran medida a que las intensas nevadas finalmente habían disminuido un poco, siendo además que la noche anterior había sido muy tranquila por lo que esa mañana se podía apreciar un hermoso día soleado, el cual se asomaba a través de las montañas dando una imagen de calidez al manto blanco que refulgía en el horizonte, logrando de este modo darles un gran respiro a los habitantes de la región. Gino había puesto en marcha el plan que se le había ocurrido la noche previa por lo que desde muy temprana hora del día ya se encontraba levantado intentando recabar la información que requería para su proyecto, siendo que en este instante se hallaba alegremente conversando con Erika, quien se mostraba más que feliz al lado del portero italiano, notándose a leguas la atracción que había surgido entre ellos.
— ¿Qué tanto conversan ustedes dos? —inquirió Elieth, con bastante curiosidad, en cuanto ingresó al área en dónde los jóvenes se hallaban platicando—. Desde hace rato que los veo susurrando entre risa y risa.
—Sólo conversábamos de temas diversos y sin importancia—respondió Gino.
— Además de que Gino amaneció bastante curioso —agregó Erika—. Me estaba interrogando sobre algunos datos de la posada.
— ¿Y eso? —cuestionó la menor de las Shanks, algo sorprendida—. ¿Sucede algo malo?
— No, sólo era por simple curiosidad —comentó Hernández, encogiéndose de hombros y tratando de aparentar que nada sucedía—. Erika me estaba contando la historia que tiene la propiedad y me surgieron algunas dudas.
— ¿Y es sólo sobre la posada lo que te interesa saber? ¿O hay algo o alguien en particular que sea de tu interés? —preguntó Elieth con burla, a lo que Erika enrojeció de inmediato.
— Puede que no sólo sea la posada —respondió el italiano, sonriendo, lo que apenó aún más a la mayor de las hermanas Shanks—. Hay cosas bastantes interesantes por aquí.
— ¿Qué no tienes nada mejor que hacer? —le dijo Erika a su hermana, queriéndola fulminar con la mirada—. ¿Por qué no vas a molestar a Lily o a Leo?
— No, no tengo nada mejor que hacer, es más divertido molestarte a ti —le respondió burlonamente Elieth—. Y de hecho, venía buscándote para ver si querías ir con nosotros a buscar el árbol de Navidad.
— ¿A dónde piensan ir a traerlo? —cuestionó Gino—. ¿Necesitan ayuda?
— Es una tradición en esta posada que cortemos el árbol más grande y frondoso del bosque para ponerlo en Navidad—comentó Elieth, con alegría—. Si quieren vengan con nosotros, será divertido.
— Y si el clima se presta haremos una fogata y un día de campo en medio del bosque —agregó Erika.
— Suena bastante divertido —comentó Hernández—. Iré por Wakabayashi y Schneider para que nos acompañen—agregó, al tiempo en que partía hacia su habitación en busca de los otros dos jugadores.
— Creo que tú le gustas —se burló Elieth, en cuanto Hernández hubo desaparecido del campo de visión.
— No digas tonterías, es muy agradable estar con él pero de eso a que le guste pues hay mucha diferencia —sonrió Erika.
— ¿Pero no viste la cara que pone cuando te ve? —refutó Elieth, sin dar su brazo a torcer.
— ¿Y tú no has visto la que Karl pone cuando estás cerca? —contraatacó la mayor de las Shanks.
— ¿Qué? No, para nada —respondió de inmediato la menor de las hermanas, toda avergonzada—. No inventes.
— Y por lo que veo a ti también te gusta —completó triunfante Erika—. Si no, no te hubieras puesto así de roja —rio con ganas.
— Deja de dar lata y vayamos a buscar a Lily —comentó Elieth, no queriendo hablar más al respecto.
Rato después, tanto futbolistas como anfitriones e invitados se hallaban listos para partir con rumbo al bosque, las jóvenes habían preparado nuevamente un par de cestas con algunos alimentos, además de algunos objetos más que podrían serles de utilidad en su aventura en el bosque, preparando también un pequeño trineo para arrastrar tanto las cosas como el árbol de regreso a la posada.
— Creo que estamos listos —comentó Leo—. Llevamos todo lo necesario.
— Hey, Santa, te faltan los renos —se burló Lily, al ver el trineo—. ¿O quién se supone que jalará el trineo de regreso?
— Pues para eso los llevo a ellos —respondió Leo, con sorna—. Ellos serán Rodolfo y compañía.
— ¡De ninguna manera! —gritaron al unísono los tres futbolistas, ocasionando la carcajada por parte de las jóvenes.
— Ja, ja, ja, es broma, no se preocupen que tengo una sorpresa guardada bajo la manga —sonrió el francés.
Así pues, los ocho jóvenes se internaron en el bosque que colindaba con la propiedad, dándose a la tarea de buscar un árbol de Navidad que les resultara perfecto para los deseos que ellos tenían, siendo que luego de un largo rato tanto de caminata en donde miraron los detalles de los árboles que tenían a su alrededor, finalmente encontraron uno que les pareció perfecto a todos; los chicos se dieron entonces a la tarea de talar el árbol mientras las chicas les echaban porras como apoyo moral entre las muchas burlas que les hacían sobre lo pésimo que resultaron ser los futbolistas para las labores manuales, ya que todos terminaron exhaustos al intentar talarlo mucho antes de que pudieran avanzar en el corte, por lo que les estaba tomando el doble del tiempo terminar la labor.
— ¡Qué bueno que son deportistas profesionales! —rio Lily—. De leñadores simplemente se mueren de hambre.
— Ustedes no dan una en este tipo de labores —rio a su vez Elieth.
— Yo por lo menos avance más que Schneider y Hernández —se defendió Genzo—. Por supuesto que debo poder cortar este árbol, ni que estuviera tan grande.
— Lo siento, jamás había talado un árbol —se disculpó Gino a su vez, un tanto apenado de no poder ser más hábil.
— Es mucho más pesado de lo que pensé en un inicio—comentó Karl, con seriedad—. Pero por el orgullo alemán que lo cortaré.
Los jóvenes continuaron con su labor no sin cierto esfuerzo hasta que finalmente lograron su objetivo y el hermoso árbol cayó para alegría de todos. Una vez que tuvieron el pino bien atado al trineo, las jóvenes buscaron un pequeño claro en donde hicieron una fogata tanto para entrar en calor como para hacer el pequeño picnic que habían comentado en la mañana, para eso de una de las cestas sacaron todo lo necesario para encender el fuego así como también de otra más sacaron varios contenedores con comida que pusieron sobre una de las mantas que habían traído a modo de mantel, luego colocaron otros cobertores más sobre el suelo y unos cojines para crear un espacio confortable para sentarse. Además, pusieron un reproductor de música con algunas canciones navideñas para ambientar el lugar y, una vez que el fuego estuvo lo suficientemente avivado, colocaron una sartén de hierro sobre la fogata para poder asar unas castañas que servirían de aperitivos mientras los otros alimentos estaba listos.
— ¡Me encantan las castañas! —comentó Gino, tomando algunas que ya se encontraban listas sobre un pequeño plato de cartón y comenzó a pelarlas, al tiempo en que se sentaba a un lado de Erika.
— En Japón es un platillo callejero muy típico para el otoño —comentó Genzo, tomando otro puñado de castañas y dándole una ya pelada a Lily.
— Creo que es un alimento muy típico en muchas partes del mundo —opinó Karl, tomando otro tanto.
— No en todos lados, en México no se acostumbran —contó Lily—. Allá se asan las legumbres y las semillas pero no las castañas.
Luego de que terminaron con las castañas, las jóvenes prepararon fondue que todos comieron acompañándolo con un poco de vino y pan de baguette, para luego poner sobre la mesa improvisada algunas galletas, macarrones, chocolate caliente y jugo de naranja, siendo que al final se pusieron a derretir bombones en unas ramitas y mientras comían alegremente Leo se desapareció durante unos minutos para luego volver con dos trineos mucho más pequeños los cuales eran arrastrados cada uno de ellos por cuatro perros Huskies Siberianos.
— ¿Quién se anima a una carrera en pareja? —comentó Leo, bastante emocionado— Amor, serás mi compañera, ¿verdad?
— ¡Por supuesto que sí! —respondió Gwen, con la competitividad que la caracterizaba.
— Nosotros seremos tus contrincantes —dijo Genzo, dándole la mano a Lily para que se pusiera de pie—. ¿Quieres ser mi pareja?
— Por supuesto —sonrió Lily, sin dudarlo.
Las dos parejas se fueron a un camino cercano en donde improvisaron una pista de carreras y mientras los demás se entretenían en las competencias, el celular de Karl comenzó a sonar sorprendiendo al delantero pues éste creía que seguía sin tener recepción, por lo que se apresuró a sacarlo del bolsillo de su chamarra para ver que la pantalla del dispositivo indicaba que se trataba de Marie siendo que el alemán decidió alejarse un poco de los demás para atender la llamada.
— ¿Qué sucede, Marie? ¿Pasó algo malo? —preguntó Karl, con cierta preocupación en cuanto respondió.
— Así que sí me tienes bloqueada —comentó una voz femenina que no era la de su hermana.
— ¿Ángela? —cuestionó Schneider, incrédulo.
— ¿Se puede saber por qué no has respondido a mis mensajes y llamadas? —exigió la joven, con un tono autoritario.
— ¿Cómo es que me estás hablando desde el número de mi hermana? —preguntó el alemán, sintiendo en ese instante que el enfado crecía en él—. ¿Por qué tienes tú su celular?
— Simplemente se lo pedí prestado para hablarte —respondió la joven, con un tono desenfadado.
— No tienes por qué meter a mi familia en esto —comentó Schneider, bastante molesto.
— No lo tendría que hacer si tú te dignaras a responder mis mensajes y llamadas —expuso Ángela—. Te he estado llamando desde hace días y no respondes, me debes una explicación y no voy a aceptar que me bloques y me ignores de nuevo, ¿por qué te largaste sin decir nada y cancelaste nuestro viaje?
— Ángela, no quiero hablar contigo en este momento —comentó Karl, fastidiado—. Quizás cuando regrese a Múnich lo haremos.
— ¿Y se puede saber cuándo será eso? —inquirió la joven, con fastidio.
— No lo sé y por favor deja de molestar a mi familia —dijo terminante el delantero—. Ellos no tienen nada que ver con lo que sucede entre nosotros.
— Pues entonces dime tú qué es lo que sucede —dijo Ángela, con enojo.
— No por teléfono, así que tendrás que esperar a que regrese a Alemania —respondió tajante Schneider, colgando finalmente la llamada.
Tras hacerlo, el alemán se giró para volver a donde se encontraba el resto y vio que muy cerca de él, a unos cuantos metros de distancia, se hallaba Elieth observándolo con bastante curiosidad.
— Perdón, no fue mi intención meterme en lo que no me importa —comentó la joven, un tanto avergonzada de haber escuchado toda la conversación—. Yo sólo venía por un poco más de vino, pero ya me voy —agregó, mostrando la botella que traía en manos y haciendo el intento de huir de ahí.
— No pasa nada —respondió él, a lo que ella detuvo su marcha.
— ¿Problemas con tu novia? —se aventuró a decir la francesa.
— Se podría decir que algo por el estilo —suspiró el alemán.
Karl entonces le contó a Elieth todo lo que había sucedido con Ángela catalogándola en ese instante como su ex, a lo que la joven le escuchó con bastante detenimiento y sintiendo sin saber bien por qué cierto enojo con la otra chica.
— En este instante, lo último que deseo es verla o hablar con ella, por lo que me molestó mucho que usara a mi hermana como una herramienta más para contactarme —bufó Schneider.
— Te entiendo, no es para menos —respondió Shanks—. Pero sabes que en algún momento la deberás encarar y decirle que lo sabes, no puedes huir de tus problemas por siempre.
— ¿Así como tú lo haces? —comentó Karl, con sorna.
— Yo no huyo de mis problemas —se defendió de inmediato Elieth—. Es sólo que no sé cómo resolverlos —confesó.
— Estoy seguro que pronto encontrarás una solución a ellos —le alentó Schneider, con una sonrisa sincera—. Gracias por escuchar.
— Lo mismo puedo decir yo —respondió Shanks del mismo modo.
Mientras tanto, Gino y Erika se divertían de lo lindo ganándoles a Leo y Gwen en una muy reñida carrera al tomar el lugar de Genzo y Lily en el trineo, quienes habían decidido tomar un breve descanso para ir a buscar alguna bebida caliente.
— Eso fue muy divertido —comentó Wakabayashi, llegando a dónde se encontraba la fogata—. Aunque quedamos empatados a tres carreras por bando.
— Sí que lo fue —respondió Lily, sentándose sobre las mantas—. Y yo no creo que esté mal un empate, ¿o es que eres demasiado competidor como para aceptar un empate?
— Suelo ser de los que siempre ganan —comentó, con cierta egolatría.
— Y por lo que veo cero modestia —rio la joven, a lo que él la secundó.
— ¿Te puedo hacer una pregunta? —cuestionó Lily de pronto, al tiempo en que le servía un poco de chocolate caliente a Genzo—. ¿Por qué tenías tanta prisa de irte?
— Es sólo que quería llegar a un lugar más civilizado —respondió Wakabayashi, tomando la taza con chocolate.
— ¿Y para qué? —continuó Lily con su interrogatorio—. ¿Qué tiene una gran ciudad que sea mejor que esto? —expresó, levantando sus brazos para mostrar su alrededor—. Dime, ¿qué de malo le encuentras a este sitio? ¡Es un lugar realmente hermoso!
— Lo que pasa es que aquí no encuentra lo que tanto anhela para Navidad —interrumpió Karl en ese instante, llegando a donde se hallaban los otros dos.
— ¿En serio? —cuestionó la joven, bastante curiosa—. ¿Qué es, alguna novia quizás?
— No, para nada —respondió Genzo de inmediato, queriendo aclarar ese punto.
— Lo que él desea es algo mucho más grande y delicioso —continuó diciendo Schneider, con tono burlón, siendo que Wakabayashi le quería golpear por andar de metiche.
— ¿Ah, sí? —inquirió la doctora, con aún más curiosidad—. ¿Y qué es?
— ¡Un gran bote de KFC! —rio Karl, haciendo con las manos la silueta de un enorme bote imaginario.
— ¿Qué? —preguntó Lily, incrédula entre risas—. ¿Es en serio?
— Sí, ¿qué tiene de malo? —se defendió Genzo, de inmediato—. En mi país no se acostumbra realizar cenas tan fastuosas como en Europa u otras partes del mundo. En Japón, la Navidad es sólo un mero evento consumista y solemos cenar pollo KFC.
—En verdad que lo siento mucho por ti, pero este año creo que no será posible —comentó tajante Lily—. Pero, por favor, dale una oportunidad a la cena, verás que te gustará.
— De todos modos no hay mucho que pueda hacer al respecto —respondió Genzo, con su característica media sonrisa—. Pero algo me dice que sí la disfrutaré —agregó, siendo que recibió una gran sonrisa de satisfacción por parte de la joven.
Un par de horas después los jóvenes ya se encontraban de regreso en la posada, dispuestos a comenzar con la decoración del árbol, que resultó verse enorme en la estancia; los Shanks sacaron todos los adornos, luces y objetos decorativos que requerían para tal efecto, siendo que pidieron la ayuda de todo aquél huésped que quisiera unírseles y, aunque fueron pocos los que se acoplaron al espíritu navideño que embriagaba a los anfitriones y a sus invitados especiales, tanto Genzo como Karl decidieron participar ayudando en lo que pudieron. Así pues, los chicos se hicieron cargo de colocar las luces para que Leo sacara los adornos y se los pasara tanto a sus hermanas como a Lily y a Gwen quienes se encargaban de colocarlas en el árbol; sin embargo, a pesar de cumplir cabalmente con su labor, Gwen no dejaba de mirar con cierta insistencia a los futbolistas, situación que Leo notó por lo que se levantó de su sitio y se acercó a su novia a quien abrazó con fuerza para poder susurrarle con total confianza.
— Amor, ¿sucede algo? —le pregunto Leo en voz baja, a lo que la joven negó de inmediato.
— No, no es nada —respondió ella, con cierta timidez.
— ¿En serio? Anda, cuéntame, ¿qué pasa? —insistió el francés.
— Es sólo que hay algo que quise hacer desde el día en que llegué y los vi —confesó finalmente Gwen, mirando a Schneider.
— ¿Ah, sí? ¿Y qué es? —cuestionó Genzo, con cierta curiosidad pues ya se había percatado de la mirada de la joven.
En ese instante, ella se acercó a la recepción de donde sacó una playera del Bayern Múnich, marcada con el apellido Schneider y el número once en su dorsal, que había guardado ahí.
— ¿Podrían autografiármela? —inquirió la joven, acercándose a los futbolistas con algo de pena pero visiblemente emocionada—. Sobre todo tú, Schneider —comentó, mirando una vez más al delantero—. Soy una gran fan del joven Káiser de Alemania.
— Por supuesto que sí —respondió Karl entre risas, tomando de inmediato la prenda.
Y cuando ambos jóvenes autografiaron la playera y quisieron llamar a Gino para que también la firmara fue cuando se percataron de que éste brillaba por su ausencia.
— ¿En dónde se metió Hernández? —cuestionó Genzo, mirando hacia todos lados.
— Ni idea —respondieron los demás, comenzando a buscarle en los alrededores.
— ¡Lo encontré! —se escuchó a Erika gritar desde el área del comedor, en donde el portero se hallaba bastante entretenido con su Tablet.
— ¡Ven acá! —comentó la joven tomando el dispositivo de las manos del italiano y llevándolo a la recepción en donde lo dejó para luego tomar la mano del joven y arrastrarlo con los demás, siendo que no encontró demasiada resistencia por parte del futbolista.
— Se nota que a ella no le puedes decir que no —se burló Genzo, al verlo llegar muy obediente al lado de la francesa, a lo que el italiano sólo sonrió con alegría.
Karl entonces le pasó la playera a Gino para que también la autografiara y después de eso decidieron tomarse algunas fotografías con los presentes, situación que disfrutó Gwen al máximo al tomarse su respectiva selfie al lado de su ídolo y siendo que cada uno de los futbolistas aprovechó la ocasión para tomarse algunas fotos con las correspondientes chicas de su interés y, al final, se tomaron una foto grupal con el árbol de navidad de fondo y el sitio completamente decorado.
— Creo que no la estamos pasando tan mal, ¿verdad? —comentó Gino, sonriendo, luego de un rato—. Éste sí que ha sido un gran día.
— La verdad es que esto ha sido mucho más entretenido de lo que pensé —confesó Genzo—. Y ha tenido grandes y satisfactorias sorpresas.
Karl, por su parte, prefirió no realizar algún comentario al respecto pero su rostro indicaba claramente que él pensaba igual que sus dos amigos.
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