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Capítulo 5.

A la mañana siguiente, Gino se encontraba sentado solo en un extremo del enorme comedor de roble de la posada, entreteniéndose en su Tablet, cuando Erika entró a la habitación llevando consigo una charola con su desayuno.

— Buenos días —saludó Erika, con una gran sonrisa al ver al portero.

— ¡Oh, buenos días! —respondió Gino al saludo del mismo modo.

— ¿Estás solo? —preguntó Shanks, con curiosidad—. ¿En dónde están tus amigos?

— Wakabayashi dijo que iría a correr entre la nieve y Schneider comentó que iría a ver cuánto tiempo le tomaría a Wakabayashi cansarse de esa actividad, por lo que me quedé solo —explicó Hernández, encogiéndose de hombros.

— ¿Y ya desayunaste? —cuestionó la francesa, sentándose al lado del italiano.

Por respuesta, Gino levantó un pequeño plato que contenía la mitad de un pan con mantequilla y unos cuantos trozos de fruta, el cual le mostró a la joven.

— Sí, ya lo hice—dijo el italiano, vagamente.

— ¿Y sólo piensas desayunar eso? —interrogó la joven, con cierta incredulidad.

— Quiero aprovechar todo el tiempo posible —explicó el guardameta, continuando con su labor en la Tablet.

— ¡Tonterías! —exclamó Erika, quitándole la Tablet de las manos para dejarla a un lado y poniendo uno de los platos limpios que ella traía en las manos frente a él— Ten la mitad de mis tostadas —comentó, pasándole la mitad de la porción de tostadas francesas que había preparado para ella—. Yo las hice, pruébalas.

El futbolista simplemente no pudo negarse a petición de la joven por lo que no le quedó más remedio que aceptar la comida y se dispuso a desayunar en compañía de su adorable anfitriona.

— ¡Gracias! —sonrió Gino, bastante feliz—. ¡Esto está delicioso! —soltó al probar los alimentos.

— No es para tanto, pero muchas gracias por los halagos —sonrió Shanks, algo sonrojada—. ¿Te puedo hacer una pregunta? —preguntó después de unos instantes—. ¿Qué tanto tienes que hacer que no te despegas casi nunca de esa Tablet o de tu celular?

— Oh, eso. ¿Lo notaste? —comentó Gino, sorprendido de que ella se hubiera dado cuenta de ese detalle—. Es sólo que estoy intentando ponerme al día con algunos pendientes que tengo y revisar otros más que aún no he podido ver.

— ¿No se suponía que eres futbolista profesional? —cuestionó Shanks, mirándolo con bastante interés.

— Sí, lo soy —se apresuró a responder Hernández—. Soy el portero titular de un equipo italiano en la Serie A.

— Y entonces dime: ¿qué tantos pendientes tiene un futbolista profesional como tú? —continuó preguntando la francesa—. No veo que tus compañeros estén tan ocupados.

— Es que no es por eso —rio el italiano—. Mis ocupaciones no tienen nada que ver con el soccer.

— ¿Entonces? ¿Qué tantos pendientes tiene un hombre tan ocupado como tú? —volvió a cuestionar Erika.

Gino la miró por un instante y de repente no quiso decirle directamente a Erika que él era el heredero de una de esas enormes y poderosas cadenas hoteleras de las que de desearlo, fácilmente podrían venir y apropiarse de su pequeño paraíso para convertirlo en una sucursal más de la cadena; y sin saber bien la razón, de inmediato no se sintió a gusto con esta idea, no, él no era de ese tipo de persona y no deseaba que ella pensara eso de él, además, aún estaba pendiente averiguar si era o no cierto que Collins quería quitarles a los Shanks su propiedad por lo que decidió ser un tanto cauteloso al respecto.

— Es sólo que estoy intentando aprender a administrar correctamente el negocio que es de mi abuelo y que se supone algún día será mío —respondió Gino.

— ¡Oh, ya veo! Entonces tienes un negocio familiar como nosotros —sonrió la joven.

— Más o menos —asintió él, pensando que hasta en el rubro coincidían—. Pero dime que hay de ti —preguntó aprovechando el momento para tratar de averiguar algo más.

— ¿A qué te refieres? —cuestionó Erika.

— ¿Desde hace cuánto tiempo tienen este lugar? —preguntó Gino, levantando un dedo y haciendo un círculo en el aire para hacer referencia al sitio en que se encontraban.

— Esta posada ha pertenecido a la familia por cuatro generaciones pasando de generación en generación cada determinado tiempo, nuestro bisabuelo llegó a este pueblo mucho antes de que comenzara la primera guerra mundial y después de eso fundó esta posada y a pesar de que no todos hemos nacido o crecido aquí sí se ha mantenido a través de los años en gran medida gracias a los atractivos naturales que tenemos como es la pista de esquiar, así como la zona de senderismo y montañismo que se puede tener en verano, aún hay personas que gustan de descansar en medio de la naturaleza —respondió Shanks.

— ¿Supongo que entonces les va muy bien? —interrogó Hernández, atreviéndose a hacer la pregunta que tanto deseaba saber.

— No siempre —respondió la francesa, con cierto pesar—. No deja de ser un lugar pequeño por lo que muchos prefieren irse a los grandes y lujosos resorts que abundan en las cercanías, poco a poco sitios tan pequeños como éste van desapareciendo y al final sólo las grandes compañías quedarán.

— ¿Y si alguien les ofreciera comprarles la propiedad, que harían? —preguntó el italiano, con el mayor tacto que pudo.

— No estamos interesados en vender —respondió de inmediato Erika—. Pero tampoco puedo decir que no tengamos que hacerlo algún día —suspiró con pesar—. La verdad es que en este momento todo es bastante incierto.

Gino entonces pensó que quizás todo lo que habían deducido Schneider, Wakabayashi y él la noche anterior sí podría llegar a ser cierto y que si alguien tenía el corazón tan helado como para obligarlos a vender algo que llevaba tantas generaciones en su familia, ése era sin lugar a dudas Collins.

Mientras tanto, a las afueras de la casa, Genzo Wakabayashi, quien no tardó mucho en dejar de correr en la nieve pues era mucho más pesado y difícil de lo que había considerado en un inicio, se encontraba harto de las burlas de Schneider por lo que decidió mandarlo al carajo al tiempo en que enfurruñado se dirigía a la cocina a la espera de encontrar aún algo que poder desayunar.

— Estúpido Schneider, lo voy a mandar colina abajo para que vea lo que es andar en la nieve —gruñía el portero nipón.

Sin embargo, una vez que llegó al lugar, su hambre y mal humor desaparecieron en un instante, como si por arte de magia con sólo ver a la joven que se encontraba en la cocina se le desvanecieran por completo las ideas. En el sitio se encontraba Lily, bastante entretenida preparándose su propio desayuno por lo que no notó la presencia de Genzo, quien se quedó parado en la entrada de la cocina mirando fijamente el trasero de la joven durante algunos instantes hasta que ella gritó de repente, sobresaltando al guardameta.

— ¡Auch! —exclamó Lily, adolorida, al tiempo en que soltaba el chuchillo que tenía en las manos para correr al fregadero.

— ¿Te encuentras bien? —preguntó de inmediato Genzo, saltando como un valiente caballero queriendo ayudar a su doncella en peligro.

— ¡Oh! —exclamó Del Valle, sorprendida por escuchar al japonés y girándose para determinar de dónde provenía la voz —. Sí, no te preocupes, no es nada, sólo me corté con el cuchillo —explicó, mostrando la mano que tenía bajo el chorro de agua del grifo.

— A ver, déjame que te revise —le pidió Wakabayashi, con bastante seguridad y autosuficiencia al tiempo en que se acercaba a ella.

— No te preocupes, no es necesario —negó la joven pero él la interrumpió.

— Claro que es necesario —refutó el japonés, con seriedad—. Puede ser algo serio, tengo bastante experiencia en esto—agregó, con cierta presunción—. Déjame ver.

Lily lo miró por unos instantes antes de sonreír, bastante divertida.

— Pues si tú insistes —comentó la joven, encogiéndose de hombros y extendiéndole la mano al portero—. No sabía que aparte de ser un futbolista profesional mundialmente reconocido también fueras un experimentado y famoso médico de tu país.

— Podría serlo si así lo deseara —respondió Genzo, con bastante engreimiento—. Pero no, sólo es la experiencia adquirida con mis propias lesiones —confesó.

— Entonces deben ser demasiadas tus lesiones como para saber de todo y poder dar un diagnóstico acertado—dijo Lily con cierto sarcasmo, el cual Genzo no notó.

— Las suficientes como para saber lo que hago —respondió Wakabayashi—. Deja que te vende la lesión —agregó, al terminar de analizar la herida.

— ¿Entonces será necesario que me vendes? —cuestionó Del Valle, conteniendo una gran carcajada.

— ¡Por supuesto! —explicó el japonés, con seriedad— Si no se te podría infectar.

— ¡Oh! ¿Eso quiere decir que me estoy muriendo? —inquirió la joven, con fingida preocupación.

— No te preocupes, estarás bien —sonrió el guardameta, intentando darle ánimos a la chica.

Lily tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad y autocontrol para no soltar la carcajada que tanto amenazaba con salir, pues la situación en general se estaba volviendo realmente hilarante; sin embargo, ella no quería ofenderlo pues se decía que agradecía en el fondo sus buenas intenciones y la atención que él le estaba prestando por lo que dejó que Genzo siguiera con su "tratamiento" para decidir que, cuando estuviera a solas, ella se encargaría de verificar la herida y en caso necesario hacer el procedimiento correctamente. Obviamente, el supuesto vendaje que Wakabayashi le aplicó a Del Valle fue un completo y absoluto desastre desde donde quiera que se viera, el japonés lo hizo tan mal que la mexicana llegó a la conclusión de que si él era quien se hacia los vendajes cada que se lesionaba no había duda de por qué tardaba tanto en restablecerse.

— Creo que con esto bastará —expuso Genzo, una vez que terminó con el vendaje—. No creo que sea algo serio por lo que no espero que pase a mayores.

— ¡Oh, pues muchas gracias por la consulta Dr. Wakabayashi! —le agradeció Lily mirando el vendaje y diciéndolo con cierta burla y risa mal contenida que el portero no comprendió.

En ese instante se escuchó la estruendosa carcajada de Leo, la cual provenía de la entrada de la cocina, siendo que tanto Lily como Genzo saltaron de la sorpresa y se giraron de inmediato a verlo.

— ¿Hace cuánto tiempo estas parado ahí? —interrogó Del Valle a su amigo.

— Si quieres saber que tanto vi y escuché —comentó Leo aun riendo y acercándose a los otros dos— Desde que el Dr. Wakabayashi comenzó la consulta—agregó, dándole una palmada en el hombro al portero—. Venía a ver si necesitabas ayuda con el desayuno.

— No, gracias, ya está listo—expuso la joven, mostrando los platos servidos con el desayuno en la barra—. Y pues como podrás ver, tus servicios ya no serán tampoco necesarios —rio Lily, mostrando el vendaje.

Wakabayashi miró alternamente tanto a Lily como a Leo sin terminar de comprender de qué tanto se reían ambos por lo que no pudo disimular su desconcierto.

— Permíteme que te explique, mi estimado Genzo —comenzó a explicarse Shanks, al ver el rostro del portero—. Aquí la hermosa y talentosa doctora Lily Del Valle es la mejor médica que existe en el Hospital Universitario de Berna y sólo viene a visitarnos durante sus vacaciones —comentó, abrazando a la joven y enfatizando la palabra "doctora".

— ¡Oh! —exclamó Wakabayashi, mirando a Del Valle con evidente turbación y cierta pena—. ¿Eres doctora?

— Sí, lo soy —confirmó Lily, bastante divertida— Y de hecho trabajo, como dijo Leo, en el hospital Universitario de Berna.

— ¡Oh, vamos! —dijo el japonés, intentando recuperar un poco del honor perdido—. No pude haberlo hecho tan mal, ¿o si?

— Será mejor que sigas de portero, porque si no te vas a morir de hambre como médico —le respondió Lily.

— Ok, soy un idiota —sonrió algo apenado el portero.

— Sí que lo eres —exclamó Leo, riendo de buena gana—. Pero caes muy bien, por eso no importa.

— Por cierto que Leo también conoció a Gwen de un modo similar—contó en ese instante Lily, con tono burlón— ¿No es así?—agregó, mirando al susodicho.

— ¿En serio? —cuestionó Genzo, con bastante curiosidad—. ¿Cómo fue?

— Bueno, no fue precisamente del mismo modo —comenzó a explicarse Shanks—. Fui a urgencias a que me prestaran equipo para suturarme una herida en la pierna...

— Y el baboso terminó olvidando el pequeño detalle de decirle a Gwen que él también era médico —le interrumpió Lily bastante divertida—. Y dejó que ella lo atendiera y tratara como un paciente más, simplemente porque se le hizo hermosa.

— Fue lo mejor, Gwen es una gran urgencióloga —expuso el francés, tratando de defenderse.

— ¡Pues sí pero tú eres cirujano!

— ¿Y eso qué? Ambos sabíamos muy bien lo que hacíamos, no como el Dr. Wakabayashi aquí presente—rio Leo.

– ¿Eres cirujano? —cuestionó Genzo, sin importarle las burlas a su persona pues le había sorprendido mucho el comentario.

— Sí, lo soy —respondió Shanks, sin darle mayor importancia.

— ¿Y qué haces aquí y no en un gran hospital de la ciudad? —continuó cuestionando Wakabayashi.

— Cuestiones de la vida —dijo Leo, encogiéndose de hombros—. Hay ocasiones en las que uno no sabe ni cómo ni en dónde va a acabar—agregó, con cierto misterio—. Sin embargo, siempre hay que verle el lado bueno a la vida.

"Esto cada vez se pone más interesante, ¿qué tantos secretos se ocultan aquí?", pensó el portero nipón.

Luego de que Schneider se había reído de lo lindo del infructuoso intento de salir a correr en la nieve por parte de Wakabayashi y ya que no tenía nada mejor que hacer en el interior de la casa, el alemán había decidido quedarse en el exterior por un rato más y fue cuando vio a Elieth sentada en el misma barda del pórtico en la que él había estado sentado la mañana anterior. La joven se hallaba bebiendo un chocolate caliente con una mirada pensativa, viendo cómo el manto blanco se extendía en los alrededores. Karl, un tanto intrigado por actitud de la joven, decidió acercarse para intentar conversar con ella.

— ¡Hermosa vista! ¿No crees? —comentó él, a modo de saludo.

— ¡Oh, sí! —sonrió la joven al verle—. Los paisajes por aquí son realmente espectaculares, deberías de ver cuando sale el sol a través de las montañas —agregó ella, entusiasmada.

— Quizás mañana me levante a verlo, ¿me acompañarás? —se aventuró a preguntar Karl, sonriéndole afectuosamente, pues sin saber bien por qué el alemán se sentía muy a gusto con la joven.

— ¡Por supuesto! —sonrió Elieth, encantada—. Me fascina ver los amaneceres.

— ¿Y se puede saber por qué estás tan pensativa? —continuó preguntando el alemán.

— ¿Quién dice que estoy pensativa? —cuestionó la francesa, evadiendo la pregunta anterior—. Sólo admiraba el paisaje.

— Si tú lo dices —exclamó Karl, encogiéndose de hombros—. Aunque lo cierto es que no lo parecía, ¿qué es lo que te preocupa?

— No hay nada que me preocupe —se defendió Elieth de inmediato, para luego quedarse callada.

Por un instante Schneider consideró la opción de dejarla sola y continuar con su camino, pero luego recordó los acontecimientos del día anterior y se dijo que ése era un buen momento para volver a cuestionarle sobre ese tal Collins, por lo que decidido abordó de nuevo el tema.

— Mira, sé que me dijiste claramente que no era algo que fuera de mi incumbencia lo que pasó ayer y tienes toda la razón—comenzó a decir Karl, luego de guardar silencio por un instante—. Puede que no lo sea pero veo que lo que pasó te afectó demasiado, mucho más de lo que quieres aceptar —continuó diciendo—. No es bueno que trates de aparentar que todo está bien y que nada sucedió, si quieres hablar con alguien al respecto, aquí estoy para escucharte.

Elieth miró durante unos instantes al joven tratando de averiguar qué era lo que en realidad pretendía con tales muestras de apoyo pero sólo encontró sinceridad en su rostro como la encontró también en sus palabras por lo que suspiró, decidiéndose a confiar en él.

— Cuéntame: ¿quién es ese Collins? —insistió Schneider, sentándose a un lado de la joven.

— Es un tarado e idiota, es lo que es —bufó Elieth—. Pero también es el presidente del consejo general del corporativo que es dueño de una importante y enorme cadena hotelera —agregó, suspirando con pesar.

— ¿Y qué es lo que quiere ese tipo contigo? —preguntó el alemán, algo molesto.

— No es sólo conmigo—aclaró Shanks, de inmediato—. Es con todos mis hermanos también, Collins insiste en querer comprarnos la propiedad de la posada.

— ¿Así nada más? —continuó interrogando el futbolista—. ¿Pretende llegar y adueñarse del lugar?

— Más o menos pero sí —respondió Elieth, con tristeza—. Lo cierto es que no hay mucho más que podamos hacer ya, hace poco mis padres enfermaron gravemente, por fortuna ya están mejor pero tuvimos muchos gastos y pérdidas por lo que el dinero que conseguimos no será suficiente para sobrevivir y cubrir todas las eventualidades y pagos durante mucho tiempo más, tenemos grandes deudas y el terreno está hipotecado, por lo que Collins pretende hacernos venderlo a un precio ridículo para poner uno de sus resort para gente esnob.

— ¿Tan mal les va con la posada? —preguntó Karl, bastante sorprendido.

— No es que nos vaya tan mal —explicó Shanks—. Más bien lo que sucede es que no tenemos tantos visitantes como necesitamos para poder costear todos los gastos, es cierto que casi siempre estamos llenos en la totalidad del cupo pero no son tantas las habitaciones y cabañas que tenemos y son más las deudas que los ingresos que generamos, por eso es que estamos en un gran dilema, en verdad que no quisiéramos perder este lugar —se sinceró la joven.

— Ya veo —comentó Schneider, comprendiendo la situación—. ¿Y supongo que no hay nada que pueda hacer para ayudarlos?

— Pues a menos que seas un gran inversionista y que traigas en tu maleta una fuerte cantidad de dinero que nos puedas prestar para poder renovar la posada y hacerla crecer lo suficiente como para tener ganancias en vez de pérdidas, no creo que puedas hacer gran cosa por nosotros—se burló la joven.

— No, lo siento, no suelo traer tanto efectivo en la cartera —comentó el delantero, en tono divertido.

— Pues ni hablar, pero gracias por escuchar —respondió Elieth—. En verdad que me ayudó mucho el poder hablar un poco de esto contigo.

— Cuando quieras desahogarte con mucho gusto te escucharé—comentó Karl con sinceridad, lo que la joven agradeció en el fondo.

"Es una verdadera lástima que vayan a perder la posada si las cosas no mejoran", pensó Karl con cierto pesar.

*****

Esa noche, los jóvenes se encontraban reunidos nuevamente al lado de la chimenea de la sala, conversando sobre sus anfitriones y sobre el tema de la noche anterior, tratando de ponerse al corriente cada uno de ellos de los pormenores que los otros dos podían saber o se habían enterado durante el día.

— Lo siento yo no averigüé nada —comentó Genzo, recargándose sobre el respaldo del sillón, prefiriendo omitir su aventura en la cocina y mirando disimuladamente a Lily, quien conversaba con las chicas Shanks muy cerca de donde él se hallaba.

— Pues yo sí me enteré de que los Shanks tiene este negocio desde hace muchos años ya—expuso Gino—. Ha pasado de generación en generación en su familia...

— Y están por perderlo interrumpió Karl.

— ¿Cómo? —preguntó Wakabayashi, sorprendido y atento al chisme—. ¿Qué tanto es lo que sabes?

— Pues como lo ha dicho Hernández, Collins pretende quitarles el lugar a un precio ridículo —explicó Schneider.

— Mmm, ese infeliz —murmuró Hernández—. Lo peor del caso es que no me sorprende en lo más mínimo, es ésa la razón de que él anduviera por aquí a pesar de que las carreteras están cerradas, no quiere dejar perder un gran negocio y de seguro vino en su helicóptero a presionar.

— Hay que hacer algo al respecto para impedirlo —agregó Karl, sumamente molesto.

— ¿Pero qué es lo que podemos hacer nosotros contra ese tipo? —cuestionó Genzo—. Debe haber algo que podamos hacer por ellos.

Gino se quedó meditando la situación durante algunos minutos, ajeno a la conversación que continuaban teniendo Wakabayashi y Schneider, su mente comenzó a atar cabos y a relacionar situaciones, las cuales no se le habían ocurrido antes.

"Pues claro, ¡eso es!", pensó con alegría.

Y sin comentarlo con sus compañeros decidió que tomaría cartas en el asunto, ocurriéndosele en ese instante un plan para poder ayudar a sus nuevos amigos.

—Claro que hay algo que se puede hacer —comentó el italiano, sonriendomisteriosamente y en voz tan baja que sus amigos no le alcanzaron a escuchar.

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