Capítulo 9.
No había pasado mucho tiempo desde que el sol del nuevo día había salido por el horizonte, penetrando por el enorme ventanal de la habitación que compartían los jóvenes futbolistas, cuando ellos ya se encontraban preparándose para otro emocionante día en la Posada Shanks. En ese instante, Gino venía saliendo del baño luego de terminar de ducharse por lo que sólo llevaba puesto el pantalón e iba con el torso al descubierto, al tiempo en que con la toalla se secaba el cabello. Al llegar a su cama, Hernández abrió su maleta y de ella sacó una playera, siendo que cuando se disponía a ponérsela fue interrumpido por Wakabayashi.
— ¡Uy! —exclamó Genzo, haciendo una gran mueca de horror al ver el área en donde se había golpeado el italiano el día anterior—. Sí que te dejaron muy magullado, Hernández.
— ¿Esto? No es nada —respondió Gino, sonriendo tranquilamente al mirarse la enorme y horrenda área morada ennegrecida que le cubría la zona derecha intercostal y que abarcaba además parte del pecho y espalda, siendo que contrastaba enormemente con la piel clara del italiano— Deberías de ver cómo quedó el otro —bromeó, restándole importancia.
— Puedes bromear todo lo que quieras, pero debes admitir que te llevaste un enorme y fuerte golpe ahí —comentó Wakabayashi, distrayéndose de la pelea que había estado sosteniendo hasta ese instante con Schneider por decidir quién sería el siguiente en tomar posesión del baño.
— Además no puedes negar que eso ha de doler —comentó Karl, quien aprovechó la distracción de Genzo para escabullirse en la habitación y meterse al baño.
— ¡Oye, no, Schneider! —se quejó el japonés, golpeando la puerta del baño al ver que el alemán se encerraba en este—. ¡Eso no se vale! Vas a tardar una eternidad ahí.
— ¡No es verdad! —se escuchó gritar a Schneider detrás de la puerta—. ¡Tú tardas más que yo!
— Sí, duele un poco —admitió Gino, continuando con la conversación anterior y colocándose la playera, luego de reírse un poco de la discusión que sostenían los otros dos—, pero he recibido peores golpes en los partidos de la serie A —continuó diciendo—. Los jugadores en Italia suelen ser en ocasiones bastante pesados al jugar.
— No creo que haya alguien en la serie A que te pueda golpear del mismo modo que lo hizo un pino de cuatro o cinco metros de altura —dijo Genzo con sorna, regresando derrotado a sentarse en la cama a esperar que Karl saliera del baño.
— Pues, deberías preguntarle a tu compatriota Kojiro Hyuga —expuso Hernández, divertido de las burlas del japonés —. Yo creo que él opinaría muy diferente, pues según me contó Salvatore, en su primer y creo que fue el único partido que tuvo con la Juventus, se la pasó quejándose en los vestidores de que el defensa le había marcado demasiado fuerte y que eran unos sucios al hacer esto.
— Sí, recuerdo que, en aquél encuentro en donde el Hamburgo se enfrentó a la selección juvenil japonesa, también se quejó de que Schneider jugaba muy rudo —comentó Wakabayashi, recordando el partido—. Pero eso no quiere decir que los italianos jueguen fuerte sino más bien que Hyuga no soporta el estilo europeo —sentenció, encogiéndose de hombros—. Y a ti, lo que te arrolló fue un enorme pino—se volvió a burlar.
— Ok, ya entendí, nada es peor que ese pino que me arrolló —rio Hernández, a lo que el portero nipón asintió divertido—. Pero estoy seguro que tú hubieras hecho lo mismo en mi lugar, más si se hubiera tratado de la señorita Del Valle.
— ¡Por supuesto! —afirmó Genzo de inmediato y con una gran sonrisa en el rostro—. ¿A qué hombre no le gusta salvar a una damisela en peligro? Más si se trata de alguien tan hermosa como Lily. —agregó, con su característica media sonrisa.
— Lo malo es que a ti no te sale muy bien eso de ser un valiente caballero de reluciente armadura —se burló Gino—. Todas las veces que lo has intentado, has fracasado estrepitosamente.
— ¡Hasta ahora! —respondió Wakabayashi, sonriendo con autosuficiencia—. Si no te hubieras ido a besar los árboles te habrías dado cuenta de que eso ya es cosa del pasado.
— Si tú lo dices —sonrió el italiano—. Es bueno saber que por lo menos a alguien le salieron bien las cosas.
Una vez que Gino estuvo listo y, al ver que tanto Wakabayashi como Schneider tardarían un rato más en estarlo, el portero italiano decidió que lo mejor sería adelantarse, comentándoles a los otros dos que los esperaría en el comedor para desayunar; sin embargo, al llegar a la planta baja y al no encontrar a nadie a la vista decidió echar un vistazo en la cocina en donde halló a Erika, quien se encontraba en medio de un gran desorden culinario.
— ¡Muy buenos días! —comentó Gino, sonriéndole a la joven, al tiempo en que entraba a la cocina y se sentaba en uno de los bancos que había en la isla ubicada al centro de la habitación.
— ¡Oh, muy buenos días! —sonrió la joven, al ver al italiano—. ¿Cómo te encuentras? ¿No deberías estar descansando?
— Lo estoy haciendo —respondió tranquilamente Gino—. Se supone que estoy de vacaciones por lo que técnicamente se puede decir que me encuentro descansando—agregó, encogiéndose de hombros—, además, ya me siento perfectamente bien. Mejor cuéntame: ¿qué tanto estás haciendo? ¿Es acaso que dejaron anoche la puerta principal abierta y una gran ventisca invernal entró a la cocina? —preguntó, mientras veía el desorden que había en el lugar, ya que por todos lados se veían esparcidos ingredientes y utensilios de cocina.
— Ja, ja, ja, ¿tan mal se ve? —cuestionó Erika, mirando a su alrededor.
— Sólo un poco —bromeó Hernández—. Aunque hay que admitir que huele muy bien, ¿Qué es lo que cocinas?
— Lo que sucede es que cada año en Vísperas de Navidad, organizamos una cena comunitaria para aquellas familias del pueblo que se encuentran pasando un mal momento financiero—explicó la francesa—. Es por eso que estoy preparando algunos de los platillos que llevaremos esta tarde.
— Oh, ya veo, eso suena bastante interesante por no mencionar que se me hace algo realmente altruista de su parte —comentó el italiano—. ¿Y en dónde será el evento? ¿Necesitan ayuda? Quizás podría llevar a Schneider y a Wakabayashi conmigo para que les apoyemos en algo —sugirió el italiano.
— Siempre será bienvenida cualquier tipo de ayuda extra —respondió Erika—. Leo, Gwen, Lily y Elieth ya están en el lugar pues desde muy temprano llevaron algunas cosas para comenzar a decorarlo, quizás podríamos alcanzarlos allá, en cuanto termine aquí, pues sólo me quedé para adelantar un poco los platillos que prepararía ya que lo más seguro es que más al rato que todos regresen a la casa se pelearán la cocina para preparar algo ellos también.
— En ese caso, permíteme que te ayude un poco —sugirió Gino—. Podría cocinar algo.
— ¿Tú sabes cocinar? —cuestionó la francesa, enarcando una ceja con incredulidad.
— Tanto como saber cocinar, pues no —admitió Hernández, avergonzado—. Sólo sé preparar uno que otro platillo y de los más sencillos, pero mi abuelo me enseñó a hacer algo que cada cenone y navidad no puede faltar en nuestra mesa.
— ¿Qué se supone que es el cenone? —inquirió Erika, con curiosidad.
— Es la cena de Noche Buena, Vísperas de Navidad o la equivalente a la que preparas para hoy —explicó Gino—. En Italia, el "cenone" de vísperas es una celebración en familia, compuesta por innumerables platillos que pueden variar desde siete hasta trece diferentes comidas, en su mayoría elaboradas con mariscos o pescados, por lo que se suele preparar ensalada de pescado, bacalao o pasta con atún, por mencionar algunos, por supuesto en Navidad tampoco puede faltar la pasta en el menú.
— Lo tendré en consideración para mañana —rio Shanks—. No debe faltar alguna pasta con marisco para ti.
— Ja, ja, ja, gracias —respondió Gino—, pero lo que más me gustaría comer es un buen panettone con un vino caliente.
— ¿Y qué se supone que es el panettone? —volvió a cuestionar la joven, fingiendo no saber de qué hablaba el italiano, aunque lo conocía muy bien.
— Es un tipo de pan dulce típico en Italia, el cual es originario de Milán y su mayor característica es su forma cilíndrica y su gran altura, en su interior lleva pasas secas, naranja cristalizada o azucarada y ralladura de limón.
— Eso suena delicioso —comentó Erika, animadamente.
— La verdad es uno de mis favoritos en estas fechas— comentó el portero italiano—. Si te parece bien puedo preparar un par de ellos, uno para la cena navideña y otro para la fiesta que están organizando hoy —sugirió.
— Ok, siempre y cuando te ayude en la elaboración —aceptó Shanks—, sirve que también aprendo a hacerlo.
Así pues, Erika y Gino buscaron los ingredientes necesarios para realizar los dichosos panes, no tomándoles demasiado tiempo la preparación de los mismos y, una vez que estuvieron listos, los metieron al horno y se dispusieron a esperar a que se cocieran; en ese instante, Shanks notó que Hernández, al sentarse nuevamente en el banquillo de la isla, inconscientemente se llevaba la mano a la zona que tenía lastimada, situación que le preocupó un poco pues la joven consideró la posibilidad de que el portero se estuviese resintiendo del dolor en las costillas.
— ¿Te duele mucho? —preguntó la francesa, señalando el área afectada y sentándose a su lado—. Creo que sería mejor que fueras a descansar un rato —sugirió, haciéndole notar al joven la molestia que evidentemente traía.
— Estoy bien, no es nada de qué preocuparse—comentó de inmediato Gino, notando la acción y retirando su mano del área—. Sólo creo que han sido unas semanas muy pesadas, he andado viajando mucho entre varias ciudades.
— Y luego el golpe que te llevaste por mi culpa —le interrumpió Erika, algo decaída y con bastante culpabilidad—. Creo que no te he agradecido adecuadamente el que me hayas salvado —comentó apenada y bajó la mirada.
— Por favor deja de culparte —le sonrió Hernández, tomando la barbilla de ella para que levantara la mirada y lo viera a los ojos—. Créeme cuando te digo que de tener que hacerlo, lo volvería hacer mil veces y con gusto, no podría permitir que salieras lastimada —comentó él, acariciando la mejilla de ella.
A Erika le agradó infinitamente el sentir el suave roce de los dedos del portero sobre su rostro, siendo que esta acción la reconfortó de inmediato e hizo que instintivamente ella recargara su mejilla sobre la mano de él, al tiempo en que cerraba sus ojos y dejaba escapar un ligero y casi imperceptible suspiro, dejándose llevar por las caricias que recibía y por los sentimientos que éstas le hacían experimentar en ese instante; Shanks debía admitir que Hernández le gustaba y mucho, por lo que el contacto con el italiano la había hecho vibrar de emoción, deseando en su interior que él no se separara de ella.
Por su parte, Gino dejó que sus dedos acariciaran y al mismo tiempo disfrutaran cada instante del contacto que tenía con el terso rostro de la joven, para luego pasar su mano al fino y delicado cuello de ella, desde donde sujetó su nuca con delicadeza para irla acercando lentamente hacia él, con un deseo oculto que apenas y podía controlar, hasta que sus labios finalmente se tocaron de una manera suave y lenta, saboreando y conociendo cada centímetro de ellos. Enseguida, el tierno beso pasó rápidamente a ser más aventurado, siendo que la pasión entre ambos aumentó y, al final, cuando se separaron, estaban lo suficientemente agitados y sin aliento como para necesitar tomar un breve respiro, aunque muy sonrientes por haberlo disfrutado al máximo.
— ¡Ajam! —carraspeó Genzo, parado en la entrada de la cocina con Karl a un lado suyo, haciendo que tanto Gino como Erika saltaran de la sorpresa pues no se habían percatado de su presencia—. ¿Los interrumpimos?
— ¡Pues te diré, Wakabayashi! —respondió Gino, con una gran sonrisa—. No puedo decir que no sea así.
— Supongo que tienen hambre, ¿no? —comentó Erika, toda sonrojada e intentando cortar el momento—. Les prepararé algo para que desayunen —agregó, levantándose rápidamente de su asiento y dándoles la espalda para que no vieran lo rojo de su rostro.
— Yo creo que Hernández ya no tiene hambre —se burló Wakabayashi—. Mira que él no pierde el tiempo.
— Lo bueno es que tu sólo venías de paso —se burló a su vez Schneider—. Ahora entiendo por qué te adelantaste.
Gino por respuesta sólo sonrió, pues teniendo como compañero en la selección italiana a alguien como lo era Salvatore Gentile, quien siempre andaba molestando a los demás, las burlas tanto de Wakabayashi como de Schneider no eran realmente nada, por lo que tranquilamente decidió ignorarlos y cambiar el tema de conversación.
—Será mejor que desayunemos pronto, que luego iremos a decorar un sitio en donde esta tarde tendrá lugar una gran fiesta—comentó Hernández.
— ¿Qué? —inquirieron los dos futbolistas, confundidos, a lo que el italiano se dispuso a explicarles la situación.
Así pues, luego de desayunar y una vez que los panes estuvieron listos, Erika en compañía de los tres futbolistas se encaminaron al sitio en donde se llevaría a cabo la fiesta, el cual era un antiguo e histórico edificio de piedra que en otros tiempos sirvió de fuerte para los diferentes ejércitos que habían pasado por la región; en su galera principal ya se hallaban los demás, quienes al verlos llegar se alegraron por la ayuda extra.
— ¡Perfecto! Más manos que nos van a ayudar —sonrió Leo, al verlos llegar.
— ¿Quién de ustedes nos ayudará a poner las decoraciones en la parte alta de las columnas? —preguntó Elieth, señalando los grandes pilares de piedra que rodeaban la edificación.
— Ahí te hablan, Wakabayashi —se burló Schneider—. Eres el más alto.
— Ahora si te conviene que lo sea, ¿no? —respondió Wakabayashi.
— ¡Por supuesto! —sonrió el alemán.
En ese instante llegó Lily con evidente alegría para pasarle la escarcha adornada con moños rojos a Genzo, quien, al ver a la joven, olvidó toda protesta y no le quedó más remedio que subirse a la escalera y seguir las indicaciones que Del Valle le daba para el acomodo de la guirnalda; así pues, los jóvenes ayudaron en todo lo que estuvo a su alcance para decorar el gran salón, siendo auxiliados por las chicas, quienes les indicaban qué y dónde debía ir cada cosa. Luego de un rato llegó al salón Jerome, el amigo de Leo, con una expresión de preocupación y urgencia, mirando hacia todos los rincones del lugar buscando algo o a alguien en particular y cuando lo encontró, se apresuró a ir a donde se hallaba; por su parte Leo, quien estaba colocando algunas mesas, al ver al recién llegado dejó de inmediato su actividad y se encaminó a su encuentro.
— ¡Qué bueno que te encuentro! —comentó Jerome, con preocupación mientras se acercaba rápidamente al francés—. Tengo malas noticias.
Ambos hombres conversaron durante unos cuantos minutos y luego el recién llegado se despidió de su amigo, siendo que una vez que estuvo solo, Leo se encaminó a donde se hallaban las chicas para informarles lo que sucedía.
— Jerome me vino a decir que Santa no podrá venir hoy, cuestiones de fuerza mayor relacionadas con una lesión en la espalda —contó Leo.
— ¿Qué? —exclamaron las cuatro jóvenes, con evidente sorpresa y pesar.
— ¿Entonces no tendremos Santa este año? —preguntó Elieth—. ¿No hay nadie que lo pueda suplir?
— Al parecer no, Jerome ya estuvo preguntando en el pueblo y aunque el disfraz está aquí, no hay quien lo pueda usar —explicó Leo y suspiró decaído.
— Esas sí que son malas noticias —comentó a su vez Erika.
— Si tan sólo hubiera alguien lo suficientemente alto y fornido como para poder ser quien interprete a Santa —señaló a su vez Gwen, pensativa.
— ¡Tengo una idea! —dijo de pronto Lily, ante la sorpresa de los demás, y sonrió al mirar hacia los futbolistas que se entretenían jugando a hacer dominadas con una enorme esfera de unicel—. Creo que conozco a alguien que podría dar el ancho.
— ¿Quién? —preguntaron todos a la vez.
— Denme un minuto —pidió Del Valle, para luego encaminarse hacia donde se hallaban los jóvenes futbolistas.
Mientras tanto, los chicos, ajenos a lo que sucedía a su alrededor, continuaron con su improvisado juego de fútbol sin percatarse de que Lily se acercaba a ellos hasta que estuvo a un lado suyo y les quitó la esfera.
— ¿No creen que esta cosa estaría mucho mejor acomodada en su lugar? —cuestionó la joven, jugueteando con la esfera al tiempo en que los otros asentían avergonzados por andar pateando los adornos.
— Lo sentimos, sólo nos entreteníamos un rato —se disculpó Gino de inmediato.
— Ya terminamos de poner todos los adornos que nos indicaron y nos estábamos aburriendo, además, éstos fueron los que sobraron —se excusó a su vez Genzo, mostrando algunos más en una caja de cartón.
— Está bien, no pasa nada, no venía por eso —sonrió Lily—, en realidad yo sólo venía a pedirles un enorme favor.
— ¿De qué se trata? —preguntó Schneider, con curiosidad.
— Lo que sucede es que cada año, uno de los vecinos del pueblo suele interpretar a Santa en este evento —comenzó a explicar Del Valle—, pero en esta ocasión no podrá hacerlo, así que quería pedirte de favor Wakabayashi que si podrías hacerle de Santa este año —pidió la joven mirando suplicante al portero nipón.
— ¿Yo? ¿Y por qué yo? —preguntó Genzo de inmediato—. Yo no conozco estas tradiciones.
— No hay mucho que debas saber —comentó Karl, tranquilamente—. Sólo finge ser un hombre viejo, gordo y extremadamente alegre que se la pasa diciendo jo-jo-jo a cada rato y listo.
— Y sí tú te lo sabes tan bien, ¿por qué no lo haces tú? —le dijo Wakabayashi a Schneider, con molestia.
— Porque Schneider no da el tamaño —intervino Lily.
— ¿Qué quieres decir con el tamaño? —cuestionó Genzo al instante.
— Que tú eres más alto y de espalda más ancha —respondió astutamente Del Valle, rogándole a su vez con una dulce mirada.
— ¿Y por qué no lo hace Hernández? —prosiguió reclamando Wakabayashi, no queriendo ceder aunque estaba por hacerlo.
— Porque tú eres más alto que él —le alabó Lily—. Y sabes perfectamente bien que Gino no está en condiciones para eso, él debe descansar y no andar dominando balones de unicel —agregó mirándole con reproche a lo que el italiano bajo la mirada avergonzado—. Además, no le haría nada bien tener a todos los niños encima o tras de él, podrían lastimarlo aún más.
— Pero sí quieres que sea yo quien aguante a los niños —reclamó Genzo indignado, aunque sabía que Lily tenía la razón.
— No es para tanto —comentó Gino, queriendo ser conciliador—. Wakabayashi, si no quieres hacerlo, pues simplemente no lo hagas; lo haré yo, no hay problema, no me pasará nada.
Wakabayashi estuvo muy tentado a tomarle la palabra a Hernández y dejar que éste se vistiera de Santa pero al ver el rostro de Lily que no sólo se mostraba molesta ante la idea de que el japonés permitiera que el italiano a pesar de su lesión usara el traje, sino que también le suplicaba con esa dulce mirada a que aceptara, sus resistencias se desvanecieron por completo.
— ¡Anda! ¡Di que sí! —se atrevió a decir de nuevo Del Valle, al ver la duda en Wakabayashi—. Sólo es cuestión de que escuches a los niños durante un rato.
— Pero si yo no creo en esas costumbres —se quejó débilmente Genzo, más que nada para que no se dijera que lo convencieron fácilmente.
— Pues es un buen momento para que las conozcas y las aprecies —sugirió Gino con cautela.
— ¡Anda, Wakabayashi! Acepta de una buena vez —comentó Karl, con su habitual insistencia nata y sabiendo que Genzo estaba por ceder.
— Eso lo dices porque tú te salvas de hacer esto, ¿verdad? —suspiró Genzo, derrotado—. Está bien, lo haré. ¿Qué es lo que tengo que hacer? —le preguntó a Lily.
Porrespuesta, Lily sonrió ampliamente al saber que este año sí tendrían un SantaClaus para la fiesta y le comenzó a explicar detalladamente a Wakabayashi cuálsería su función, indicándole claramente lo que debía y no debía hacer y en quémomento de la noche sería requerida su presencia en el evento. La chica, almenos, trató de no mostrarse demasiado complacida por haberse salido con lasuya.
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