2.
—Zara, estamos cercanos a llegar. —Joseph Lively, el abogado de la familia, le habló de forma cálida. Se había hecho imperceptible durante el viaje, guardando silencio y permitiendo que la joven tuviera el tiempo necesario para ajustarse a la trágica noticia del deceso de su hermana. Apenas unos diez años mayor que Astrid, el hombre se hizo cargo de los negocios de los Masterson, labor que heredó de su padre. Era costumbre servir a ciertas familias por generaciones, y en el caso de Joe, la línea entre lo personal y lo profesional a veces se desdibujaba, en pos de actuar como un hermano mayor.
—Lamento no haber sido mejor compañía, pensé que papá vendría por mí —la joven recostó la cabeza del vidrio de la carroza.
—No tienes que disculparte. Leonard optó por viajar a Rennick Hall a la brevedad posible. Solo puedo agradecer la confianza de dejarme pendiente de ti. Debo advertirte, Zara —añadió—, que el ambiente en la residencia Rennick no es usual. Hasta donde sé, el prometido de Astrid se ha confinado en su habitación, optando por no hablar con nadie hasta que la familia esté presente. Solo puedo imaginar cómo se siente Leonard...
La indignación se apoderó de la joven, quien dejó salir un silbido bajo entre dientes.
Mientras el carruaje avanzaba por el camino del río, el sonido rítmico de los cascos de los corceles no hacía otra cosa que resaltar un silencio inquietante, que en nada ayudaba. Zara quería llenar ese silencio de preguntas, de reclamos, solo para vaciar la frustración y el dolor.
El castillo comenzó a vislumbrarse en la distancia, los muros de piedra estaban empezando a ennegrecerse con el caer de espesas gotas de lluvia. Eran apenas las tres de la tarde, pero la espesa niebla hacía sentir el día casi llegando a su final.
La carroza se detuvo en la entrada. Mientras Joe ayudaba a Zara, la servidumbre se hizo a un lado, para permitir la llegada de un hombre.
—Señor Lively, señorita Masterson —la atención de Damien Rennick se volcó sobre Zara, tomando las manos de la joven entre las suyas—. Lamento su pérdida.
Zara no encontró qué decir ante Damien Rennick. El aura del hombre era impactante. Vestido en el sobrio negro de las ropas de un clérigo, el rubio de su cabello a ras de los hombros, el azul penetrante de sus ojos y una mandíbula decidida en enmarcar un rostro compasivo, le dotaban de cierto encanto. Sostuvo su mano lo suficiente como para atraer su atención sin hacerse sentir intrusivo. Su proceder no parecía estudiado, pero tenía el efecto de rendir a aquellos a su alrededor.
—Quisiera decir que es un encanto, Lord Rennick, pero me urge ver a mi padre y a mi hermana.
—Lord Rennick es mi hermano, Julian. Considerando que estuvimos a punto de ser familia, puede llamarme Damien.
El reverendo atendió a Lively, quien permanecía en silencio, observando a ambos.
—Si fuera tan amable de continuar con la señorita. Debo avisar a mi hermano. El valet les llevará a la capilla.
—No se moleste, reverendo. Visité su casa cuando se redactaron los documentos del compromiso, conozco el camino.
—Cierto, el momento debe ser lo más íntimo posible. Disculpe.
Mientras caminaban hacia el patio interior del castillo, Zara no pudo evitar seguir la mirada de Damien. Los ojos del menor de los Rennick se posaron en la torre, donde podía verse una figura asomada entre cortinas entreabiertas.
La capilla estaba reservada para la familia, el recinto se encontraba a oscuras, pues Leonard así lo quiso. Apenas si necesitaba un candelabro para poder ver el contorno del cuerpo de su hija en el ataúd, como si, al verla solo a medias, pudiera pensar que se trataba de un sueño del cual despertaría con la llegada del alba.
Zara le observó desde la entrada. En apenas unos meses sus vidas habían cambiado de manera drástica.
El compromiso de Astrid le ganó la oportunidad de hacerse de un año extra de educación, al cual su padre accedió, a pesar de que eso implicaba perder a sus dos hijas al mismo tiempo. La última vez que le vio, Leonard le estaba dejando en las habitaciones de la escuela de formación en Londres, listo para emprender el viaje a Irlanda junto a Astrid. La joven se le colgó del cuello, celebrando la libertad que le compraba el compromiso de su hermana. Y ahora, se acercaba a su padre para posar una mano sobre sus hombros, hundidos ante el peso del dolor.
Leonard levantó la cabeza. No había un espacio en su rostro que no estuviera marcado por el dolor.
—Gracias, Joe. Gracias por traerla a salvo.
El abogado asintió antes de tomar asiento en los bancos traseros.
—Papá...
Juntos caminaron hacia el ataúd de madera fragante e interior de tonos lavanda. Astrid yacía tan perfectamente preparada que parecía estar a un respiro profundo de abrir los ojos.
Abrazados, derramaron lágrimas contadas, de esas que la sociedad inglesa exige se derramen a puerta cerrada, antes de enfrentar el mundo. No fue hasta que limpiaron el rastro del dolor inmediato de sus rostros que el abogado se acercó, para ver an Astrid.
—Quisiera saber, Joe —Zara preguntó, frente al ataúd—. ¿Los Rennick entregaron algo? ¿Una carta, cualquier cosa que justifique... esto?
—No hay tal cosa como una carta —la palabra suicidio se le atoró en la garganta—, que respalde la circunstancia de deceso. Pero sí existe un documento. Lo haré llegar a tus manos.
La puerta de la capilla se abrió de forma súbita. Un hombre alto, de cabello oscuro, hizo entrada junto a Damien Rennick. Era Julian, quien, a primer vistazo, parecía el opuesto de su hermano. Solo compartían la talla y el porte característicos de los caballeros y una profundidad en la mirada que, en los ojos oscuros del mayor, parecía amenazante.
Por costumbre, extendió su mano, pero se privó de estrechar la de Leonard cuando el hombre notó que el lord tenía la misma envuelta en una venda sangrante. Julian mordió su labio inferior, molesto ante lo que pareció una falta a la etiqueta que, pudo haber sido prevista.
—Disculpe, vizconde Masterson. Sufrí un accidente anoche, en parte la razón por la cual pedí verle hoy. La pérdida de Astrid ha sido un dolor profundo para mí, pero en nada se compara con el que debe estar experimentando su familia. Señorita...
Sus ojos quedaron fijados en Zara. Al verla, solo pudo pronunciar:
—¡Eres tú!
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