3.
—¿Perdone usted? —La confusión de Zara no tardó en convertirse en un arranque de impetuosidad. Sabía perfectamente que era el hombre frente a ella, a pesar de que no les habían presentado, y encontró ofensivo que la atención de Julian Rennick estuviera sobre ella, en lugar de su hermana. Las palabras del hombre no fueron de disculpa o consuelo, al menos no para ella.
—Zara Masterson. Lamento la muerte de su hermana.
—¿La muerte de mi hermana? —reclamó con voz entrecortada—. No sabía que me tuviera en tanta estima, lord Rennick, como para obviar que Astrid fue su prometida.
La postura reservada de Julian Rennick no tardó en dar lugar a la frialdad. No era un hombre acostumbrado a dar disculpas, y ya había cumplido con su cuota. Se dirigió de nuevo a los hombres, ignorando a la joven, quien permaneció junto al ataúd de su hermana, de espalda a los presentes.
—El servicio fúnebre se llevará a cabo mañana. Se han extendido invitaciones a amigos y familiares que comenzarán a llegar entre esta noche y mañana. Les pido por favor que coordinen con Damien las lecturas y los himnos. —Su voz se elevó lo suficiente como para captar el oído de Zara—. Entiendo haber contrariado a la señorita Masterson, pero en un compromiso que no llegó al altar, el sentimiento de un padre y una hermana tiene más peso que el de un prometido. La esperanza de todo matrimonio es una vida larga y una dicha plena. Pero, lamentablemente, yo solo la conocí por varios meses, y ustedes, por la totalidad de sus vidas.
Se despidió con un simple hasta luego, sin siquiera presentar sus respetos a la difunta.
—Disculpen a mi hermano. Les aseguro que lo que creen indiferencia no es tal. Su hija y hermana fue amada, bien amada, en el tiempo que vivió bajo este techo. —Damien tomó una biblia, y, sentándose entre Zara y los caballeros, comenzó a preguntar qué escrituras preferirían en el servicio.
La conversación se convirtió en una de esas que llevan a la gente a compartir momentos. Rennick, ante todo, se encargó de llenar el espacio de esos tres meses, en los cuales, en muchas ocasiones, se dejaron pasar detalles, con la certeza de que el tiempo habría de favorecerles.
—No puedo dejar de lado la idea de que Astrid no fue feliz aquí. —Una vez transcurridos los arreglos fúnebres, los Masterson se encontraban sentados en una mesa con vista al laberinto del jardín, el cual se estaba sumido en sombras.
—No me atormentes de esta manera, Zara. Me haces sentir como si dar mi consentimiento hubiese matado a tu hermana. —Leonard se sentía responsable, y las observaciones de su hija menor solo aumentaban su miseria.
—No quiero hacerte sentir mal, papá. Mucho menos culparte. Es solo que no puedo quitarme la idea de la cabeza de que hay un culpable... Joe —dijo, preguntando a Lively—, ¿qué hay de las autoridades? ¿Encontraron algo fuera de lugar?
—Lo discutido con los jueces de la villa es algo que prefiero compartir con tu padre, cuando los ánimos estén serenos.
—¡No insultes mis capacidades, Lively! —Zara retó a su amigo—. Sabes que soy más fuerte de lo que parezco.
Joe se acomodó los lentes, entrelazando los dedos entre su cabello oscuro, antes de comenzar.
—Los médicos y las autoridades concuerdan que fue un suicidio. Como jurista, puedo certificar que la documentación no parece estar inclinada a favorecer a los Rennick. Los procedimientos se presentan pulcros. Como un tipo cualquiera, con un buen don de observación, me atrevo a decir que si alguno de los envueltos hubiese encontrado la oportunidad de acusar formalmente a Julian Rennick, no se hubiesen privado de darse el gusto.
—¿A qué te refieres? —intervino Leonard.
—Los Rennick no son muy apreciados en Covenmore. No lo han sido por generaciones. Estamos en Irlanda, en un territorio cedido a una familia irlandesa que para obtener el favor de la corona, abandonó el catolicismo. No solo eso, aparentemente el antiguo Lord Rennick crió a sus hijos con mano de hierro, y predispuestos a mantener el poder. El mayor es la encarnación del más severo orden político, el menor, fue prometido a la iglesia anglicana, para establecer un perfecto balance ante la corte inglesa. Supongo que a nadie le importa el sentir de los pueblerinos cuando se cuenta con el favor de la corona. No les queda más que tolerar.
—No me interesan las impresiones de Covenmore. —Zara fue rápida en contestar—. Quiero saber las tuyas.
—En retrospectiva, tenías razón. —Joe había escuchado los insistentes reclamos de Zara con la misma paciencia con que lidió con la emoción de Astrid—. El corazón nos ganó a todos. Astrid estaba tan enamorada que dejamos pasar por alto muchas cosas. Julian Rennick se comportaba de manera diferente en Londres. Siempre fue taciturno, pero el hombre inspiraba una cierta confianza. Su proceder reservado servía para crear expectativa. Es tan atrayente como su hermano, a su manera. Par de mis asociados me felicitaron por sacarlo del mercado de forma tan rápida, de lo contrario, no hubiese quedado mujer en Londres a la cual pudiéramos dar nuestras atenciones...
Leonard tosió dentro del puño para indicarle a Lively que la conversación estaba tomando un giro inapropiado. Joe solo sonrió con los labios apretados antes de sugerir que el día siguiente sería largo.
—¿Qué estabas pensando cuando te dirigiste a la señorita Masterson de esa manera, Julian? —Damien no daba crédito a las acciones de su hermano, después de todo, le costó un tiempo razonable hacer que los Masterson cayeran en confianza tras su inexplicable conducta.
—Fue una estupidez —Julian se encontraba sentado en el escritorio de la torre. Pocas veces abría esas puertas a su hermano, pero era el único lugar donde podían tener algo de privacidad en un espacio en donde comenzaban a llegar personas invitadas al funeral—. Fue un déjà vu, la extraña sensación de revisitar Covent Garden. Tuve la impresión de que fue a Zara Masterson y no a su hermana Astrid, a quien vi esa noche. Algo en su postura, en su actitud desafiante, despertó un sentimiento olvidado.
—¿Estoy viendo el asomo de una sonrisa en tus labios? ¿Estás enfermo, acaso? —De los dos hermanos, Damien se distinguía por ser el más expresivo, pero las veces en que su voz se levantaba airada eran pocas, y las que retaba a su hermano, menos aún.
— ¡Ya te lo dije, fue algo involuntario! —pegó con la mano abierta sobre la madera de ébano y Damien, a pesar de sus veinticinco años, pareció estremecerse.
—En este espacio, me recuerdas demasiado a nuestro padre, hermano. Voy a retirarme. Espero que tú lo hagas pronto. Mañana exige que cumpla con mi oficio. Es bueno tener un ritual en el cual apoyarse. Tú, sin embargo, debes enfrentar el día solo, y sin ayudas. Conste, que porque así lo quieres. Si me necesitas, sabes dónde encontrarme.
Julian siguió a su hermano hasta la puerta, y no la cerró hasta sentir que los pasos de Damien se perdieron en la distancia. Su hermano encontraba solaz en sus rituales, él tenía los suyos.
Observó el cuervo, descansando en las ramas, alejado del campo de cristal dentado y cerrando los ojos, dijo una plegaria. ¿A quién? A veces el Dios de Damien y el córvido eran uno en su cabeza, figuras inalcanzables a cuyos pies todo lo que soñaron ser, quedó rendido para convertirse en los señores de Rennick Hall: el heredero y el segundo hijo.
El frío del aire parecía filtrarse hasta sus huesos mientras luchaba contra una figura etérea grabada para siempre en su mente, contra la idea del amor que, una vez más, se le escapaba entre las manos. El sentimiento que su padre le advirtió tantas veces que no buscara.
En la soledad de la cámara, él era a la vez prisionero y guardián, incapaz de escapar de espectros inquietantes de su propia creación. Se libró de la venda, y sin considerarlo, volvió a abrir la herida del día anterior, presionando su palma sobre el vidrio hasta hacerla sangrar, esperando el caer de unas lágrimas que nunca llegaron...
En su habitación, el menor de los Rennick se preparaba a dormir, y por primera vez en mucho tiempo, evitó llenar el vacío en su ser con oraciones. Solo se dedicó a pensar, a tratar de adivinar que se sentía estar enamorado. Se cuestionó cómo fue que Julian descubrió en Zara la chica de la cual se prendó de manera instantánea aquella noche en la ópera, la que, por virtud de un pequeño error de parte de Damien, terminó confundiéndose con Astrid.
Tan parecidas.... Se permitió encontrar humor en el aspecto más insano: una estaba muerta y la otra viva. Esa era la diferencia. Sonrió, en la oscuridad. Después de conocer a Zara Masterson, tal vez se daría la oportunidad de tratar de entender las molestas complicaciones de la atracción.
Bạn đang đọc truyện trên: Truyen4U.Com