Capítulo VII
María estaba absorta en sus pensamientos. Era cierto que habían salido a la luz todas sus inseguridades. Era guapa. Tenía una bonita cara redonda con la tez morena y suave, y unos preciosos ojos verdes. Pero, aunque era prácticamente igual de alta que las hermanas, tenía unos kilos de más, lo que creaba ciertos complejos en ella que, sin duda, en la conversación habían salido a la luz.
Todas se levantaron para ir a buscar a Nadia, excepto ella. Aída tuvo que encargarse de sacarla de sus pensamientos.
Fueron todas a su habitación, incluida Irene, que iba como alma pacificadora. Al pegar a la puerta nadie contestó, así que abrieron tímidamente.
―¿Se puede? ―preguntó Irene que iba la primera.
―Tú misma. Te podría decir que no pero, en honor a la verdad, tú no me has hecho nada y además es tu casa ―contestó encogiéndose de hombros.
Nadia estaba tumbada en la cama, con los pies levantados apoyados en la pared. No hacía más que lanzar una pelota de tenis al aire. Entraron todas en el cuarto.
―Vaya, sigues haciendo lo de la pelotita ―dijo Irene con una risita nerviosa.
―Irene, ya te he dicho que contigo no hay nada, es con las tres amigas que tienes a tu lado ―decía sin mirarlas aún―, así que deja de decir chorradas, ¿vale?
―Vale ―contestó rápidamente mientras se sentaba en la cama.
―¿Podrías... podrías dejar de hacer eso? ―preguntó tímidamente Aída.
Nadia se sentó en la cama y dejó la pelota a un lado.
―Gracias, es que me estaba poniendo histérica ―explicó.
―Oye mira, lo sentimos ―comenzó Laura hablando en nombre de todas―. Lo sentimos mucho, de verdad. Nos hemos puesto muy bordes sin razón.
―Ya.
―Es que... así de pronto, ha sido un palo para mí escucharte decir eso, y... no sé...
―Ya, María. Pero no creo que lo que he dicho haya sido para tanto, ¿no?
―Mira Nadia, creo que se ha juntado el hambre con las ganas de comer ―explicó Aída―. Y lo cierto es que hemos sacado las cosas de quicio.
―Bueno, ya da igual.
―No, en serio. Me siento fatal. No teníamos ningún derecho a...
―Tranquila, Laura ―la interrumpió―. También hablo enserio. Dejadlo, no importa.
―Oye, a esta nos la han cambiao ―le dijo Laura a Irene en un audible susurro.
―Eh... Eso parece ―le contestó en el mismo tono, para luego dirigirse a su hermana con la voz normal―. ¿Quién eres y qué has hecho con mi hermana?
―¿Qué nos estás diciendo, que te da igual? ―preguntó además incrédula Aída.
―¡No! ¿A quién le va a dar igual? No, yo no he dicho eso. Me duele, claro que me duele que me hayáis puesto verde en un momento, que no dejarais que me explicase, que creáis todo lo que habéis dicho...
―Vale, ha vuelto, es ella ―comentó Irene.
―Lo que pasa es que alguien ―continuó obviando el comentario de su hermana―, cambiando un poco la frase original, me dijo un día que amistad es no decir nunca lo siento.
―No sé si esa persona es muy sabia, muy ingenua o simplemente estaba leyendo un libro de autoayuda o algo así ―comentó María haciéndolas reír.
―Yo tampoco lo tengo claro, pero es una bonita frase. Aunque, puede que no me lo dijera la persona correcta.
Entonces, María se sentó en la silla del escritorio, mientras que Laura y Aída iban a sentarse en la cama al lado de Irene. Nadia se tuvo que echar a un lado de la cama para dejar espacio libre. Rodó, para darse la vuelta y quedar apoyada en la pared con las piernas cruzadas. Aún seguía dándole jugando con la pelota.
―¿Y se puede saber quién es esa persona? ―le preguntó su hermana intrigada.
―Pues... alguien a quien quise mucho, y me decepcionó como nunca nadie lo había hecho. Alguien que me enseñó muchas cosas y me dio muchos consejos de los que no siguió ninguno ―continuaba―. Al final resultó no ser una persona tan perfecta como parecía.
―Ya ―dijo escuetamente Irene que, como las demás, ahora sabía a quién se refería Nadia.
Irene, Nadia y Laura se conocían desde pequeñas. Sus padres, al igual que los de Ernesto y Víctor, eran amigos desde siempre. Fue en la, tan complicada época del instituto, cuando Nadia conoció a la que se convertiría en su mejor amiga, la que parecía que nunca iba a fallar. Pero no todo el mundo mantiene, en su círculo de confianza, a todas las personas que va conociendo con la edad, por lo que, lo que parecía una amistad sólida y fuerte, se rompió como un frágil cristal. A través de ella, no obstante, conocieron a María y Aída, que sí mantuvieron su relación, convirtiéndose en el compacto grupo que eran en la actualidad.
―Por suerte, o por desgracia, siempre le tendré que estar agradecida. Y sólo por lo que me ha dejado en "herencia" ―remarcó la palabra haciendo las comillas con los dedos―, ya la tengo que querer.
―No creo que se pueda hablar de herencia. O no buena herencia al menos ―comentó bromista Laura mirando a las otras dos, que le devolvieron la mirada con falso odio.
―¿De verdad pensáis todo eso de mí? ―preguntó de repente con cierto aire de preocupación.
Las demás, aunque sabían que esa pregunta iba a salir de un momento a otro, se quedaron algo desconcertadas.
―¡Venga! Ya no creo que me podáis hacer más daño, ¿no? ¿O sí?
Las tres hacían como si no la hubieran escuchado, mientras que Irene esperaba, con una media sonrisa, a que alguien se atreviera a contestar de una forma sincera, algo que sabía que era muy difícil.
―Creo que merezco una ligera explicación, ¿no?
―Pues no sé ―comenzó diciendo Laura―. La verdad es que en ese momento, así en caliente...
―No, no me digas que ha sido en ese momento, Laura. Lo que habéis dicho lo teníais guardado de muchos momentos anteriores, eso no me vale. ¿Y tú Irene, también piensas eso de mí?
―A mí no me metas, que yo no he hecho nada ―contestó borrando la media sonrisa.
―No, ya sé que no has hecho nada. Pero entiéndeme. Ya me alcanza la duda de si esa opinión, que parece ser generalizada en todos mis amigos, también la tiene mi hermana. Si es así, desde luego no sé cómo podéis soportarme. No sé cómo estoy durando tanto.
―¿Qué quieres decir con que estás durando tanto? ―preguntó Aída.
―Bueno, Aída ―explicaba mientras se ponía de pie y andaba por la habitación―. Después de todo lo que habéis soltado ahí fuera, aún no sé por qué sigo siendo amiga vuestra y no me habéis mandado a la mierda.
―No es eso, Nadia ―comenzó Laura―. Es que te lo tomas todo demasiado en serio, y las cosas no son siempre blanco o negro.
―Ya, esa frasecita ya me la conozco bastante.
―Pues si la conoces, tendrías que entenderlo ―continuó Irene, intentando ayudar también a sus amigas―. Todas tenemos nuestros grises. Nuestros momentos, nuestras paranoias, nuestras cosas buenas, pero también las malas, y nos aguantamos con ello, no por eso somos menos amigas, ¿no?
―Pero, ¿en serio tú has estado ahí fuera? Ha sido algo tan... No tengo ni idea de cómo describir como me he sentido ahí fuera. Ha sido humillante. Ha sido... ―hizo una mueca con la cara, mientras buscaba las palabras adecuadas―. Puede que a vosotras no os parezca una cosa tan grave, pero me ha dolido ¿sabéis? Aunque no os lo creáis también tengo sentimientos. Que no lo demuestre a menudo no significa que no sienta nada. Tengo suerte de tener una fantástica familia, pero mis amigos son muy importantes para mí, y ahí fuera me he sentido como una mierda.
Entonces una lágrima asomó y recorrió su mejilla, lágrima que ella se apresuró a limpiar con el dorso de su mano.
―Os considero mis hermanas... aunque en tu caso lo soy ―bromeó finalmente mirando a Irene, con los ojos aún brillantes―. Y joder yo...
―Nadia ―la interrumpió María―, ha sido muy cruel lo que hemos hecho, créeme, lo sé. Y no será algo de lo que me sienta orgullosa nunca. Creo que ha sido una especie de defensa.
―Defensa ―repitió sin creérselo―. ¿Eso ha sido defensa? ¿Y cómo queríais que me defendiera yo, si no me dejabais hablar?
―Bueno... ―comenzó Aída sin acabar la frase.
―Además, no creo que lo que he dicho haya sido tan malo ―dijo mirando a María.
―Tal vez no haya sido tan malo, pero a mí me ha dolido, ya sabes que no tengo demasiada confianza en mí.
―Pues no lo he dicho con ánimo de ofenderte, en absoluto, eso sería lo último que hiciera. Además, que no le gustaras a Víctor sólo podía tener una explicación.
―Sí, claro ―contestó la otra.
―Claro que sí. Mira eres guapa, lista, simpática...
―Vale, para ya ―interrumpió―. Déjate ya de tonterías.
―¡Es verdad! Que tú no te lo creas no significa que deje de ser cierto ―añadió Aída.
María había llegado a un tono de rojo bastante preocupante. Generalmente era Aída quien se ponía de aquella tonalidad, pero aquello, en ella, no era normal. Nadia intentó entonces suavizar y enfriar el ambiente.
―Lo malo llega cuando te escuchan hablar y ven que, en realidad, eres una siesa, ya sabes ―bromeó.
María cogió lo primero que tenía a mano para lanzárselo a Nadia. Ninguna imaginaba aquel final para el improvisado discurso, aunque era algo muy típico de Nadia.
―Oye ―comenzó María poniéndose de pie―, de verdad que siento mucho todo lo que he dicho ahí fuera, de repente lo he soltado, sin más. No estaba realmente pensando.
―Vale ―contestó sonriendo levemente.
María se acercó y abrazó a su amiga.
―Bueno, parece que al menos temporalmente, hemos arreglado esto, hasta la siguiente crisis, que si algo tenemos, es que no podemos estar mucho tiempo sin discutir ―dijo Irene―. Son casi las siete, ¿vamos a salir esta noche?
―¿Esta noche? ―dijo Laura dando a entender que no tenía muchas ganas― ¿Podemos dejarlo para mañana?
―Sí, casi mejor. Mañana ya lo vemos ―añadió Aída.
―Pues entonces vámonos al salón y seguimos hablando allí ―comentó Nadia.
― Sí, que esto está muy estrechillo ―dijo María aún con un brazo por encima del hombro de Nadia.
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