Capítulo VIII
Seguían hablando en el salón, intentando que el ambiente no estuviera enrarecido. Un rato después, sonó el timbre. Irene se extrañó un poco pues no esperaban a nadie, y fue a abrir. Llegó Nacho con su novia, Sandra Mata.
Sandra no era muy popular entre la familia y los amigos de Nacho. Daba la sensación de ser una persona muy manipuladora, capaz de aprovecharse de cualquier circunstancia, cosa que era verdad. Para Sandra, tampoco Irene, Nadia y el resto de los amigos de su novio, eran santos de su devoción, por lo que procuraba estar lo más alejada de ellos posible y, por tanto, mantenía a Nacho también alejado.
―Hola ―saludó su hermano con una sonrisa.
―Hola ―dijo también Sandra.
―Ah... hola ―contestó Irene sin intentar esconder su malestar.
Nacho conocía la forma de pensar de sus hermanas con respecto a su novia, entre otras cosas, porque no hacían nada por ocultarlo. Por más que intentaba que se cayeran ligeramente bien, no lo conseguía, algo normal también, conociendo la forma de ser de Sandra, que era un tanto difícil.
Entraron en el salón donde estaban las demás. Nacho fue saludándolas una por una con un beso, tal y como acostumbraba. Para Sandra un saludo general bastó.
―¿No os cansáis nunca de hablar y hablar? ―preguntó bromista Nacho.
―¡Qué va! Si lo que más hacemos es insultarte ―contestó Aída.
―¡Oye! ―dijo con falsa indignación. Luego se dirigió a sus hermanas―. ¿Cuándo vais a dejar de juntaros con esa?
Las bromas entre Aída y Nacho se sucedían, como siempre. Estuvieron un rato así hasta que Sandra cortó aquella situación.
―Bueno, cari. Déjate de tonterías y di lo que veníamos a decir.
―¡Ah, sí! ¡Qué cabeza!
―¿Qué querías decir? ―preguntó intrigada Irene.
―Pues ―comenzó nervioso, sin dejar de mover las manos―. Que...
―¡Venga! ―azuzó Sandra interrumpiéndolo.
―Pues que nos vamos a casar ―dijo finalmente pasando su brazo por el hombro de su ya prometida.
Todas las allí presentes se quedaron sin habla. Sandra, mientras, se agarró más a Nacho y sonrió, entre forzada y sarcásticamente. Después de un buen rato de silencio, Nacho se empezó a impacientar.
―¿Qué? ¿Qué os parece? ¡Decid algo!
―Y... ―pudo decir Nadia―. ¿Cómo habéis llegado a esa conclusión?
Laura miró a su amiga incrédula por la pregunta tan absurda, luego se echó las manos a la cara, negando ante la ocurrencia.
―Bueno, Sandra me lo planteó y me pareció buena idea, ¿por qué no, eh? ―contestó Nacho encogiéndose de hombros.
Fue la misma Laura la que, como si se tratara de un partido de tenis, levantó la cabeza y se giró ahora hacia él, con la misma incredulidad pintada en el rostro, por la respuesta aún más absurda que la pregunta anterior. Vio claro que tenía que cortar aquel incómodo momento.
―Eh, bueno chicos, ¡enhorabuena! ―balbuceó levantándose para felicitarlos.
―Sí, eso, enhorabuena ―dijo acto seguido María siguiendo a su amiga.
Nadia y Aída continuaron sentadas, inmóviles, sin creer lo que habían escuchado. Irene, que estaba de pie, tuvo que sentarse.
―Oye, ¿qué? ―dijo ahora preocupado Nacho―. Irene, Nadia. Vamos Aída, di tu algo.
Aída entonces reaccionó.
―¿Qué?
―Que me digas algo, chiquilla.
―Venga, sí hija. Di algo ―comentó Sandra algo borde.
―Pues... pues nada, felicidades, ¿no? ―dijo no muy convincente.
También ella se levantó para felicitarlo. Nadia e Irene se miraban incrédulas aún. Nacho se soltó de la mano de Sandra y se sentó en la mesa, justo en frente de las dos.
―Decidme algo ―comenzó diciendo con una voz muy suave, casi en un susurro―. Me gustaría que os alegrarais por mí.
―Pero... es que...
―Es verdad ―interrumpió Irene―. Tiene razón, Nadia. ¿Qué clase de hermanas somos? No le estamos diciendo nada y tendríamos que alegrarnos por él.
Nadia la miró, como si le hubiera crecido otra cabeza, pero siguió a su hermana y ambas lo felicitaron, casi como si fuera una obligación. Antes de que los tres acabaran de hablar, Sandra los cortó, de nuevo.
―Bueno, Nacho, yo me tengo que ir.
―Ya voy ―le dijo para luego volver a dirigirse a sus hermanas―. Otro día vengo y hablamos más tranquilos, ¿vale?
Ellas asintieron, casi mecánicamente, él se despidió de todas y se fue. En cuanto Nacho y Sandra se marcharon, las que estaban de pie se sentaron e intentaron asimilar la noticia.
―¿Pero que está haciendo? ―pudo decir Nadia―. ¿Es que acaso no ve que es una estúpida y una hipócrita?
―Nadia, tranquilízate, mujer ―le dijo María.
―¿Es que no lo ve?
―No, no lo ve ―comentó Laura tranquilamente.
―Ya se sabe que el amor es ciego ―comenzó diciendo Irene―. Bueno, gilipollas en este caso. ¿Cómo tengo un hermano tan tonto?
―¿Seguro que no es adoptado? ―preguntó bromista María.
Aída continuaba sin decir una palabra.
―¿Qué te pasa, Aída? ¿Estás bien? ―le preguntó María que estaba sentada a su lado.
―No, no me pasa nada, pero no me parece normal lo de Nacho.
―Oye Aída, lo siento tía ―comentó Nadia.
―¿Qué? ―preguntó con la voz más aguda de lo normal―. ¿Por qué lo tienes que sentir por mí?
―No, nada, nada ―contestó rectificando.
―Oye, a mí no me cae taaaaan mal Sandra ―comentó María, remarcando mucho la a.
―Tú siempre la defensora de las causas perdidas ―dijo Laura negando con la cabeza.
―No es eso Laura. ¿Qué causas perdidas ni que ocho cuartos? Hombre, hay veces en que parece un poco falsa, yo no digo que no, pero...
―¿Veces? ―la interrumpió Nadia―. Querrás decir que hay veces que no parece falsa, que no es lo mismo.
―También hay veces que os pasáis... nos pasamos ―rectificó cuando vio las caras―. Hay veces que nos pasamos con ella.
―Bueno, como quieras. El caso es que mi hermano no le ha hecho nada a nadie para merecer lo que se le viene encima ―dijo Irene.
―Irene no seas tan dramática ―le reprochó Laura.
―Tú siempre diciéndome que soy muy dramática. ¡Pues no! Laura, que parece mentira. Que ya sabemos cómo es Sandra, eso no es ser dramática, es ser realista, que lo sepas.
―Bueno, tenemos que hacer algo ―dijo de pronto Nadia.
―¿Qué, qué, qué, qué, qué? ―repetía continuamente María.
―¿De qué estás hablando? ―añadió Laura.
―Hablo de que tenemos que hacer algo para impedirlo.
―¿Tú piensas? ―le dijo su hermana―. ¿De verdad soy yo hermana de dos dementes? A ver si voy a ser yo la adoptada ―se dijo.
―Nacho va a cometer el que puede ser el mayor error de su vida ¿y no vamos a hacer nada?
―Nadia, tu lo flipas ―dijo Aída―. Aunque... ―recapacitó.
―¡No! ―dijo ahora Irene―. ¡Lo flipais las dos! ¿Pero estáis tontas o qué? ¿De qué clase de película os habéis escapado?
―Parece que no te importe ―le recriminó Aída.
―¿Cómo no me va a importar? Es mi hermano. Mira Aída, sé que es un duro golpe para ti, pero creo que a él le gustaría vivir su vida sin interferencias ―continuó Irene―. Y además, ¿qué le pensáis decir? Mira, no te cases con Sandra que es una hipócrita. Es un poco surrealista, ¿no?
―¿Y por qué iba a ser un duro golpe para mí?
―No, nada, olvídalo ―rectificó ahora Irene.
Continuaron discutiendo un buen rato, todo girando sobre el mismo tema. Aunque todas estaban de acuerdo en que Nacho cometía un error al dar ese paso, cada una tenía una visión distinta al respecto de cómo tenían que proceder, siendo Nadia la más entusiasta a la hora de pensar maneras para deshacerse de Sandra, alguna de ellas un tanto violentas. El teléfono de Irene interrumpió las maquinaciones de Nadia.
―¿Quién era? ―le preguntó la misma Nadia.
―Miguel Ángel, que quería saber si íbamos a hacer algo hoy. Le he dicho que hoy no, y que ya lo llamaríamos. No estoy yo hoy para salidas.
―Ah, bueno, hablando de otra cosa ―comenzó María―. Decidme la hora de mañana.
―Eso no es hablar de otra cosa ―le dijo Laura―. ¡Estábamos hablando de eso mismo!
―Minucias. Tenemos que aclararnos pero ya.
―¿Por qué? ―preguntó Irene.
―Porque esta y yo ―dijo señalando a Aída―. No hemos aparecido por la tetería en toda la semana, y algún día tendremos que aparecer.
―¡Hay que ver! Escaqueándoos del trabajo ―comentó Laura.
―Algo tiene que tener bueno el ser las dueñas, ¿no? No sólo va a ser para pagar facturas ―respondió Aída―. Que después todos tienen vacaciones y las que pringamos somos nosotras.
―Eso es verdad ―dijo de nuevo Laura.
―Y a ver cuándo venís ―comentó María.
―Oye, podemos ir ahora ―sugirió Irene―. Nadia no ha visto los cambios que habéis hecho, ¿no?
Nadia mientras continuaba callada, absorta en sus pensamientos que, por la expresión de su cara, parecían ser algo maquiavélicos.
―¡Nadia! ―le llamó la atención su hermana―. ¡Ni te atrevas a pensarlo!
―¿El qué?
―Lo que piensas. Esa cara de inocente no te la compro, así que ya te la puedes ir quitando. Y venga, que nos vamos a la tetería.
―¿Ahora?
―Sí, claro ―dijo Aída como si fuera obvio.
―Pero si son casi las nueve.
―No seas exagerada, que son las ocho y media y además ¿qué más da? ―preguntó María.
―¿No es tarde para ir a la tetería?
―Bueno, se supone que cerramos a las diez y media, pero no pasa nada mujer, tenemos las llaves. Nosotras nos podemos quedar luego allí tranquilas charlando. Venga, y así de camino la ves ―contestó Aída.
―Venga, que te voy a hacer un té que te va a encantar ―dijo María.
―¿Un té? ¿En serio? ¿Pretendes convencerme con agua sucia?
―Bueno, ¿un zumo?
―¿Un zumo?
―Sí, de naranja y limón, como a ti te gusta, mujer. No te hagas la dura ahora, anda.
―Bueeno, vaale ―dijo finalmente―. ¿Ves? ―le dijo ahora a su hermana―. María sí que sabe convencer a la gente, no como tú, hija.
Después del comentario salió corriendo para evitar que Irene le pegara, como era su intención. Cogieron sus cosas y se pusieron en camino hacia la tetería de la que Aída y María eran orgullosas dueñas.
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