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Capítulo 7


Mi cuerpo estaba temblando, y no era precisamente por el frío.

Ahora todo cobraba sentido; el incidente del hospital, su constante malestar, las llamadas que recibía Jack, todas las veces que él salía sin dar explicaciones…

No sentía nada; mi cerebro estaba como entumecido. Tenía ganas de llorar, pero las lágrimas no aparecían. Lo único que podía hacer era fijar la mirada en el suelo mientras un dolor punzante se expandía por mi pecho.

—Leigh— llamó, pero su voz se oía muy lejana—. Leigh, por favor, dime algo— me había tenido que sentar en una de las sillas de la cocina, por lo que Luke se acercó y se colocó a mi lado, depositando una taza de algún líquido humeante enfrente mío. Daba lo mismo, tenía el estómago cerrado—. Vamos, llevas así un buen rato, preciosa. Necesito que me hables.

Alcé la cabeza rápidamente ante aquel apodo. Quizá demasiado rápido, pues la cabeza comenzó a darme vueltas al instante. Hacía muchísimo tiempo que no oía esa palabra salir de sus labios. Eso hizo que mis ojos se aguasen. Eso y la expresión que tenía Luke cuando le miré a los ojos.

—¿Hace cuánto lo sabes?— apenas murmuré.

—Hace unos años. No es algo reciente…— respondió con el mismo tono. Cerré los ojos e inhalé profundamente. Esto
no estaba pasando.

—Eso quiere decir que… tú…—demasiadas imágenes y recuerdos del pasado atacaron de golpe mi mente. No podía pensar con claridad—. No me digas que tú… No, no pudo ser por eso, ¿verdad?— su silencio fue lo único que obtuve como respuesta—. ¿Verdad?

—Lo siento, Leigh…— se me escapó un sollozo, y ya no pude retenerlo más. Me eché a llorar—. No me fui porque pensara que no valías nada y que nunca lograrías tus objetivos. Y mucho menos porque dejara de quererte de repente; todavía lo hago. Todas las cosas que te dije fueron una excusa; nada era cierto. Temía que al enterarte dejaras todo lo que estabas consiguiendo solo por estar conmigo o yo que sé…— tomó aire y clavó sus ojos en los míos—. No quería arruinarte la vida, por eso me fui.

Escuchaba atentamente lo que me decía, y sólo podía pensar en una cosa.

—Eres un idiota— le dije directamente. Abrió los ojos con sorpresa y confusión, al mismo tiempo—. ¿De verdad pensaste que podías arruinarme la vida? Eso no es cierto. Bueno, en parte— busqué su mano y la cogí entre las mías, sintiendo un contraste, ya que estaban heladas—. Si me lo hubieses dicho desde el principio te hubiese podido ayudar.
Hubiese seguido con mis planes de futuro, pero podríamos haber encontrado una solución. Juntos. Más daño me hiciste al decirme que no valía nada y que me bajase de las nubes. Me dijiste que ya no me querías y que no podías seguir con alguien que no hacía más que soñar con cosas que jamás llegarían a pasar. ¿Nunca caíste en que eso podría afectarme muchísimo más?

—Yo… Sí. Sabía que te dolería, pero creía que con el tiempo lo superarías y seguirías adelante con tu música— sus ojos se humedecieron y lo siguiente lo dijo en un susurro casi inaudible—. Pensé que acabarías olvidándote de mí.

Comencé a negar con la cabeza y apreté más su mano. Me sentía fatal por todo lo que estaba pasando y en cómo le había estado tratando todo este tiempo.

No sé si la decisión que tomó fue la correcta, pero me negué a seguir dándole vueltas a ese tema. Lo importante era que Luke estaba aquí y ahora, contándomelo todo por fin. Y aunque la noticia que me había dado era horrible, no pude evitar sentir cómo un peso se libraba de mis hombros.

Solté su mano y me acerqué a él rodeándolo fuerte con mis brazos, haciendo que mis lágrimas mojasen su camiseta negra. Enterré mi cara en el hueco de su cuello y me devolvió el abrazo de la misma forma, dándome un suave beso en la cabeza.

Aspiré el aroma que desprendía, y por primera vez en mucho tiempo volví a sentirme a gusto; como en casa.

—Jamás sería capaz de hacer eso— murmuré en voz bajita al rato—. Olvidarte— aclaré—; jamás podría.

—Yo tampoco— contestó contra mi pelo. Se separó unos centímetros, los necesarios para poder verme a los ojos—. Te amo, Leigh. Muchísimo.

—Yo también te amo— sonreí, y el cosquilleo que tenía en el estómago se disparó cuando se inclinó y juntó sus labios con los míos.

Me recordó a nuestro primer beso, siete años atrás. Todo era muy dulce y delicado; algo torpe, pero era perfecto.

Sus labios sabían a café y a vainilla, y la suavidad con la que se movían acompasados con los míos me hacía sentir que estaba en una nube.

Después de eso nos tumbamos en el sofá sin hacer nada, simplemente a mirar el techo. Al estar recostada sobre su pecho podía sentir su calmada respiración y los latidos de su corazón.

Me alegraba de que por fin hubiésemos arreglado las cosas y volviésemos a estar juntos, pero no podía sacarme de la cabeza lo que me confesó antes. Luke tenía cáncer.

Ese pensamiento hacía que mi corazón se estrujase y que la angustia creciese.

—Luke— sentí su pecho vibrar cuando hizo un sonido con la boca indicando que continuase—. Si te fuiste porque no querías que me enterase de que estabas mal, ¿qué te hizo volver?

—En verdad fue cosa de Jack— fruncí el ceño—. Un día le llamé, no sé por qué. Quería saber cómo iban las cosas por aquí o yo que sé. Acabó preguntándome cómo estaba y se lo tuve que contar. Por eso y porque me contó que estabas muy mal, y necesitaba que él supiese la verdad. La cosa es que en ese momento no tenía ni trabajo ni dinero suficiente para pagarme mi tratamiento, así que Jack se ofreció a ayudarme, pero para eso tenía que mudarme aquí. Al principio me negué, pero al final tuve que aceptar.

—¿Cómo pudiste si quiera pensar en rechazar su ayuda?— le interrumpí indignada sin levantar la voz—. Sin ese tratamiento podrías haber muerto, Luke.

—Se nota que la delicadeza es lo tuyo— ironizó—. Si, ya lo sé. Déjame terminar—asentí y me acomodé—. Bueno, al final decidí volver. Pero lo que me motivó a hacerlo no fue en realidad la oportunidad de poder recuperarme, las cuales son bastante poco probables— algo dolió en mi interior al oír la indiferencia con la que dijo esa frase. Para mí este tema era muy serio—. Lo hice porque quería verte. Quería que todo fuese como antes, aunque hubiese sido yo el que la cagó desde el principio. Quería tener la certeza de que si por algún motivo el tratamiento no funcionase, podrías estar a mi lado hasta que… Bueno, ya sabes— los ojos me empezaron a picar—. ¿Te quedarás a mi lado?

—Claro que sí— respondí sin voz—. Hasta el último de nuestros días.

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