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Capítulo 2 La Hermandad de La Espada

Capítulo 2 La Hermandad de la Espada

Año 1236 Región de Aizkraukle, Terra Mariana (Letonia)

Las botas de los soldados de la Hermandad de los Caballeros de la Espada, los temibles Monjes Guerreros, retumbaban al marchar sobre la llanura. Las cadenas y las armaduras de hierro ligero con su sonido metálico hacían un eco estruendoso que rebotaba en las paredes del fuerte arriba en la loma de Aizkraukle. Los negros corceles de los flancos de a caballo cabalgaban rítmicamente, haciendo que sus herraduras sonaran y se unieran al temible ruido que producía la marcha de los conquistadores cristianos.


Los guerreros zemgalos, miembros de la tribu letona, estaban apostados tras las murallas, resguardados tanto de sus enemigos como del horrendo frío de invierno. Este año era uno de los más crueles y devastadores en la región. Tal parece que las luces de colores en el cielo si habían traído consigo desgracias para la región de Riga después de todo.


Algunos mercaderes vikingos residentes en el área se habían unido a los aldeanos, pero aún así no eran suficientes para lograr vencer al enemigo. El hambre y las enfermedades que traían consigo meses de tormentas invernales habían diezmado a los pobladores de la región. Los débiles y famélicos pobladores, desprovistos de armamento eficaz, caballos y de alimentos, se habían convertido en un punto fácil para conquistar en los ojos del estratega y líder de la hermandad, el Maestro Volkwin. Así pues habían avanzado tierra adentro hasta Riga y ya se habían apoderado sin esfuerzo de las aldeas cercanas a los afluentes de los ríos Ridzene y Daugava.

Ya estaban a menos de un kilómetro, los Monjes Guerreros ondeando su estandarte con la cruz católica y empuñando sus enormes y platinadas espadas. Del cielo gris caía la nieve y los zemgalos temblaban tanto de miedo como de frío, pero habían decidido proteger sus tierras, mujeres e hijos de la mano cruel de un invasor inclemente. Armados de lanzas, espadas, rastrillos y hoces rústicas se preparaban para librar una batalla que a todas era desigual.


El grito de guerra se escuchó en las filas de la hermandad. Los soldados cristianos avanzaban ahora a toda velocidad. Desde el fortín de piedra y madera en la colina salían disparadas las flechas de los zemgalos, buscando atinarle a algún soldado de la orden. Algunos cayeron, pero no los suficiente. El enemigo tocaba a las puertas de la fortaleza que lucía pequeña ante la gran amenaza que representaba el cruento ataque de la Orden de Livonia.


Y la enorme puerta cayó. La armada letona había logrado entrar. Dentro del castillo de Aizkraukle los zemgalos caían. El piso empedrado cubierto de nieve se teñía de rojo y poco a poco los locales eran exterminados. La Orden tomaría en unas horas la Región de Riga de igual modo que las anteriores.


Pero algo increíble sucedió en esos momentos. De la nada, un grupo de hombres y mujeres esbeltos aparecieron parados en la parte superior de la muralla y el tiempo pareció detenerse para los que luchaban dentro de la fortaleza de Aizkraukle. Eran alrededor de una decena y vestían harapos sin abrigos ni zapatos. Unos sin camisa, otros con pantalones rasgados y lucían unas largas cabelleras que ondeaban en el gélido viento. La brisa fría y cortante de invierno parecía no afectarles en lo más mínimo y su u presencia fue suficiente para hacer que muchos dejaran de pelear para observarles curiosos. ¿Quiénes eran? ¿Cómo se habían trepado a la muralla? ¿Cómo era que podían soportar el inclemente clima con tan pocas vestiduras?

Estos hombres y mujeres contemplaban la batalla. Sus enormes ojos amarillos como el ámbar del báltico destellaban en medio de la intensa nevada y las grisáceas piedras de las murallas de la fortaleza.

Uno de los aldeanos miró fijamente a una de ellos. Una hermosa mujer rubia que vestía un desgastado vestido marrón de piel de animal. Ella ladeó su rostro como lo haría un perro y miró al guerrero, un hombre mayor que empuñaba un arpón para ballenas.

—Mila —susurró el aldeano.

—Padre —produjo la mujer casi en un suspiro. 

Ella se giró para mirar al enorme y apuesto hombre que tenía a su lado y ambos asintieron con sus cabezas como quien parece tener una conversación en silencio.

—¡Vilkacis! —se oyó a alguien gritar.


Todos los que estaban trepados en el muro se lanzaron al suelo produciendo un sonido gutural, como un rugido de bestia salvaje. Al caer de pie con magistral equilibrio y gracia, el suelo bajo sus pies se estremeció y ante los ojos de todos los presentes se transformaron en enormes bestias cubiertas de espeso pelaje.

Eran vilkacis. Los hombres lobos habían venido en ayuda de los aldeanos.

Comenzaría la batalla.


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