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Capítulo 3: Luz Celestial

—Espera —suelta Sylquif desesperado—, acepto.

—Mmmm —masculla Eris pensativa, tocando su mentón con su dedo índice—. Está bien. —Al decir eso volvió a hacerse visible.

—Te cuento lo básico, así que estate atento porque no lo repetiré. —Eris carraspea, formando un pequeño silencio— Tu nombre es Osiris y has tomado este cuerpo por capricho mío.

—¿Y el propietario del cuerpo quién es?

—Deberías saberlo, es Sylquif.

—¿Qué le has hecho a él? —pregunta Osiris receloso

—Está en coma, y lo estará hasta que tú vuelvas a ser un dios.

—¿Qué tengo que hacer? —suelta preocupado por el chico.

—¿Te preocupa lo que le pase a ese humano? Curioso, parece que no eres tan creído como en aquella habitación. —Aquel comentario de Eris le sentó fatal a Osiris. Pero algo en este viaje le hizo cambiar.

—Déjate de tonterías y ve al grano.

—Es sencillo, para volver, necesitas una serie de objetos. El espejo de Izanami, una flor de loto y el símbolo del ying y el yang: si somos más precisos.
   
—Y cómo piensas que vaya a esos lugares en este estado.
   
—Cierto, siendo lo que eres ahora si no te ayudo no me servirás de entretenimiento.
   
—¿Todo esto lo haces por aburrimiento? Si eso es cierto deberías mirártelo porque no estás bien de la cabeza.

—Vale, perrito —dijo Eris, molestando a Osiris.

—No me llames de ese modo.

—Vaya, yo pensaba que te gustaban los apodos cariñosos. —Ante aquel comentario Osiris comenzó a gruñir— Muy bien, aquí tienes —le dice Eris mientras sostiene la mano derecho del chico de pelo plateado con la suya mientras le entrega una manzana roja con la que aún tiene libre.

—¿Qué es...? —Pero no pudo terminar la pregunta porque Iris le transportó a otro lugar.

—Aún con mi ayuda, dudo que pueda reunir esos objetos antes de medianoche
—comentó Eris entre risas delante de todos los guardias ingleses que la miraron con temor. A lo que ella les responde—. No me tengáis miedo, recordar que soy amiga íntima del monarca.

Osiris llega a una habitación, la cual se encuentra como el lugar donde despertó. La única fuente de luz se encuentra dentro de uno de los cajones que hay en la mesa.
Cuando se acerca a ella, la manzana comienza a brillar y el tallo se abre por el que aparece la imagen de Eris a través de la exposición de la luz.

—Mentecato, ¿qué haces ahí parado? Tienes en frente tuyo el espejo —explica de mala manera.

Osiris camina recto hasta coger un espejo con un mango en él.

—Muy bien, ahora debes ir al siguiente destino.

—Vale, ¿dónde estoy ahora?

—Créeme, es mejor que no lo sepas— dijo Eris asustada.

Fue justo entonces cuando una mujer en kimono abre la puerta.

—¡Tú!, ¿quién eres! —suelta aquella mujer molesta.
 
—Aquí tienes la razón por la que no quise contarte nada —suelta Eris mediante un bufido.
 
—¡Ladrón devuelve me el espejo!

La mujer corre hacía Osiris después de hablar, mostrando unas garras igual de largas que los dientes de un tigre. Por suerte, el peli blanco consigue arreglárselas para evadir los ataques y gracias al chasquido que hizo Eris desaparece al instante. La mujer al no poder aminorar la velocidad termina golpeando su cara contra la pared.

—¿Por qué has hecho eso? —pregunta Osiris al notar que le salvó.

—Te dije que acabaras pronto. Por suerte, la siguiente diosa es más benevolente; Lakshmi no es como Izanami —dijo Eris. Después cierra sus ojos y al distraerse con otros pensamientos consigue calmarse.

Entre tanto, Osiris retorna a aparecer en un lugar desconocido para él. Esta vez logra aterrizar en una hoja que aguanta su peso. Esa acción desencadena una leve corriente en el estanque donde se encuentra.

—Bienvenido ser mortal —le saludó una voz femenina y muy fina.

—¿Eres Lakshmi? —preguntó Osiris entre nervioso y asustado.

Eris hizo desaparecer el holograma para evitar ser descubierta por la mujer sentada en la flor de loto. Aún siendo una manzana roja normal, ella todavía puede escuchar la conversación entre ellos.

—Querido, cuál es la razón por la que te encuentras en mi morada —preguntó la diosa con un tono maternal en su voz—. Te noto sin rumbo.

—Vengo por una flor de loto, dicen que tú la tienes. — soltó Osiris sin miramientos

—Por supuesto querido, has sido maldito por Eris ¿verdad?

«¿Cómo lo sabe? ¿No he sido el primer dios en ser su presa?», pensó mientras observaba a la diosa. Ella por su parte, le observaba con suma tranquilidad sentada en su trono gigante. Como si no le importará que un extraño hubiese entrado.

—S-sí,cómo lo sabe. —tartamudeo con temor.

—Puedo ver cosas que otros no y debes saber que estás siendo utilizado —dijo con suma tristeza. Después de una breve pausa, añadió—: Por otro lado, tampoco te encuentras slo —comentó la diosa sonriente al percatarse de la sombra que hay detrás de Osiris.

—A que se refiere — le preguntó el humano con sumo respeto.

—Hay alguien que te protege con una luz muy poderosa. Si sus sentimientos son superiores a está maldición, puede que el mortal y tú sobreviváis.

    Lakshmi se sacó una flor blanca del pelo dejando un hueco para que creciesen más en aquel lugar.

—Aquí tienes —le ofreció la diosa con suma delicadezasu objeto más preciado.

   Al posar su mano gigante sobre el agua, la flor fue menguando hasta tener un tamaño normal. Sylquif observó con sus ojos grises ese espectáculo sin articular palabras. Cuando creyó que ya terminó todo. Se acercó a la mano y agarró la flor.

—Muchas gracias—dijo Osiris con la planta en sus manos. Segundos después su cuerpo desprendió unos destellos blancos y terminó por desaparecer.

—Isis, te dejo el resto. — comentó Lakshmi mientras se acomodaba en una pose de rezo.

    «Por favor, que mis plegarias os den fuerzas», pensó a la vez que comenzó su llanto.

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